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Oculto a plena vista

¿Alguna vez has descubierto un pequeño paraíso? Por casualidad, sin esperarlo en absoluto. Yo no sé si es porque paseo mucho con mi amiga peluda Trufa, pero a veces hallo cosas realmente sorprendentes. Hace unos días, me encontré con algo que me dejó alucinada. Me tocaba dentista y, no sé a ti, pero a mí es una visita que no me motiva mucho. ¡Me da una grima! La salud bucodental es fundamental, cierto, pero es que los artilugios esos que se utilizan me dan auténtico repelús. El que absorbe saliva, el que dispara un chorro de agua, el que pule los dientes, el que te pincha anestesia, ¡así un largo etcétera! Es verlos preparados en la mesa situada al lado del sillón, junto al vaso con agua para enjuagues, y ya noto cómo se me acelera la respiración. Me consuela pensar que no soy la única alérgica al dentista. ¡Aunque raritos hay en todas partes!

Me sobraba una hora antes de mi cita con el dentista y no sabía qué hacer. Está ubicado en plena Gran Via de Les Corts Catalanes, en el barrio de Sants. Por si no eres de Barcelona, te hago un resumen: ocho carriles transitados sin descanso, peste a tubo de escape, edificios que ocultan el cielo, cemento por todas partes, y un ruido ensordecedor. ¡Un lugar idílico para pasear! Entre esto y la visita dental en el horizonte, imagínate mi ánimo.

Pero la vida es una caja llena de sorpresas. ¡Y de las buenas! Caminaba sin rumbo y, cuando llegué a la altura de la calle Moianès, llamó mi atención un edificio. Lo miré sorprendida y pensé que parecía una estación de tren de las de antes. ¡Es que lo era! Se trataba de la antigua estación de la Magòria, inaugurada en 1912 y clausurada en 1974. En la actualidad, es un centro cívico. Aunque el edificio me pareció impregnado del encanto de otra época, lo que me dejó sin habla fue un jardín situado detrás, donde antes había las vías. Accedí con cierto pudor, porque no tenía claro si se podía entrar, y de pronto me vi sumergida en otro mundo. Como por arte de magia, el ruido urbanita se había esfumado. ¡Solo oía el cántico de los pájaros! Frente a mí, un camino de tierra flanqueado por árboles frondosos, un huerto, un hotel de insectos, mesas y bancos hechos con palets. Dispersas por el jardín, macetas de distintos tamaños y colores, con todo tipo de plantas. ¡Hasta bonsáis! Ocultos en la vegetación, mirlos, gorriones, petirrojos. Ni rastro de la contaminación ni del estrés ni del gentío que caracterizan a la Gran Via. ¡Un oasis!

Imagínate mi cara de sorpresa. Lo que no podía imaginar es que, además, se me acercara una señora (¡gracias!). Le había llamado la atención mi forma de mirar. Vamos, que se me notaba que estaba alucinada. Con gran amabilidad, me explicó que aquel jardín había sido tierra de nadie. Hasta que un grupo de vecinos y vecinas, cansado de ver el estado de abandono en el que se encontraba aquel lugar, decidió ocuparse de él. Crearon la plataforma Jardí de l’Estació de la Magòria, un espacio multigeneracional y multidisciplinar a cielo abierto. Y lo convirtieron en un espacio de servicio a la comunidad, en el que se organizan talleres, clases, conciertos, espectáculos y visitas escolares. En el que cualquiera que lo desee, sea o no vecino, puede participar, ya sea organizando actividades o colaborando en las tareas de mantenimiento. Esta gente está luchando para que el Ayuntamiento de Barcelona no lo convierta en otra zona asfaltada con cuatro plantitas de diseño. Ojalá lo consigan. El Jardí de l’Estació de la Magòria es un espacio que merece ser preservado sin que pierda su esencia. Su naturalidad. Su naturaleza. Este tipo de lugares escasean en grandes ciudades como Barcelona, en que todo está planificado hasta el milímetro. Sin embargo, juegan un papel muy importante. Es donde la gente se refugia, desconecta de sus problemas, de la pandemia, y se relaciona con los demás. Es en oasis como este donde las personas se reconcilian con la vida.

Gracias a este inesperado descubrimiento, mi visita al dentista no fue tan aterradora como me la imaginaba porque, mientras mantenía la boca abierta y unas manos hurgaban en ella, no dejé de pensar ni un minuto en el jardín que acababa de descubrir. En el cántico de los pájaros. En la sombra de los árboles. En el aroma de las flores. En las hortalizas que ya prometían frutos. En ese hotel al que acudiría sin dudarlo si tuviera seis patas y volara. Porque, aunque mi cuerpo estaba sentado en el sillón de una clínica dental, mi mente y mi corazón permanecieron en aquel paraíso oculto a plena vista.

«Los jardines están en la ciudad, lo mismo que los pulmones en el cuerpo humano.» Josep Fontserè i Mestre

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Publicado en Historia real Naturaleza

4 comentarios

  1. Montse Montse

    Yo soy voluntaria de una asociación que trabajamos en el Casal Cívico de Magòria desde hace unos 6 o 7 años y durante una época hemos llevado el jardín. Ultimamente con esta pandemia El Casal ya no es lo que era, por dentro, con cientos de personas a diario entrando y saliendo. Por lo que las actividades que hacíamos nosotros y otras asociaciones se cancelaron.
    Pero esa gran actividad ahora ha pasado al exterior (con esto de los lugares abiertos) y gracias a gente que está convirtiendo el jardín, más que jardín un espacio natural en un paraíso entre el cemento, el humo de los coches y el ruido. Son un buen grupo.
    Yo ahora lo frecuento poco, por historias personales, pero hace un par de días me pase y está precioso.
    Gracias por tu post.
    Creo que a todos nos anima y a los que están al pie del cañón, eso es un chute de energía positiva.
    Gracias.

    • Virginia Virginia

      Gracias Montse, me alegra que te haya gustado el texto. El Jardín se lo merece, ¡qué menos!

  2. Delia Frances Zarzo Delia Frances Zarzo

    Muy bien detallado la maravilla de jardin que tenemos en el barrio y por el que hay que luchar para que nos lo conserve el Ayuntamiento y podamos disfrutarlo , que Barcelona necesita conservar cosas bonitas para el servicio del ciudadano.

    • Virginia Virginia

      Así es, Delia. Es importante conservar esta maravilla que tenéis en el barrio. ¡Todo mi apoyo!

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