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La fuente del oso

Ha llovido durante toda la noche y una fuente del barrio de Sants ha amanecido habitada por un oso de peluche empapado. Situado justo debajo del grifo, que además gotea, parece resignado a seguir mojándose hasta que alguien se apiade de él y lo saque de ahí. Alguien lo encontró antes de la tormenta, lo recogió del suelo, y pensó que una fuente era un buen lugar para que estuviera a la vista. Para que pudiera ser recuperado. Devuelto a su hogar. No tuvo en cuenta ni el chorro intermitente ni la previsión meteorológica. Sí le devolvió parte de su dignidad al evitarle unos cuantos pisotones.

En la ciudad es habitual cruzarse con un universo compuesto por objetos pertenecientes a seres diminutos: chupetes, zapatitos, muñecos, cochecitos, piruletas, globos, guantes. Algunos son expulsados adrede del carrito de paseo, sin que la madre, o el padre, se den cuenta. Pero muchos son abandonados por pura distracción momentánea. Porque algo, o alguien, ha acaparado toda la atención de un cerebro en formación que lo absorbe todo como una esponja. Si bien cruzarnos con dichos objetos nos hace sonreír mientras pensamos «qué lástima», la imagen de este maltrecho oso enternece, porque sin duda fue un jueguete querido. Tanto como para no separarse de él al salir de casa. Como para sumergirlo en el peligroso y tentador mundo exterior. En un momento dado, el oso saltó a la acera y no pudo volver a casa. Se perdió. Sin duda su ausencia ha provocado tristeza con forma de llanto, y ha conllevado promesas adultas de que otro oso ocupará su lugar. Con un poco de buena suerte y colaboración vecinal, quizá el alma apenada lo recupere y esté así justificada la sonrisa cosida en el muñeco de tela. Aunque lo más probable es que nunca se produzca el anhelado reencuentro entre los dos seres. Que el animalito acabe en una papelera. En un contenedor, mezclado con todo tipo de residuos.

Cuántas cosas perdemos por el camino. Cuántas dejamos atrás. Porque las hemos perdido, nos las han robado, ya no las necesitamos, las hemos aburrido, no tenemos espacio, a nuestra pareja no le gustan, etc. Yo he tenido catorce domicilios distintos. Se dice pronto. Con cada cambio he renunciado a múltiples objetos. Algunos los he regalado, otros tirado. En algunas ocasiones me he arrepentido de haber prescindido de algunas cosas. Aunque, en general, siento que me rodeo de demasiadas. Sobre todo libros, que son mi perdición. No puedo resistirme a las promesas que albergan y que, en la mayoría de los casos, cumplen. Frente a la amenaza que supone toda mudanza, a mis catorce cambios han sobrevivido tres peluches: un oso panda, un perro y un conejo. Desde que tengo memoria, han sido mis confidentes. Mis cómplices. Los veo y acaricio a diario, porque están dentro del armario de la ropa. Todavía recuerdo quién me los regaló y, salvo fuerza mayor, viajarán conmigo hasta el final de mi trayecto.

Con estos antecedentes, entenderás que ver a ese oso con el pelo empapado me haya encogido el corazón. ¡Me ha dado una pena! A punto he estado de rescatarlo y meterlo en la mochila que siempre cuelga de mi espalda, aun a riesgo de mojar todo el interior. Lo habría lavado y secado, pero ¿y luego qué? Me he reprimido. Una vocecita interior ha apostado por la posibilidad, aunque sea mínima, de que el oso tenga una buena vida. Como lo hace un rayo de sol a través de unas oscuras nubes, la esperanza se ha colado en mi interior y ha defendido lo improbable, pero aun así posible. Y, como defensora de la alegría que soy, he decidido confiar. En la suerte. En la vida. En la bondad humana. Quizá acabe en otras manos diminutas, colmado de caricias que devuelvan el latido a los corazones de las peludas patas. Convertido en un buen compañero, silencioso pero fiel. Empapado de la esencia de alguien. Sí, he decidido creer porque, a medida que pasan los años, comprendo que no hay hogar posible sin esos pequeños detalles que nos definen. Que nos conmueven. Que nos recuerdan que a la vida hay que ponerle sentimiento. Ternura. Calidez. Qué inhóspita si no.

El tipo de educación más eficaz es que un niño juegue entre cosas encantadoras. Platón

Foto: Fuente situada en la calle de Mir Geribert, esquina con Gran Via de Les Corts Catalanes, Barcelona.

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Publicado en Escritura Historia real

Un comentario

  1. Carme Portas Carme Portas

    Que tendre!!!❤️❤️❤️

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