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Cultiva una vida chihuahua

En mi barrio sucede a diario algo entrañable. Es una escena difícil de ignorar, que protagonizan un hombre sesentón y su anciano perro, un chihuahua con pelo canoso, ojos emblanquecidos por cataratas y patas temblorosas. Es habitual verlo en brazos de su amigo humano, que lo carga en su antebrazo mientras le acaricia la cabeza. En ocasiones, el cuatro patas pisa la acera, hace sus necesidades y huele lo que es incapaz de ver. Después, regresa al refugio de unos brazos acostumbrados a resguardarlo del peligro que sus limitaciones físicas le impiden comprender.

Con la llegada del buen tiempo, es habitual cruzarse con este hombre pegado a su perro, incluso lejos de la calle en la que vive. El hombre no concibe dejarlo solo en casa, excluido de la vida. Aunque el perro ya no es el ser alegre que fue, ni el incansable compañero con el que tantos paseos compartió, sigue siendo su amigo. Por eso lo cuida. Lo quiere. Lo hará hasta el último de sus días, incluso tiempo después de que el peludo se haya marchado de su lado.

Mucho se ha escrito sobre la amistad entre humanos y perros. Y gatos. Sobre el fuerte vínculo emocional que les une. Quienes nunca han compartido una parte del camino con ellos no lo entienden. Se lo pierden. Y es una lástima, porque estos seres son auténticos maestros. Nos cambian. Nos mejoran. Nos despiertan ternura, sensibilidad, empatía. Nos enseñan a cuidar de otro, a responsabilizarnos de él. Cuando tu amigo peludo se encuentra mal, corres al veterinario, en plena madrugada si es necesario. Sufres cuando no comprendes por qué está decaído, quieto, raro. Si ves que le queda poca comida, te maldices por tu descuido. Si está ingresado, duermes mal, o nada. Es una parte importante de tu familia. Otro más. Y, por eso, cuando se apaga, lo pasas muy mal. Fatal. Porque él te daba mucho más de lo que recibía, te lo daba todo. Y ese tipo de amor no es humano. Es celestial. Para mí, los peludos son ángeles caídos del cielo.

Este hombre pegado a su perro es un ejemplo viviente de lo que implica amar a alguien. No solo se quiere cuando todo va bien. Cuando la vida sonríe. Cuando la juventud nos hace hermosos y, en apariencia, invencibles. Cuando los problemas son mínimos y los dolores inexistentes. El amor se palpa sobre todo cuando los vientos no son favorables. Cuando te caes en un pozo. Cuando la oscuridad se extiende a tu alrededor como una mancha de aceite y lo pringa todo. Tanto, que parece imposible liberarse. Se quiere cuando se ahuyenta a los fantasmas del otro, esos que quitan el sueño, el hambre, las ganas, la ilusión. Es un estar incondicional, un eterno puedes contar conmigo.

Si algo nos ha enseñado la pandemia, es que lo que de verdad importa es amar. Cuidar. Respetar. A nuestra gente, a los demás. Parece que no cuenta, porque no tiene valor económico alguno. Sin embargo es lo más valioso que existe. Lo único que garantiza una vida plena. Que la dota de sentido. De nada sirve una vida de riquezas materiales si no nos rodeamos de gente auténtica. Sincera. Cariñosa. Presente. Desconfía de las palabras y fíjate en quienes te rodean. Sus gestos, miradas, hechos. Pégate a quienes están de verdad. Cuida la relación. Protégela del paso del tiempo, de las circunstancias, de las urgencias. Elige qué tipo de vida quieres y con quiénes. Con suerte, cuando necesites ayuda, la tendrás. Porque cada uno cosecha lo que siembra. Siempre. Así que siembra amor. Tu vida será mucho mejor.

Hasta que no hayas amado a un animal, parte de tu alma estará dormida. Anatole France.

Dibujo: Emba

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Publicado en Escritura Historia real Naturaleza

2 comentarios

  1. Tita Tita

    Respeto el amor y la complicidad con los animales pero que NUNCA sea en detrimento de NO ACOMPAÑAR A UN VIEJITO A en su SOLEDAD Y esto OCURRE

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