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Este verano, ¡abraza la vida!

Regresas feliz de un fin de semana en la montaña. Cantas, sonríes. Te sabes feliz. Pero, de pronto, te encuentras atrapado/a en un atasco. ¡Qué fastidio! Sí, la primera reacción suele ser de protesta. Quizá porque te habría gustado estar más tiempo entre hayas, helechos e insectos diversos. No entre desconocidos en una autopista. Imagino que más de una vez te habrás encontrado en una situación similar. No es algo nuevo. ¡Los atascos forman parte de nuestra seña de identidad! La cola de vehículos avanza muy lentamente y, a ratos, se detiene. El sol, implacable. El aire acondicionado, en marcha. La sensación de impotencia, en aumento. La desesperación al no ver avanzar tu vehículo, instalada. Y, sin embargo…

«Es el peaje, ¡fijo!», afirmas. Esa maldita parada obligatoria en el recorrido. Ese imponerte pisar el freno y sacar la tarjeta. «¡No es justo!», insistes removiéndote en tu asiento. «¡No quiero estar aquí!», te lamentas. Y, sin embargo… Metros después, unos letreros luminosos te explican el origen de la retención: «por accidente». La autopista se reduce de tres a dos carriles. ¡Caos! Poco después, todo queda reducido a uno. En ese momento, empiezas a abrir tu mente. Comienzas a comprender que lo que ha pasado es serio. Frente a ti, varios vehículos de policía. También grúas. Se hace el silencio en el interior del vehículo. La piel se eriza. Solo hablas para criticar al caradura que avanza rápido por los carriles liberados para, en el último instante, colarse delante de ti sin siquiera pedir permiso. Gruñes. Insultas. Te acuerdas de sus antepasados. Y, sin embargo…

Pronto entiendes lo que ha sucedido. Los ves: tres vehículos destrozados en el arcén. Uno de ellos con una barca a remolque. Una barca que ya no navegará más. El estado de los vehículos delata impactos y vueltas de campana. El semblante serio de los distintos efectivos desplegados, gravedad. Mientras avanzas lentamente, tu curiosidad pasea tu mirada por el escenario del accidente: ventanas rotas, objetos esparcidos por el suelo, sangre en puertas abiertas. Y, sin poder evitarlo, los descubres. Cuerpos inertes tapados con mantas de supervivencia. Plateadas. Brillantes. Clamándole al sol un poco de sombra. Tu cuerpo tiembla. Las lágrimas saltan. En un instante, lo comprendes todo: lo ocurrido ha sido salvaje. Un domingo cualquiera. A las tres y media de la tarde. Solo media hora antes de que tú pasaras por allí.

Tanta queja. Tanto revolverte en tu asiento por minutos de retraso. Y, sin embargo, tú estás aquí y gente anónima ya no. Ves lo que te habría podido pasar. Lo que todavía puede pasarte. Hoy, mañana, quizá nunca. Y sientes la necesidad de un abrazo. De esa calidez que, entre los brazos de un ser querido, parece protegerte del mundo. De todo lo malo que en él sucede. Esta vez en la carretera. Por distracción. Por demasiada valentía. Por impaciencia. Por estupidez. Por simple mala suerte. Comprendes que tu protesta ante el atasco era una estupidez. Intentas justificarte, disculpar tu comportamiento (hace mucho calor, estoy cansado/a, me esperan en casa, etc.). Sin embargo, es injustificable, alegues lo que alegues. Lo sabes. Lo sientes. ¡Lo que darías por un abrazo! Y recuerdas aquel libro que leíste de Kathleen Keating, Abrázame, con el que la autora quiere convertir a sus lectores en abrazoterapeutas. Porque el mundo necesita amor. Mucho amor. Con bonitas ilustraciones de Mimi Noland, la autora explica en su obra las técnicas y tipologías del abrazo. Mediante un tono entre fantasioso y serio, te describe el abrazo de oso, el de mejilla, el abrazo sándwich, el impetuoso, el grupal, y así un largo etcétera. Es un libro maravilloso. Dulce. Necesario. Apunta en la dirección correcta. La del contacto con las personas que nos importan. Que necesitamos. ¡Qué sería de la vida sin un buen abrazo de vez en cuando!

Durante tus vacaciones de verano, acuérdate de abrazar mucho. De abrazar bien. Pegando tu cuerpo hasta que tu corazón pueda sentir el latido del otro. Disfruta. Descansa. Y, por favor, cuídate en la carretera (¡y fuera de ella!). Yo me despido hasta septiembre, deseando reencontrarte aquí a mi regreso. Con nuevas historias que contar, con más lecturas que compartir. Te mando un fuerte abrazo virtual y te deseo, de corazón, ¡un muy feliz verano!

(Aprovecho esta ventana para enviar todo mi apoyo y sentimiento a familias y amistades de heridos y fallecidos en accidentes de carretera. Y, muy en especial, a las del accidente sucedido el pasado domingo 21 de julio en la AP7, a la altura de la Roca del Vallés.)

Publicado en Escritura Historia real Libros Sin categoría

Un comentario

  1. Gloria Gloria

    Un abrazo enorme, amiga mía. Feliz verano. Espero verte pronto y darte uno de los apretaos en vivo y en directo.

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