Saltar al contenido →

Colorea tu mundo

Imagino que alguna vez te habrán abordado en plena calle. Para intentar venderte calcetines, pañuelos de papel o mecheros de cocina. También, para pedirte que apoyes alguna causa solidaria. Es algo habitual, al menos en mi ciudad. Mientras piensas en tus cosas, un desconocido se planta frente a ti. ¡Y te habla! No sé tú pero yo, que suelo andar despistada, ¡me llevo unos sustos! Un día se me acercó un chico que, al ver que no pensaba ni reducir ni detener mi paso, me dijo: «Adiós, ¡mujer de altas velocidades!». Me sorprendió su comentario, y también me hizo reír. Es más, me hizo pensar. Aquel individuo tenía razón, porque yo caminaba muy rápido. Sin detenerme a mirar nada. ¿Por qué lo hacía? ¡No tenía prisa! Pero sí tenía estrés. ¡Mucho!

Años más tarde, llegó a mi vida Barny, mi primer gran amigo peludo. Salía de casa con él varias veces al día, y caminábamos sin un rumbo fijo, deteniéndonos en todos y cada uno de los árboles que había en la calle. No es broma, ¡no se dejaba ni uno! Los olía con detenimiento y, después, se despedía de ellos regándolos con un chorrito de su pis. Por más kilómetros que hiciéramos, su reserva permanecía inagotable, lo que convertía nuestro paso en el de una tortuga. ¡Coja! Esto, que al principio me desesperaba, produjo un cambio en mí. Mientras él procedía con su particular ritual, yo aprendí a observar lo que había a mi alrededor. El mundo se hizo visible, con su ruido, su movimiento, su color, su olor.

Hoy en día es raro verme caminar rápido. Solo lo hago en casos excepcionales, en los que tengo prisa de verdad. Qué le vamos a hacer, a veces al despertador no le gusta cumplir con su misión. Y, claro, ¡luego toca correr! Ahora paseo. Observo. Y cotilleo. Nada que no se muestre, eso sería descortés. Pero sí me fijo en todo aquello que la ciudad me enseña. Lo que más disfruto son las ventanas. ¡Me pirran! Me encanta cuando descubro todo un universo en ese espacio tan solo destinado, en teoría, a iluminar y ventilar. Las hay con repisas acondicionadas para que un gato, o un pequeño perro, pueda asomarse al exterior. Otras están repletas de macetas que, en primavera, se llenan de flores. A veces ves a una anciana que con una pequeña regadera cuida de sus plantas. Las mima. Y después las disfruta desde el interior. Le arrancan sonrisas. También a quienes las vemos. Regalan belleza. No es lo mismo una ventana llena de vida que otra sin ella.

Tampoco un balcón, que puede albergar todo un mundo en su interior con distintos objetos. Con dos sillas, en las que una pareja conversa, se besa, se increpa. O en las que una madre ayuda a su hija con los deberes e intenta recordar lo que hace tiempo que olvidó; Con una sola silla que, aunque permita adivinar una vida en singular, muestra a alguien con ganas de mirar al mundo; Con velas que iluminan la noche, y comportan confidencias, consuelo, danzas de mosquitos; Con barandillas de las que cuelgan jardineras; Con paredes cubiertas de celosías, en las que se enredan ramas de jazmines, buganvilias o hiedra; Con un gato tumbado en el suelo, aprovechando los rayos del sol, o con un perro que ladra a los canes que osan pasear frente a él; Con comederos y/o bebederos para pájaros; Con niños que gatean, tropiezan, juegan; Con ropa tendida que habla más de lo que calla. También existen balcones de pared descascarillada, barandilla oxidada, baldosas levantadas, bombilla fundida. Balcones con una bicicleta cuyas ruedas llevan mucho tiempo desinfladas o pinchadas; con sombrillas de playa abandonadas; con fumadores exiliados por su humo.

Dicen que los detalles son importantes. Que marcan la diferencia. Es cierto. Hace unos años, Ikea lanzó la campaña Los amigos de las terrazas. Mostró, con la ayuda de unas gafas virtuales, que es posible convertir en auténticos paraísos esos espacios exteriores adheridos a tu vivienda. Llenarlos de colores. De alegría. De vida. Falta poco para el inicio de la primavera. Para que estalle la vida frente a tus ojos. Si dispones de un olvidado balcón, regálate un poco de belleza visual. Un rincón en el que cargar pilas. Si careces de él, convierte alguna de tus ventanas en un lienzo. Dibuja en él un mundo propio. Sabrás que has acertado cuando sonrías al mirarlo.

 

«Hay una ventana de un corazón a otro». Rumi.

 

Foto: ventana a pie de calle en Santa Coloma de Gramenet.

Print Friendly, PDF & Email

Publicado en Escritura Historia real Naturaleza

2 comentarios

  1. ¿Has leído Elogio de la lentitud o cualquiera de los libros de Carl Honore? Habla mucho del tema de la velocidad a la que vamos y de un ritmo alternativo. Sus libros son geniales.

    • Virginia Virginia

      La verdad es que no. Me lo apunto. ¡Gracias Olalla!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *