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En busca del beso perdido

Ay, los besos. Qué bonitos son. Nos permiten mostrar cariño, afecto. Estrechar lazos. Los damos en la frente, en la nariz, en la boca, en la oreja, en el cuello, en la mano. ¡Incluso los lanzamos al aire! Ni qué decir cuando hay deseo, ¡son la llama del sexo!

Besarse de forma romántica no es un comportamiento universal. Lo practican menos de la mitad de las sociedades. Incluso existen casos, como el de la tribu mehinaku de Brasil, que lo considera intolerable. La cosa viene de lejos, porque se han descubierto unos textos, con una antigüedad de 3.500 años, que describen el beso como la acción de inhalar el alma del otro. Qué mal rollo. A nadie le apetece que le roben el alma, ¿no?

Quizá entonces ya se sabía que besarse no es precisamente algo higiénico. Verás, es que, a ver cómo te lo explico. Bueno, primero una advertencia: si estás muy enamorada/o de alguien, o te chiflan los besos en la boca, y más con lengua, no sigas leyendo. ¡Salta al siguiente párrafo! Te lo digo en serio. ¿Prefieres continuar? Bueno, allá tú, porque resulta que, con un solo beso de diez segundos, se comparten hasta ochenta millones de bacterias. Sí, has leído bien. ¡Ochenta millones! Esto no es de extrañar, porque la boca es la anfitriona de más de setecientas variedades distintas. Así que deja de buscar un lugar tranquilo e íntimo para besar a alguien porque, en realidad, el beso es un gesto multitudinario. A ver, que si esto te da repelús siempre puedes recurrir al beso del esquimal, y mostrar el cariño mediante el roce de tu nariz con otra. Claro que, este tipo de beso parece deberse al hecho de que los esquimales viven en zonas muy gélidas, tanto que, al abrir la boca, la saliva se convierte en hielo. Y, claro, besarse en la boca puede sellar los labios. Literalmente. ¡Qué daño!

En la naturaleza existen múltiples ejemplos de especies que se besan. Los jabalíes, por ejemplo. La pareja, antes de copular, se intercambia toda clase de caricias, besos y arrumacos. Cuando el macho está excitado, segrega un tipo de saliva que es muy gustoso para la hembra, así que ésta le lame las comisuras de los labios hasta cansarse. Los bonobobos son el caso más sorprendente: se besan a menudo y utilizan la lengua. Por lo visto, son unos seres muy sexuales. Tanto, que su forma de saludarse es tener sexo. ¿Te das cuenta? Mientras el ser humano anda por ahí saludando con la mano, o con besos en las mejillas, estos monos están subidos a un árbol, ¡retozando! Y luego decimos que somos los seres más inteligentes. Claro que, si hablamos de sexo, los palos son unos auténticos campeones. Y no me refiero al trozo de madera con el que juegan los niños, no. ¡Al insecto! Tiene una incansable cópula. Cuando la hembra acepta al macho, éste se sitúa sobre ella, le introduce su órgano y permanece unido a ella durante un periodo de hasta diez semanas. Así se asegura de que nadie más copule con ella y de que todos los huevos sean hijos suyos. ¡No sabe nada! Menos mal que es bastante más pequeño que la hembra, y que mientras ésta está ocupada en sus quehaceres cotidianos. Ahora bien, ¿quién es el animal con más resistencia sexual? Quizá creas que es el león, capaz de copular hasta 157 veces en 55 horas. ¡Error! Le supera el hámster, que puede copular hasta 65 veces en una hora. Y, a éste, el jerbillo, un roedor del desierto mejicano, que en el mismo periodo de tiempo alcanza el record de 224 cópulas. Por cierto, si te gustan las curiosidades sexuales del reino animal, te recomiendo el libro También los jabalíes se besan en la boca, de Pilar Cristóbal. Alucinarás un rato. Aunque te confieso una cosa: no sé qué me inquieta más, si la flojera del ser humano, o el hecho de que alguien haya estado observando copular a todo tipo de animales para contar el número de encuentros sexuales que tienen. En fin, para gustos, ¡colores!

Volvamos al beso. El profesor Rafael Wlodarski, de la Universidad de Oxford, ha descubierto que el olfato es un sentido muy importante para la reproducción de una especie. Permite evaluar las aptitudes de otros y, sobre todo, la genética del otro. Por lo visto, aparearse con una pareja con genes diferentes aumenta las posibilidades de tener una descendencia saludable. En este sentido, besarse sería una manera de acercarse lo suficiente como para olfatear los genes de la potencial pareja. De hecho, la palabra que designa el beso esquimal en su idioma hace referencia a oler, porque se huele la mejilla del otro. ¡Y tú creyendo que el beso era un gesto romántico!

En cualquier caso, en nuestra cultura occidental besarse es algo precioso. Transmite cariño. Y lo echamos de menos, andamos todos en busca del beso perdido. Robado. No es para menos, la pandemia del Covid-19 ha ocultado los labios detrás de una mascarilla y nos ha privado de la sensación de bienestar que provocan los besos. Aunque, no sé si te habrás fijado en algo que sucede a diario. Como el ser humano es rebelde por naturaleza, es habitual ver parejas besarse con las mascarillas puestas. Incluso se ven bienvenidas y despedidas de gente con besos en las mejillas. Las autoridades sanitarias seguro que dirán que esto no es muy recomendable porque, en caso de que la tela de la mascarilla esté salpicada de virus, lo que se hace es trasladarlo de lugar. Ayudarle en su viaje salvaje. Pero ya se sabe que, en cuestiones de sentimientos, la razón suele salir perdiendo. ¡Y menos mal!

¿Quién iba a decir que un beso pudiera ser así, capaz de alterar el paisaje interior hasta tal punto de desbordar los mares, de empujar los ríos montaña arriba, de devolver la lluvia a las nubes? Jandy Nelson

Foto: Audrey Hepburn y Gregory Peck, en Vacaciones en Roma.

 

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Publicado en Escritura Historia real Naturaleza

2 comentarios

  1. Gloria Gloria

    Oooooooh, me ha encantado este post. Un beso grande y sonoro! Muak!

    • Virginia Virginia

      ¡Gracias Gloria! Otro para ti.

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