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Ruedas rumbo a la libertad

Montar en bicicleta es una experiencia maravillosa. Sobre todo en los inicios, cuando luchas por mantener el equilibrio y desafiar a la ley de la gravedad. ¡Es todo un reto! ¿Recuerdas tu primera vez? Es muy probable que te aventuraras con la bicicleta de un/a hermano/a mayor o la de un/a amigo/a, e imagino el resultado: acabaste en el suelo, con las rodillas rascadas y algún que otro futuro morado. ¿Acierto?

Recuerdo la ilusión que me hizo mi primera bicicleta. Era verde y tenía cuatro ruedas. Al evocar aquel momento, puedo sentir la emoción de sentarme en el sillín y tocar el timbre de sonido metálico. Pero, sobre todo, es inolvidable lo que me provocaba. Sentía el aire chocar con mi cara, notaba en la piel el calor del sol. Y sonreía, sonreía todo el tiempo. Con la boca abierta y sí, tragando en más de una ocasión una desafortunada mosca. Confiesa, ¡a ti también te ha pasado alguna vez!

¿Qué me dices de cuando alguien observa que, cuando pedaleas, tus ruedines a penas tocan ya el suelo? Ni te has dado cuenta de que los sucesivos golpes y caídas los han ido levantando. ¡De pronto se abre un mundo ante ti! Ha llegado el momento de separarlos de tu bicicleta, de lanzarte al vacío y probarte que sí, que es verdad, ¡que eres capaz de avanzar sobre dos ruedas. ¡Te vuelves imparable! Incluso aprendes a derrapar con la rueda de atrás. Lástima que en ocasiones te equivoques de freno y presiones el de la izquierda, ese que para en seco la rueda delantera para clavarla en el suelo mientras tú sales volando para estrellarte en él. ¡Duele! Pero, con la práctica, incluso serás capaz de agarrar con fuerza el manillar y estirarlo hacia arriba, levantando la parte delantera de la bici y moviéndote solo con la rueda de atrás. ¡Anda que no presumes!

Mientras corres grandes aventuras sobre dos ruedas, tu cuerpo va creciendo. Para adaptar la bicicleta a los cambios, vas subiendo el sillín y el manillar. Hasta que la bici se te queda pequeña entre las piernas. Si has tenido suerte, te regalarán una para personas adultas. ¡Otro momento histórico! Jamás olvidaré mi Orbea roja. ¡Hasta las ruedas eran rojas! Me encantaba. Me sentía volar con ella. Totalmente libre. Ni siquiera la amenaza de una tormenta podía frenarme. Al contrario, pedaleaba rápido alejándome de casa para asegurarme de que la lluvia me alcanzara. No pensaba en el peligro de los rayos. De una neumonía. Pedaleaba y las ramas de los árboles me abrigaban.

A lo largo de la vida, he tenido más bicicletas. De paseo, de montaña, incluso una plegable. Pero ninguna me ha robado el corazón como lo hizo aquella Orbea. Sin duda tienen mucho que ver en tan grato recuerdo las amistades y primos con los que veraneaba y con los que pedaleábamos hasta hacerse de noche. Compartir la experiencia de montar en bici la convierte en algo majestuoso. En un aprendizaje constante. En una mano tendida ante cada caída. La película E.T. y la serie Stranger Things reflejan a la perfección el sentir de esta vivencia. He tenido la suerte de vivir lo que es una pandilla ciclista. ¡Espero que tú también!

Quizá este pasado sea el culpable de que me haya emocionado leyendo el libro El taller de bicicletas, de Jean-Jacques Sempé. Cuenta una historia bonita en torno a un secreto inconfesable de un mecánico de bicicletas. Pero, lo que más me ha cautivado de esta novela son los dibujos del autor. Lo conocía por El pequeño Nicolás, una de las lecturas obligatorias de mi escuela. Sus ilustraciones eran en blanco y negro. Pero, las del taller son coloridas. Y poéticas. Puedo pasarme rato observando los detalles. Los guiños al ciclista lector.

Espero que en tu pasado hayas tenido la suerte de contar con una bicicleta. Aunque fuera prestada a ratos. Si no ha sido así, te invito a pedalear por la vida. Nunca es tarde. Estoy segura de que te arrancará más de una sonrisa. ¡Anímate y pedalea!

Publicado en Escritura Historia real Libros

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