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En busca de la cabina perdida

El otro día paseaba por la calle y me crucé con una cabina telefónica. ¡Me sorprendí! De pronto, sentí cierta nostalgia por un tiempo que ya no volverá. Me di cuenta de que no recuerdo la última vez que utilicé una. ¡Muy significativo! No hace tanto, la cabina era un lugar íntimo en el que realizar llamadas. Curioso si tenemos en cuenta que hoy en día hemos renunciado a esa intimidad que antes tanto buscábamos. Compartimos nuestras conversaciones telefónicas con cualquiera, y basta con salir de casa para convertirte en oyente involuntario de llamadas ajenas.

Las cabinas telefónicas han ido desapareciendo a medida que la telefonía móvil se ha convertido en el medio preferido de comunicación. Las que quedan están olvidadas en la acera. Ninguneadas. Convertidas en fantasmas. En Barcelona, la mitad de los 500 terminales que todavía existen no registran ni una sola llamada al año. ¡Qué vida más inútil! Pero hubo un tiempo en el que tener cerca una cabina lo significaba todo. En especial una cabina cubierta. Con la mayoría de su superficie acristalada, te exponía, y a la vez te ocultaba. En ella se podía hablar de lo que se quisiera, lejos de la vigilancia familiar, cerca de nuestro mundo particular. Debías tener suficientes monedas sueltas porque si te quedabas sin mientras conversabas, ¡era un drama! Un poco como cuando ahora te quedas sin batería.

Era tal la magia que desprendía este habitáculo acristalado plantado en medio del espacio público, que aparece en numerosas películas: Tippi Hedren utilizaba un cabina como refugio en la película Los Pájaros, de Alfred Hitchcock; los magos de Harry Potter acceden por ella al Ministerio de la Magia; Clark Kent la utiliza para cambiarse y salir convertido en Superman; en La Boum 2, Sophie Marceau se resguarda en una con su novio de una fuerte tormenta (y nos regala una escena romántica inolvidable); en Rain Man, Dustin Hoffman se tira un pedo mientras Tom Cruise habla por el auricular. ¡Hay tantos ejemplos! Y qué me dices de su uso en la literatura, donde las cabinas pueblan las novelas de John Grisham.

Francia, Bélgica, Dinamarca y Estonia las han ido suprimiendo, mientras que otros países las han reconvertido en acuarios (Japón), en galerías de arte (Nueva York y Londres), en biblioteca pública (Berlín), en baños (Helsinki), en refugios para personas sin hogar (Vancouver). En Barcelona, Telefónica le ha cedido al Ayuntamiento la última cabina de teléfono totalmente cubierta que queda en la ciudad. Está en el barrio de Sant Genís dels Agudells, en el distrito de Horta-Guinardó. Tras una consulta vecinal hecha entre los residentes, va a ser rehabilitada para ser usada como punto de intercambio de libros.

Se acerca así el final de una historia que empezó gracias a William Gray, un inventor de Connecticut que en 1886 patentó la cabina de teléfono público. En España, la primera apareció en 1928. Se instaló en la sala de fiestas Viena Park, en el parque de El Retiro, en Madrid. En 1966 llegaron a la vía pública y en seguida conquistaron nuestros corazones. Pero los tiempos cambian y, con ellos, las costumbres y el paisaje urbano. En España, el 88% de la población reconoce no haber usado nunca una cabina telefónica. ¡Increíble! Muchos ni siquiera se han cruzado con una. Otros no saben ni qué es ni para qué sirve. Quizá la cabina acabe convertida en uno de esos elementos urbanos que delata la edad de las personas, como lo hacen los discos de vinilo, las casetes o el vídeo VHS. En cualquier caso, estoy segura de que pervivirá en la memoria de varias generaciones. En la mía, ¡seguro!

«Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras.»

Elvira Lindo

Foto: Puerta del Sol, Madrid, 1985. Bernardo Pérez.

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Publicado en Historia real

Un comentario

  1. Gloria Gloria

    Ay, amiga, cómo me ha gustado tu post de hoy. Me ha recordado aquellos tiempos en los que hacías cola en las cabinas o locutorios (eso vino después), con las manos llenas de monedas y la lista mental de cosas que no querías dejar de decir a tu amor. Porque a quien llamabas entonces, era casi siempre a la persona que querías. Esto da para un libro.

    Si las cabinas hablaran…

    ¡Gracias por recordarlas!

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