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Una escritora supersónica

¿Conoces la historia de Hachiko? Era un perro japonés que esperó a su amo durante años, sentado frente a la puerta de la estación de tren de la que partió para no regresar jamás. Richard Gere protagoniza una película basada en esta historia real. ¡Qué hartón de llorar! Quien visite Japón podrá ver la estatua que colocaron en su recuerdo. Este no es el único caso de amor y fidelidad incondicionales. En Edimburgo tienen muy presente a Bobby, el perro que permaneció junto a la tumba de su amo catorce años, hasta fallecer. Estas historias sorprenden. Emocionan. Dejan huella en aquellas personas que las vivieron de cerca. También inspiran cuentos, novelas y películas. Hoy quiero compartir contigo una historia protagonizada por una perra, aunque en este caso no está relacionada con la muerte de su amiga humana. Menos mal, ¡soy yo misma!

Verás, son cinco los días de la semana en los que me levanto a las seis y media de la mañana. Poco después, somnolienta y despeinada, paseo por la calle junto a Trufa, mi querida amiga peluda, una caniche pelirroja de diminuto tamaño. ¡Solo pesa tres kilos y medio! Aunque le gusta pasear, hay algo que le motiva todavía más: jugar a la pelota. Por eso, antes de salir de casa se asegura de que haya cogido su preciado juguete. ¡Va en serio! Se levanta sobre sus patas traseras y huele el bolsillo de la chaqueta en el que suelo guardar la bola. Cuando la detecta, muestra su conformidad emitiendo un agudo gemido y moviendo la cola sin parar. Inmune a mis legañas y bostezos, corre a la puerta de salida. Vivir en la ciudad no siempre facilita el juego pero, por fortuna, al lado de casa hay una plaza que resulta ideal para unos cuantos lanzamientos matutinos. Siempre acabamos el paseo allí y, durante unos diez minutos, movemos la pelota en todas direcciones. En un momento de incomprensible lucidez, conseguí que Trufa aprendiera a devolverme la pelota. ¡Es una maravilla! El problema es que, con el paso del tiempo, ha adquirido tal musculatura en sus patas, que me trae la pelota a una velocidad supersónica. No es casualidad que, cada vez que la veterinaria la palpa, se admire por su cuerpo atlético. ¡Tiene alma de liebre! También de escritora. ¿Una perra? Sí. Verás, en la plaza convertida en pista de juego hay un gimnasio que abre a las siete de la mañana. Imagino que a esa hora habrá alguna clase dirigida, porque acuden en masa numerosas personas de la tercera edad. ¡Qué madrugadoras son! Antes aparecían muy poco antes de que se encendieran las luces del interior del recinto y se dejara la puerta abierta a modo de invitación. Sin embargo, desde hace unos meses, esto no es así. Acuden bastante antes. ¿El motivo? Trufa.

Todo empezó una mañana cualquiera, cuando un señor de pelo blanco, apoyado en un bastón y cargando una mochila en su espalda, se nos quedó mirando mientras jugábamos. Interesado, decidió sentarse en uno de los bancos. Al rato, empezó a alabar cada salto de Trufa, cada pelota devuelta, cada carrera veloz. A partir de aquel día, acudió cada mañana. ¡Se convirtió en su admirador! Debió correrse la voz porque, poco a poco, los bancos se fueron llenando de personas y bolsas de deporte. En seguida, a los piropos se sumaron aplausos. Desde entonces, se han añadido más espectadores que luego se convierten en gimnastas. Trufa, con las orejas al viento y la pelota en la boca, permanece ajena a la admiración que despierta. Su principal objetivo es atrapar a la presa saltarina, entregarla y volverla a perseguir. Pero, sin saberlo, reescribe la rutina matutina de gente mayor con demasiadas horas libres. Los asistentes se divierten con ella, se entretienen. Comentan y opinan. Nos sonríen cuando llegamos y nos despiden alegres cuando nos marchamos. Los fines de semana y festivos, tiempo de descanso tardío, quizá nos echen de menos. Y quizá se alegren cuando reaparecemos los lunes. Porque, sin quererlo, Trufa se ha convertido en una distracción matutina. En una historia que contar. Ha reescrito la rutina de estas personas. La mía. Si llego a anciana y la vida me lo permite, recordaré que una vez hubo una perrita que repartió sonrisas. Sin proponérselo. Solo siendo fiel a sí misma.

Publicado en Escritura Historia real Naturaleza

2 comentarios

  1. Aurea Aurea

    Qué bonica Trufa! La gente sabia detecta quién ofrece amor incondicional y eso bien vale un madrugón.

    • Virginia Virginia

      Qué bonito lo que dices. Gracias Áurea.

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