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El poder de una gata

Los gatos siempre me habían caído mal. Los consideraba fríos, evasivos. Pero sobre todo, traicioneros. Había un motivo, claro. Cuando era pequeña, mis abuelos tenían una casa en Denia, en cuyo jardín vivían dos pastores alemanes, Laqui y Nesca. A mis cinco años, me parecían gigantescos y tenían demasiados dientes. Me escondía detrás de mi madre cada vez que los veía. Ella los acariciaba y me animaba a hacer lo mismo, pero me costó salir de mi escondite. Al final, nos hicimos buenos amigos y no había paseo en el que no me acompañaran. En la finca también había gatos que iban y venían, y con muchos crecieron juntos. Jugaban, dormían juntos. Pero un buen día, a uno se le cruzaron los cables y atacó a Laqui. Fue brutal, le arrancó los ojos. Al pobre perro hubo que sacrificarlo. Como comprenderás, desde aquel momento odié a los gatos. A muerte.

Hasta que llegó Betty, una gata gris con manchas blancas y marrones. Lo hizo de la mano de una de mis parejas, que le puso ese nombre por considerarla fea y esmirriada, como la protagonista de una serie entonces muy popular, Betty la fea. Sin comentarios. La gata apenas tenía tres meses, y ya correteaba por mi casa vaciando estantes de libros tirándolos al suelo y trepando por las cortinas. Todo bajo la atenta mirada de mi amigo peludo Barny, que intentaba en vano jugar con aquel ser saltarín e imprevisible. Yo la miraba con cierta desconfianza, y me aseguraba de que siempre tuviera las uñas bien cortadas. Eso no evitaba que, cuando me veía con pantalón largo, trepara por mis piernas convirtiéndome de pronto en tronco de árbol, o que el hocico de Barny tuviera de vez en cuando algún arañazo. Sin saber muy bien cómo, la gata se hizo un hueco en mi corazón. Incluso me la llevaba de paseo en bicicleta, subida sobre mi hombro y sujeta con arnés y correa. También al parque, donde le asustaban las palomas. Yo la miraba perpleja, ¿no se suponía que los gatos cazaban pájaros? Quizá fuera porque ella era, por aquel entonces, más pequeña que aquellas aves.

Tenía un año cuando su “dueña” y yo nos separamos. La dejó a mi cargo con el mismo desapego con el que uno se desprende de un viejo jersey o de un mueble maltrecho. Como ella y Barny se habían convertido en amigos inseparables, acepté quedármela. Al fin y al cabo, era yo quien la alimentaba y la llevaba al veterinario. Seis meses después, mi ex pareja quiso recuperarla, pero se encontró con un no rotundo. Se sentía sola, decía. No haberla abandonado, le dije. La verdad era que yo había caído rendida a aquellas cuatro patas grises con manchas blancas y almohadillas rosadas. A ese ronroneo nocturno en el sofá y en la cama. A los golpes suaves que me daba en la frente con su cabeza. A la imagen de perro y gata durmiendo juntos, entrelazados. Esa era mi familia peluda, un perro de catorce kilogramos y una gata de cuatro. Cuando él enfermó y sus patas ya no eran capaces de sujetar su cuerpo, ella se colaba por debajo y, con su lomo, le daba un único golpe en la barriga. Lo empujaba así hacia arriba y evitaba que cayera al suelo. Lo cuidó hasta el último momento, y lo echó de menos cuando partió. Nueve meses después, llegaba a casa un ser diminuto y apestoso con el que tuvo que aprender a convivir. Era Llum, un perro mayor de apenas dos kilogramos de peso. Tenía sarna y no lo podía lavar hasta que su piel se curara. Ella le evitaba y, cuando se cruzaba con él, la veía arrugar el hocico. Sus largos bigotes grises temblaban, alterados ante el fuerte olor que de él emanaba. Con el tiempo, lo aceptó. Incluso lo buscó cuando su muerte repentina nos lo arrebató. Luego llegó Trufa, un terremoto en forma de cachorro pelirrojo que la perseguía sin descanso, le mordía la cola y la lamía. ¡El sueño de todo gato! Pero también aprendieron a llevarse bien e incluso dormían juntas frente a la estufa que las calentaba en invierno.

Betty ha demostrado tener una paciencia infinita, y una capacidad de amar inmensa. Siento su presencia en mi vida como una bendición. Le debo mucho. El abandono de un prejuicio anti gatuno grabado a fuego en la infancia. También el aprendizaje del buen amar. El perro es un ser amoroso de por sí, generoso. Le chiflan las caricias y palabras cariñosas. Aunque eso no significa que acepte a cualquiera (un consejo, desconfía de aquellas personas ignoradas por los perros). En cambio, el amor de los gatos hay que ganárselo. Conseguirlo es toda una proeza. Es él quien te elige, quien decide el cuándo y el cómo. Con su prudencia, se asegura de que no le regala su amor a alguien que no lo merezca, a alguien que pueda dañarle o romperle el corazón. Gran sabiduría felina, de la que los humanos deberíamos tomar muy buena nota.

