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Un mundo en tus manos

La pandemia nos está quitando muchas cosas. Además de vidas queridas, tiendas sentidas. Porque los números no salen, o porque sufren una obligada persiana bajada. La peor parte se la están llevando los negocios centrados en un turismo ahora ausente. Basta con dar un paseo por el casco antiguo de tu ciudad, seguro que detectas comercios vacíos donde antes había vida. Abundan letreros de traspaso y de alquiler. También, centros comerciales carentes de compra compulsiva.

Es en los barrios donde la vida sigue su curso, centrada en el pequeño comercio. En las tiendas que parecen llevar ahí toda una eternidad. La de tu existencia. Seguro que algunas son imprescindibles para ti. Fundamentales. Para mí es básica, además de una tienda de comida, una papelería. Ese reino del escritorio al que acudimos quienes no prescindimos de lo manual. Quienes permanecemos fieles a objetos pequeños en tamaño, pero grandes en funcionalidad: el lápiz que forma, sobre el papel, palabras, dibujos; la goma que borra el error y permite hacerlo mejor; el sacapuntas que afila para ganar precisión; la regla que mide y subraya; las tijeras que separan; el clip que une; el subrayador que marca la diferencia; la grapadora que dispara cobre; la perforadora que permite archivar documentos.

Los pequeños objetos de escritorio conforman todo un universo. Algunos tienen diferentes tipologías: sacapuntas de metal, madera o plástico; de mano, manivela o eléctrico; para un único grosor de lápiz o varios. Gomas que borran grafito, también tinta. Y qué me dices de los estuches, esos recipientes destinados a guardar y transportar nuestras herramientas. Nuestros pequeños tesoros. ¡Los hay de varios pisos! Son como una comunidad en la que cada pieza cumple una misión. Propia. Única. Intransferible. El gran protagonista de una papelería es el papel. ¡De ahí el nombre! Papel en folios sueltos, encuadernados o anillados. De rayas, cuadrados, colores. Cuidado, ¡a veces corta! Los sobres fueron grandes viajeros cuando se estilaban las cartas manuscritas. Ahora, menos. Guardan facturas, dinero, regalos, cariño. Promesas.

Sí, tengo debilidad por las papelerías. Me gustan todas, desde las grandes e históricas como Raima, a las pequeñas que también venden peluches, muñecos o duendes. Algunas, ¡hasta ofrecen golosinas! Son lugares mágicos, restos de un mundo que parece que fue pero que sigue siendo. Que resurge con fuerza ahora, porque descubrimos lo que ya sabíamos pero habíamos olvidado: que relaja escribir, dibujar, pintar. Que necesitamos crear para calmar el ruido interior. Para sentir que estamos vivos. Que lo seguimos estando.

¿Cuándo fue la última vez que te adentraste en una papelería? Entra en una, permítete recuperar lo que ninguna pantalla te podrá dar: el tacto de una goma; el sonido de sacar punta; el olor de un cuaderno nuevo; el sabor de un lápiz mordido; la visión de algo creado con tus manos. De paso, cultivarás tu imaginación. Tu libertad mental.

 

«La mente que se abre a una nueva idea, jamás volverá a su tamaño original.» Albert Einstein

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Publicado en Escritura Historia real

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