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Burt y Marina, ¡auténticos maestros!

Un día, paseando por la calle Santaló, en Barcelona, descubrí la librería Casa Usher. Desde la acera, observé el interior y vi que no era muy grande. Pero su estética llamó mi atención: estanterías blancas de madera en los laterales, paredes de ladrillo y, un suelo con baldosas hidráulicas bien conservadas. Como era de esperar, entré. Ojeé un poco el interior y en seguida comprendí que me habría gustado tener esta librería cerca de casa: pequeña, acogedora, cuidada en el detalle. Impregnada de la personalidad de sus dos libreras, Anna y Maria.

Una de ellas me vio interesada en un libro de la editorial Blackie Books, por la que ya he manifestado en más de una ocasión mi simpatía. Me sugirió el libro Cuando yo tenía cinco años, me maté, de Howard Buten. Me dijo que era muy bueno y, quizá atraída por su convencida recomendación, me interesé en él. ¡Quise comprarlo! Sin embargo, la mujer me dijo que no lo tenía y, al yo querer encargarlo, consultó una base de datos. ¡Estaba agotado! Vaya fiasco. Me anotó el título en un papel, por si algún día me topaba con él. Salí de allí desconcertada, con cierta sensación de frustración.

Hace unas semanas Blackie Books anunció que lo reeditaba en formato de bolsillo. ¡Gracias Blackie por darle otra oportunidad al libro! Corrí a encargarlo a la Llibrería Carrer Major, en Santa Coloma de Gramenet. ¡No se me escaparía! Lo recogí el mismo día en que me avisaron de que ya lo habían recibido. Días después, ya estaba leyéndolo. Y, ahora, tengo un problema serio: ¡no quiero acabarlo! Porque resulta que esta novela reúne los cinco requisitos que debe tener todo libro engullidor de personas. Tanto es así que, ¡ni quiero dejar de leerlo, ni quiero acabarlo! Podría parecer extraño, dado que es una novela protagonizada por un niño de ocho años, Burt. En efecto, dicen que la clave del éxito de un libro es que los lectores se identifiquen con alguno de sus personajes. Así que si la historia de Burt me tiene atrapada, supongo que se debe a que ha despertado a la niña que aún habita en mí.

Lo mismo me ocurrió con Vozdevieja, de Elisa Victoria, en la que la protagonista, Marina, es una niña de nueve años. Ambos libros, más bien sus protagonistas, tienen cosas en común. Tanto Marina como Burt son en ocasiones crueles y mordaces en sus comentarios y comportamientos. Lo que me recuerda que hay gente que cree que no nacemos siendo buenas personas, sino que la bondad es algo que se aprende. Que se educa. Forma parte del proceso de civilizar. La propia Marina hace una reflexión interesante sobre este tema: «Los niños no son buenos por el hecho de serlo. De hecho la maldad infantil supone una auténtica brasa de la que estoy deseando escapar. Para nosotros no hay ley, es territorio comanche.» Pienses lo que pienses sobre la inocencia de la infancia, sí te adelanto que, a medida que avances en la lectura de las historias de Burt y de Marina, entenderás el por qué de ese modo de proceder. ¡Siempre hay un motivo para todo! Y quizá sea eso lo que atrape al lector, ese comprender la ceguera que a veces caracteriza a los adultos al no calibrar las consecuencias que sus actos tendrán sobre los/as niños/as Por eso, las historias de Burt y de Marina tienen doble mérito. En primer lugar, nos recuerdan de dónde venimos como adultos. ¡Ninguna infancia es ideal! Y, en segundo lugar, nos muestran que, después de tanto criticar a nuestros/as progenitores/as, no lo hacemos mucho mejor. Aunque lo intentemos con todas nuestras fuerzas. ¡Parece una misión imposible! Leyendo conectamos con Burt, con Marina. Recordamos. Aprendemos.

Sí, este también te lo recomiendo para tus vacaciones de verano…

Publicado en Escritura Libros

2 comentarios

  1. Carme Portas Carme Portas

    Apuntat!!! Quina pinta! Gràcies!

    • Virginia Virginia

      Merci Carme, espero que t’agradi!

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