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Aceptar lo que no se puede cambiar

Cada mes de septiembre, con el inicio del curso académico, me marco un objetivo. Algo que quiero trabajar, mejorar. Para remar mejor en aguas turbulentas, para gustarme más. Los retos han sido diversos: simplificar mi agenda, reducir el estrés, cultivar la empatía, cuidar de mi cuerpo, abandonar malos hábitos, mimar a las personas que me importan, alejarme de las tóxicas, defender la alegría, perseguir mis sueños. Esto no significa que vaya a lograr mi propósito en tan sólo nueve meses, pero sí que le daré prioridad. Este curso 2021/22 me propongo algo difícil: aceptar aquellas cosas que no puedo cambiar.

Aceptar la realidad no siempre es fácil. Que levante la mano quien sepa lidiar con lo que no le gusta, no le satisface o no le convence. ¡Cómo cuesta! Y sin embargo es el camino. No hay otro. Es la única manera de reducir el dolor o, al menos, de hacerlo soportable. Una cosa que me cuesta mucho aceptar es el hecho de que la pandemia va a estar conviviendo con nosotros durante bastante tiempo. Lo he aprendido este verano, con la quinta ola. Creía que la vacunación nos acercaba al final de una de las etapas más oscuras de nuestras vidas, pero he descubierto que estar vacunado no impide ni contagiarse del maldito virus ni evitar que se propague. En el mejor de los casos, no se tendrán síntomas y, si se tienen, serán leves. Pero hay quienes, aun teniendo la pauta de vacunación completa, no sobreviven. Es angustioso. Triste. Desde hace un año y medio, me faltan abrazos, besos, risas. Me sobran miedos.

Todo es tan nuevo, tan desconocido, tan extraño. Se actúa a medida que se van produciendo los acontecimientos, y no estamos acostumbrados a ir sobre la marcha. Solemos planificarlo todo al milímetro, como si de ese modo pudiéramos protegernos de lo que no podemos controlar. Pero ahora ese escudo no sirve de nada. Nos vemos abocados a vivir el día a día, a no proyectarnos en el futuro, a anclarnos en el ahora. En el presente. En una sociedad volcada siempre en el futuro, esto es aterrador. Aceptar esta «nueva normalidad» resulta muy difícil.

Cada vez que veo una película o una serie grabada antes del último año y medio, constato lo felices que vivíamos. Libres, ¡sin mascarillas!, ajenos al peligro que acechaba. Al menos en el primer mundo, porque otros lugares del planeta sí conocen el infierno. A diario. Cólera, Sida, Malaria, etc. Aquí nos saludábamos estrechando manos, besando mejillas (hasta cuatro besos en Francia y tres en Bélgica). Abrazábamos a nuestros amigos y familiares, nos entregábamos a extraños en una noche de fiesta. Pero ahora, ¡ay ahora!

¿Qué hacer? ¿Cómo digerir lo imposible? Hace años descubrí la plegaria de la serenidad. Quizá la conozcas o la hayas oído en dos series actuales, Dark y This is us: «Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que soy capaz de cambiar, y sabiduría para distinguir entre ambas.» La oración se ha atribuido a gente tan dispar como Epíteto, Aristóteles, Cicerón, Marco Aurelio, San Agustín, Boecio, Teresa de Calcuta, Francisco de Asís o Tomás de Aquino, pero parece ser que pertenece al teólogo y politólogo estadounidense Karl Paul Reinhold Niebuhr. Aunque ni soy religiosa ni creyente en un ser superior, debo confesar que la plegaria me ha ayudado en momentos difíciles y tenebrosos. También ahora. Como persona idealista que soy, me cuesta mucho rendirme, bajar los brazos, acallar el rugido interior que reclama lucha. Qué difícil me resulta aceptar que hay cosas que no puedo cambiar: personas que permanecen inmutables a mis consejos, a mis deseos. Situaciones injustas, dolorosas. Comportamientos deleznables, indignantes. Me resisto. Y sufro, muchísimo. Es entonces cuando recuerdo esta sabia oración y, de algún modo, me tranquilizo. No te engañaré, acostumbro a oír una vocecita en mi cabeza que se ríe y me pregunta, con total descaro, si estoy distinguiendo bien entre lo que se puede o no cambiar. ¡La muy bruja! Así que, cuando tiro la toalla, siempre dudo. Pero la tiro, convencida de que si debe ser de otro modo, la vida se encargará de hacérmelo saber.

Sé con certeza que yo sola no puedo luchar contra un virus invisible. Que no puedo usar una goma de borrar para eliminar la pandemia. Que no puedo evitar los contagios, los síntomas, las muertes. Puedo aminorarlos siendo responsable. Prudente. Pero poco más. De nada sirve gruñir al prójimo porque no hace lo que nos aconsejan que hagamos. Es inútil. Que cada uno cargue con su conciencia (si se tiene). Es momento de aceptar este mundo pandémico. De iniciar un nuevo curso intentando que el presente sea lo más satisfactorio posible. De luchar por no perder la ilusión, las ganas. Los sueños. En definitiva, de no convertirnos en muertos vivientes.

Quizá el constatar que solo existe el ahora sea algo positivo de todo este mundo patas arriba. Vivir es urgente. ¡Nos lo han dicho tantas veces! Pero no lo entendíamos. No hay nada como experimentar las cosas para comprenderlas. Este curso toca aceptar. Valorar. Ser. Y soñar con que, algún día, seremos capaces de cambiar lo que ahora no.

Te deseo un magnífico curso. ¡A por él!

Tenemos dos vidas, y la segunda empieza cuando te das cuenta de que solo tienes una. Confucio.

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Publicado en Historia real

6 comentarios

  1. Eugeni Eugeni

    Muy bonito todo lo que has escrito…solo me queda desearte para este año muchas felicidades que es lo mismo que muchas y muchos pequeños momentos con las grandes personas que te rodean…

    • Virginia Virginia

      Gracias Eugeni, te deseo lo mismo.

  2. Cristina Solana Cristina Solana

    Me parece una estupenda reflexión. Yo también concibo septiembre como un volver a empezar, el momento de nuevos propósitos.
    Aceptar lo que no se puede cambiar me parece un objetivo inteligente. Aún tengo que decidir cuál será el mio, éste, si me lo permites, me lo apunto.

    Ojalá no demorar más esa segunda vida que nos promete Confucio.

    • Virginia Virginia

      Gracias Cristina, ojalá que logres cumplir con tu objetivo. Aunque ya sabemos que lo importante es el camino.

  3. Elena Elena

    Guauuuu, esa frase también forma parte de mi….. desde que la oí, me la respiro muchas veces….
    Yo creo que la pandemia, nos ha puesto un poco en nuestro lugar, como ya dices, estamos viviendo algo parecido (nosotros aún y así lo estamos viviendo con comodidades) de lo que viven muchos paises desde hace años…. Lo que no tengo claro, es si hemos aprendido mucho, espero y deseo que si…. Que nos demos cuenta que el ma´ñana no sabemos si existe y sobre todo a respetar más… cuanto nos cuesta respetarnos y respetar al otro….
    Por un nuevo curso más en el ahora y poniendo todo nuestra autenticidad por delante, este es uno de mis objetivos 😉

    • Virginia Virginia

      Espero que sí hayamos aprendido algo, si no todo el mundo, al menos muchas personas. Adelante con tu objetivo, seguro que sumará en tu vida. Un abrazo.

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