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Salta la barrera

Recuerdo el impacto que en su día me causó la historia que representa el cuadro de La Torre de Babel, de Pieter Brueghel el Viejo. Se inspira en una historia narrada en la Biblia según la cual, hace miles de años, los seres humanos hablaban una única lengua, hasta que quisieron desafiar a Dios. Se les ocurrió construir una torre muy alta. Tan alta como para alcanzar el cielo y, por consiguiente, a Dios. A éste le molestó mucho la soberbia de los humanos. Tanto, que les castigó. ¿Cómo? Dotándoles a cada uno de un idioma distinto, lo que generó una tremenda confusión. ¡No se entendían! No tuvieron otra opción que desistir en su empeño y la torre quedó inacabada.

Existen personas que afirman que esta historia es real, que la torre se intentó construir de verdad. Otras, lo consideran una leyenda más. Sea como fuere, en la actualidad existen 7.117 idiomas distintos en el mundo, siendo los cinco más hablados el inglés, el chino mandarín, el hindi, el castellano y el francés. No sé tú, pero yo me he sorprendido al averiguar que nuestro idioma lo hablan 538 millones de personas. ¿A qué impresiona? No te emociones porque, teniendo en cuenta que la población mundial es ahora de 7.700 millones de personas, esto equivale a un 7% de la humanidad. ¡Migas!

Es importante hablar idiomas. Fundamental. Para viajar, para encontrar trabajo, ¡hasta para ligar! Pero, sobre todo, ser políglota es importante para conseguir comunicarnos con los demás. El ser humano es sociable por naturaleza. Necesita relacionarse. Y hoy en día, es rara la sociedad que no es multicultural. Por fortuna, existen academias de idiomas en las que aprendemos a comunicarnos en lenguas distintas a la nuestra. Aunque, la mejor escuela es una realidad multilingüe. En mi caso, el hecho de haber vivido entre Barcelona y Bruselas me ha permitido añadir, a mi lengua materna, el catalán y el francés. Me siento muy afortunada, porque esto me ha enriquecido como persona. Un poema, una novela, una película, una canción, no transmiten lo mismo si se traducen que si se sienten en la lengua en la que fueron concebidos. El acento, la rima, la melodía, todo influye en el sentir.  Aunque, justo es reconocerlo, también existe cierta desorientación. Por ejemplo, nunca he entendido por qué, en catalán, el sábado y el domingo corresponden al principio de la semana, mientras que, en castellano y francés, son el final. ¿Cabeza o cola?

No obstante, existe algo más que resulta fundamental para comunicarnos: el lenguaje corporal. Expresamos mucho sin necesidad de palabras. A veces, demasiado. Nos delatan expresiones faciales, miradas, gestos que hacemos con las manos, andares y así un largo etcétera. En este sentido, resulta muy instructiva la serie Lie to me, con Tim Roth y Kelli Williams. Está inspirada en el trabajo del psicólogo Paul Ekman, pionero en el estudio de las conexiones existentes entre los estados emocionales y las expresiones faciales. Hay quienes incluso afirman que el lenguaje corporal también funciona a la inversa. Es decir, que puede influir e incluso cambiar tu estado de ánimo. Puedes averiguar más sobre el tema en este interesante artículo.

Pero, ¿qué sucede cuando una mascarilla oculta tu rostro? No sé si te habrá pasado, pero parece como que cuesta más entenderse. Hay ocasiones en las que no consigo comprender lo que me dicen, e incluso he tenido que elevar la voz para que se me oiga. Como no es algo a lo que esté acostumbrada, chillo y consigo llamar la atención de gente que pasa por ahí. ¡Me da una vergüenza! Quizá la tela de la mascarilla frene algo el sonido, o quizá sea que visualizar el movimiento de los labios es más importante de lo que creemos. Ni qué decir tiene que las personas con sordera lo están pasando fatal. A la habitual insensibilidad y discriminación que sufren, se añade ahora la invisibilidad. Necesitan leer los labios de sus interlocutores para entenderles. Es algo imprescindible. Pero, ¿qué sucede? ¡Que nadie cae en ello! Ni siquiera en el contexto médico, en el que ni médicos ni enfermeras se dan cuenta de que no están comprendiendo nada de lo que les dicen. No está mal si se tiene en cuenta que, según la Organización Mundial de la Salud, existen 360 millones de personas en el mundo que sufren pérdida auditiva. Parece increíble que, en un mundo tan desarrollado como el nuestro, todavía no existan mascarillas transparentes homologadas que, no solo ayudarían a las personas con sordera, sino a toda la humanidad.

El mundo que conocíamos cambió hace nueve meses y no sabemos durante cuánto tiempo conviviremos con la pandemia. Muy a nuestro pesar, hemos renunciado a tocarnos cuando nos vemos. Ya no hay abrazos ni besos ni caricias. Y, para colmo, vivimos en un perpetuo baile de máscaras que nos distancia, todavía más, de nuestros seres queridos. Necesitamos volver a vernos. Necesitamos comunicarnos bien. Y, dado que la calidad de nuestra comunicación depende tanto del lenguaje verbal como del corporal, estaría bien hallar alguna solución transparente. Porque, si al distanciamiento añadimos barreras visuales, ¡regresamos a la Torre de Babel! No sé tú, pero yo no quiero volver a tiempos bíblicos. Allí mandaba un dios iracundo y cruel. Como que no apetece.

Mientras este asunto se resuelve, obsérvate cuando interactúes con alguien. Exprésate de forma clara y asegúrate de que el mensaje que quieres transmitir se entiende. Si el lenguaje verbal te resulta insuficiente, recuerda que un simple gesto puede significar mucho. Puede marcar la diferencia. Y significarlo todo.  

“Lo que eres se expresa con tanta fuerza que no puedo oír lo que dices”. Ralph Waldo Emerson, filósofo y poeta

 

Foto: Kunsthistorisches Museum

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Publicado en Compromiso Historia real Naturaleza

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