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Una mano tendida

En mi barrio, hay una señora que siempre pregunta qué hora es. Lo hace desde un balcón de un cuarto piso que asoma a una calle peatonal. Es una mujer de constitución delgada, melena blanca y cara arrugada, que de pronto ve a alguien pasar y le grita para llamar su atención. Siempre se dirige a quien puede distinguir del resto: la mujer del carro, el hombre del bastón, el niño de la pelota, la niña de las coletas. Yo soy «la del perrito».

La primera vez que me crucé con ella no sabía de dónde provenía la voz, y tampoco pensé que se estuviera dirigiendo a mí. Hasta que me di cuenta de que no había nadie más con un perro. Levanté la cabeza y la vi allá arriba, saludándome con la mano. ¡Me pareció tan surrealista! ¿Acaso no tenía ningún reloj en su casa? Le dije la hora elevando un poco la voz, pero no me entendió. Grité un poco más, y tampoco sirvió de mucho. Al final, usé los dedos de las manos, y entonces sí, me sonrió abiertamente y me dio las gracias. Poco después, la oí preguntar de nuevo. Por lo visto, lo hace varias veces al día. La gente no se sorprende, están acostumbrados a esa anciana que pregunta la hora. Le responden siempre, a veces sin ni siquiera mirar el reloj. Para qué, si al cabo de un rato volverá a preguntar. Lo que importa es contestarle. Verla.

Hay algo emocionante en esta historia, y es el hecho de que nadie se mete con ella. Podría suceder, porque es habitual que la gente vulnerable se convierta en objeto de burla, pero esta señora cuenta con el respeto de vecinos y transeúntes, la conozcan o no. Algunos se sorprenden, como me sucedió a mí la primera vez, pero aun así se paran, miran qué hora es y se la dicen. Luego, retoman la marcha mientras ella sonríe desde su balcón. Este hecho, que podría quedar en una simple anécdota, es una prueba de que en una sociedad individualista y egoísta como la nuestra, el altruísmo todavía existe. También, la solidaridad.

Hay más ejemplos. Cuando camino por senderos de montaña, siempre llega algún momento de duda. De no saber por dónde continuar. De pronto, en medio de la nada, un montón de piedras se erige hacia el cielo. No se trata de la nefasta moda de apilar piedras, que tan peligrosa resulta para la fauna y flora del lugar. Al desplazarlas, se destroza el hogar de las especies que allí habitan y se causa un daño irreparable al ecosistema. Por más tentador que resulte dejar nuestra huella en el paisaje e inmortalizarla con una fotografía, esto debe evitarse, ¡siempre! En este artículo se explica muy bien el por qué. No, nada de piedras apiladas. Me refiero a un único montón que alguien se ha tomado la molestia de dejar allí a modo de señal. ¡En un perfecto equilibrio! Indica la ruta a seguir para que el caminante que llegue después no se pierda. No lo conoce, no verá su cara de alivio. Pero le tiende una mano. ¿No es maravilloso? Otra muestra de altruismo.

Un ejemplo que estamos viendo a diario: la ola de solidaridad con los habitantes de la isla de La Palma. ¡Están viviendo un auténtico drama! Algunos han tenido que salir corriendo de sus casas, sin tener tiempo de recoger nada. Otros, han dispuesto de quince minutos para decidir qué llevarse y qué no. ¿Cómo se recoge una vida en tan sólo un cuarto de hora? Ante este espanto, particulares, empresas e instituciones se están volcando para ayudarles, para intentar hacerles menos dolorosa la pérdida de todas, o casi todas, sus pertenencias. Es cierto, han salvado el bien más preciado: la vida. Sin embargo, ¿qué seríamos sin las cosas que nos acompañan en el trayecto? Sin las fotografías de nuestros seres queridos, las cartas que nos intercambiamos en su día con el amor de nuestra vida, y así un largo etcétera. Esto se refleja muy bien en la serie This is us: ante un incendio devastador, el padre de familia arriesga su vida para rescatar las cosas con mayor valor sentimental, ¡y al perro!

A veces la vida cuesta. Nos sentimos solos, desorientados, abandonados. Por fortuna, existe gente dispuesta a ayudar. Unas veces conocida, otras anónima. Y seguramente tú, en algún momento, habrás sido la mano a la que alguien se necesitaba agarrar. Aunque solo haya sido para decir qué hora era.

Haz lo que puedas, con lo que tengas, donde estés. Theodore Roosevelt

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Publicado en Historia real Naturaleza

2 comentarios

  1. Gloria Gloria

    Cada día me emocionas con tus textos. Tus palabras son como una mano tendida para recordarme que estás ahí, sigues poniendo tu mirada bonita en las cosas de la vida, reivindicando la solidaridad, la vida sencilla, la alegría y el valor de las pequeñas cosas, que, al final, son las más importantes. Escribir y compartir estos textos también es un ejemplo de altruismo, de alguien que, sin esperar nada a cambio, nos invita a contemplar un mundo (bello) que también existe. Qué placer leerte. Qué orgullo tenerte como amiga.

    • Virginia Virginia

      Ay Gloria, qué te digo. Gracias, Amiga. Un abrazo apretado.

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