En la actualidad Betty tiene diecinueve años y medio, y no llega a los dos kilogramos de peso. Está mayor y su cuerpo se resiente. Le funcionan mal un riñón y la tiroides, y tiene un tumor maligno en el bazo. Sin embargo ahí sigue, dando y recibiendo mimo. Su veterinario opina que ha hecho un pacto con el diablo, porque es poco habitual que un gato viva tanto. Sé que es cuestión de tiempo que se reúna con los dos amigos peludos que ya partieron. Sé que tarde o temprano tendré que tomar una decisión muy dolorosa. Y es algo que me apena. Dos décadas son mucho tiempo compartido. Muchos altos y bajos acompañados. Muchas complicidades. Se acerca el final de una amistad tan improbable como inesperada.

En esta tristeza ando cuando, de pronto, mi buena amiga Paz me regala algo que me emociona de un modo tan solo explicable mediante lágrimas. Una acuarela de Betty, repleta de colores, de vida. «Para que Betty esté siempre contigo», me dice al dármela. Me quedo muda, tan impactada como estoy. La pintura capta a la perfección la esencia de su mirada. Su intensidad. Es de la artista Eva Elias Fortuny, que retrata animales con la ayuda de fotografías y de anécdotas. Por favor, ¡esta mujer hace magia! Qué manera de leerle el corazón a Betty, de interpretarla. No puedo dejar de mirar la acuarela, me tiene asombrada. Le he escrito para darle las gracias, y me dice que la pintura es un puente cristalino entre nuestras almas. Así lo siento, un lazo invisible que nos mantendrá unidas para siempre.

Gracias Eva, gracias Paz. También a ti, Betty. Por tu cariño, por tu manera de enseñarme que, para llegar lejos, hay que caminar despacio. Lo nuestro es para siempre. ¡Quién me lo iba a decir!

Una pintura es un poema sin palabras. Horacio, poeta.

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Publicado en Historia real Naturaleza

6 comentarios

  1. Mercedes Mazarico Mercedes Mazarico

    Que maravilla Virginia, yo no tengo gatos ni perros, los tuve hace muchísimo tiempo,
    Se llamaban Laika y Tuca
    Seguramente las recordarás eran dos Pomeranian, la primera murió muy joven, fue como mi sombra ,siempre pensaba que la gente que lloraba por la muerte de su mascota , estaba un poco loca, hasta que yo experimente ese proceso y es por lo que más he llorado, pase una semana terrible ,echándola de menos y recordándola en cada momento y espacio, la segunda murió atropellada , no veía bien tenía 17 años y cada vez que subíamos a la Cerdanya cruzaba la carretera para ir a ver a su amigo perruno, fue entonces que nos enteramos que cruzaba esa carretera y allí murió!!!
    Durante la pandemia me quedé dos meses con el gato de Tania y seguimos siendo grandes amigos,
    A si que está es mi historia con los animalitos!!!
    Los adoro!!!gracias por compartir ojalá los jumamos fuéramos más parecidos a ellos!!!😍😍😍

    • Virginia Virginia

      Claro que me acuerdo de tus amigas peludas, pero no sabía que Tuca había muerto atropellada, lo siento mucho. Sí, se pasa fatal cuando se marchan, es uno de los momentos más tristes que conozco. Por suerte nos dejan con infinidad de buenos recuerdos. ¡Un abrazo!

  2. Elena Elena

    Espero que Betty viva con tranquilidad el tiempo que le quede, y que cuando se vaya lo haga en paz.
    Yo nunca había tenido gato, hasta ahora. Siempre he sido muy de animales, pero me daba palo complicarme con los cuidados de un animal, ya que cuando los he tenido me entrego a tope…. Milú llegó a casa, por la gran insistencia de Joan, él adora los gatos, y al final cedí 😉… Yo también pensaba que los gatos eran ariscos y poco cariñosos… ostras.. que equivocada estaba, los gatos son honestos y auténticos… se acercan si ven que les vas a respetar, es más ellos cuando se acercan a ti, lo hacen sigilosos y poco a poco, rara vez te invaden, a no ser que quieran jugar…. Y esperan lo mismo de los humanos…. Eso me ha cautivado de ellos y también lo muy divertidos que son… Milú me ha llenado de alegría y risas y de aprender a respetar y no a creer que tengo derecho a hacer con él lo que quiera. Y como me relaciono más con gente que tiene gatos, veo que no es algo único, que todos más o menos pensamos igual….
    Te mando un fuerte abrazo y otro a Bety, que seguro ha sido muy feliz quedándose contigo 😉
    Ahh la acuarela una pasada, transmite tanta paz.

    • Virginia Virginia

      Gracias por tu comentario, Elena. Veo que también has caído en las redes de un felino. Bienvenida al mundo gatuno/animal, nos hacen mejores personas, sin duda. Otro abrazo fuerte para ti.

  3. M Dolores ñ M Dolores ñ

    Muchas gracias Virginia por ese texto lleno de amor y por reflejar tan bien el carácter felino que tanto nos engancha. Betty ha tenido una vida plena y amorosa, ha estado cuidada y mimada…
    Yo de mayor quiero ser Betty, Brownie, Zara, Romeo y todos los Mikis que me han enseñado tanto a llo largo de mi vida , que. Desde los 6 años ha estado rodeada de gatos con ese poder mágico que nos embarga. La acuarela es espectacular.

    • Virginia Virginia

      Gracias, Maria Dolores.Qué vida más maravillosa, repleta de diablillos gatunos. Un abrazo.

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