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Soñar, ¡volar!

«¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.»

La vida es sueño, Pedro Calderón de la Barca

Me encantaría volar. No en avioneta o en helicóptero, no. Simplemente, levantar las alas y alzarme sobre el suelo. Luchar contra la ley de la gravedad, sentir la fuerza del viento chocando contra mi cuerpo. Notar los músculos tensarse y mantenerle el pulso a las corrientes que deseen tumbarme. Ver, a medida que conquisto altura, como todo se empequeñece debajo de mí. Reconocer Barcelona, con su Ensanche cuadriculado, su puerto y su omnipresente Tibidabo. Sentir el cambio de temperatura, de luz. Saber que tengo por delante kilómetros de viaje sin pausa posible, con la única compañía del sonido de las olas y mi voluntad como guía.

Sí, me gustaría poder volar. Con prudencia, sin la ambición que hundió a Ícaro en la profundidad del mar. Quiso acercarse tanto al sol que sus rayos derritieron la cera de sus alas. Y se precipitó sin remedio al vacío. Puedo comprender lo que sentía. Cada vez que viajo en avión tengo la tentación de saltar sobre las nubes. ¡Parecen de algodón! Sí, noto esa imperiosa necesidad de alcanzar lo imposible, de rozar la libertad total. Pero, como no tengo alas, me consuelo mirando por la ventanilla del avión. Y me maravillo. ¡Qué hermoso es nuestro planeta! Durante unos instantes puedo acariciar la idea de ser un pájaro. La abandono enseguida, ¡padezco vértigo! Admiro a quienes tienen el valor de saltar en paracaídas, parapente o similar. ¡Tremendo!

También me gustaría poder leer más. Leer es otra forma de volar. Mental, emocional. Volar por mundos imaginados y otros recreados. Volar a voluntad, ¡qué libertad! Aunque, es justo confesarlo, me acuerdo muchas veces de Henry Bemis, el protagonista del octavo episodio de la serie La Dimensión Desconocida. ¿Lo has visto?

(¡Ojo! A continuación, ¡spoiler!).

Henry es un oficinista bancario obsesionado con la lectura. Nunca encuentra tiempo para leer y la gente de su entorno no le comprende. Creen que está obsesionado y hacen todo lo posible por distraerle. Harto de tanta incomprensión, un día se encierra en la cámara acorazada del banco donde trabaja, para así poder leer con total tranquilidad. Mientras está entregado a su pasión, una explosión nuclear destruye la vida sobre la tierra y le convierte en el único superviviente. ¡Al pobre hombre casi le da un ataque al descubrir lo sucedido! Hasta que se encuentra con una biblioteca pública con todos los libros intactos. ¡De pronto se siente muy afortunado! Por fin podrá leer lo que quiera sin que nadie le moleste. No obstante, cuando se dispone a abrir el primer libro, se le caen al suelo las gafas, ¡y los cristales se rompen en múltiples pedazos! La historia finaliza con la cámara alejándose, mostrando los libros que ya nunca podrá leer. ¡Menuda mala pata!

A veces los sueños se cumplen de forma distinta a la prevista, ¡y se convierten en tu peor pesadilla! Otras, no logran hacerse realidad. Sin embargo, la vida sin sueños por los que luchar resulta sombría. Aburrida. Los budistas discreparían, dado que creen que el deseo genera dolor. Aún así, con el mes de diciembre en marcha, llega el momento de hacer balance del año. ¡Resulta inevitable! Es habitual preguntarse cuántos sueños se han cumplido. Cuántos se han perseguido sin éxito. Cuántos has abandonado antes incluso de haberlos intentado. Cuáles persisten. Por cuáles lucharás el próximo año.

«Es mucho mejor perseguir tus sueños que dejar que los sueños te persigan a ti sin alcanzarte.»

Días sin ti, Elvira Sastre

Vive. Sueña. ¡Vuela!

Publicado en Escritura

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