Saltar al contenido →

El aplauso sentido

Durante mis vacaciones de verano quise ver la puesta de sol de Sant Antoni de Portmany, en Ibiza. La zona es famosa por sus atardeceres, hasta el punto de que está señalizada en distintas carreteras con carteles naranjas, en los que se lee «puesta de sol» en cuatro idiomas distintos. Como era de esperar, había muchas personas congregadas allí para observar aquel acontecimiento. Sin embargo, el sol quedó oculto detrás de unas nubes que se extendían como un manto blanco sobre el horizonte. ¡Qué inoportunas! Hubo cierta decepción y miradas desconcertadas. Si bien todo parecía indicar que el espectáculo había finalizado, no fue así. La bola de fuego regresó al cabo de unos minutos, convertida en una esfera naranjo rojiza que pareció incendiar las olas. Su reaparición fue tan inesperada y tan hermosa que resultaba imposible no mirar. Se hizo el silencio mientras desaparecía, como si se sumergiera en el mar. Al instante, un largo aplauso colectivo. Se me humedecieron los ojos.

El aplauso es una expresión social de aprobación de la que se tiene constancia desde la Antigüedad. Aplaudimos para demostrar admiración, reconocimiento. También, agradecimiento, como sucede tras un vuelo repleto de turbulencias que recuerdan que todo puede acabar en un instante. ¡Menudo alivio cuando las ruedas por fin tocan la pista! En ocasiones, el aplauso es tan intenso y tan prolongado en el tiempo, que las palmas de las manos acaban enrojecidas e hinchadas. También se pisotea el suelo y se golpea con las manos cualquier superficie. Todo vale con tal de hacer ruido y mostrar así nuestro reconocimiento.

Aplaudir no siempre ha sido una reacción espontánea. En el siglo XVIII se puso de moda el «claque», un grupo de personas contratadas para aplaudir en las salas de teatro y ópera. La fórmula tuvo tanto éxito, que se extendió por Europa y llegó a América en el siglo XIX. La cosa estaba de lo más organizada: había un jefe de aplauso, que era quien lo iniciaba; comisarios, que se aprendían la obra de memoria para hallar los puntos clave en los que aplaudir; reidores, que se carcajeaban de las bromas; lloronas, que fingían lágrimas; «cosquilleadores», que mantenían al público contento; y «biseros», que aplaudían con fuerza al finalizar la obra y gritaban «¡Bis, bis!». Con el paso del tiempo, el claque fue perdiendo fuelle, aunque ha mantenido su esencia en radio y televisión, donde a menudo hay risas y aplausos grabados con anterioridad. Los usaban en Friends. Con la llegada de la tecnología y de las pantallas digitales, se considera que los likes equivalen a aplausos. Incluso hay distintos emoticonos para manifestar aprobación.

Aunque nada es comparable a la energía que transmite un aplauso colectivo. Espontáneo. Sincero. Sentido. Y si la gente encima se levanta de su silla, impulsada por la necesidad de demostrar admiración, es lo más. He tenido la suerte de vivirlo en varias ocasiones. Recientemente, en el concierto que Vanesa Martin dio en el Festival de Pedralbes, con motivo de su gira Sie7e veces sí, en el que, además de chocar las palmas de las manos, el público hizo temblar el suelo, hasta el punto de hacer enmudecer de emoción a la cantautora; también, al finalizar el espectáculo Nada es imposible, del Mago Pop, con un público embelesado y convencido de que jamás hay que dejar de soñar. Y, hace unos años, con la obra de teatro El Rei Borni / El Rey Tuerto, en la que la actriz Betsy Túrnez demostró ser una maestra de las tablas al dotar de tremenda carga emocional a su personaje. La gente levantada, aplaudiendo con los ojos iluminados y humedecidos, y, en el escenario, la certeza de que se está viviendo un momento único, de los que se atesoran para cuando lleguen malos tiempos. Como los vividos con la pandemia, que tantas funciones teatrales, conciertos y espectáculos ha obligado a cancelar. ¡Pero ha habido algo bueno! Ahora aplaudimos con más ganas, con más conciencia de la excepcionalidad del momento. Es el momento del aplauso sentido.

No hay duda, vivirlo es una experiencia única en la que no existen ni el yo, ni el tú, ni el él o el ella. Solo el nosotros y el ahora. Y cuando el objeto del aplauso es la Naturaleza, la experiencia es sublime. Es un homenaje a nuestro hermoso planeta, tan maltratado por muchos, tan defendido por tantos. Cada día se juntan miles de personas en múltiples rincones de la Tierra para despedir o recibir el día. Coinciden en el tiempo y el espacio, y comparten algo que no tendrá repetición posible. Se miran a los ojos, emocionadas, unidas por hilos invisibles que las han llevado hasta allí para compartir aquel preciso instante. Lejos de pantallas, de Internet. Conectadas a la vida.

Regálate momentos dignos de aplauso. Sonreirás.

Es casi imposible observar un atardecer y no soñar. Bernard Williams, filósofo.

Print Friendly, PDF & Email

Publicado en Historia real Naturaleza

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *