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Una infancia entre ladrillos de colores

Mi primer juguete de Lego fue esta casa. Recuerdo todavía la emoción que sentí al montarla; al ver cómo, pieza tras pieza, iba cobrando forma. Me encantaba pasear a los muñecos por las distintas estancias; abrir y cerrar ventanas y porticones. Deseaba vivir bajo ese tejado rojo. Soñaba con tener un jardín con césped y flores; un buzón repleto de cartas de mi gente querida. Ay, las cartas, qué maravillosa forma de comunicación. Depositábamos nuestras esperanzas en manos desconocidas que las recogían, las clasificaban, las transportaban y las depositaban en un buzón.

Me chiflaba esta casa. Tanto, que ha sobrevivido a todas mis mudanzas. ¡Han sido unas cuantas! Inevitablemente, algunas piezas se han extraviado: un coche, un árbol. Se han añadido otras: un conejo, una vaca. Supongo que ya por aquel entonces se adivinaba mi amor por los animales, aunque no consigo entender por qué no hay un ni un perro ni un gato. ¡Con lo que me gustan! Solo una pieza ha sido cambiada. A conciencia. En el modelo original, la pareja que residía en la casa la conformaban un hombre y una mujer. Es comprensible porque, a principios de los años ochenta, era lo que se estilaba. Era lo «normal». Ya de adulta, la adapté a mi realidad: dos mujeres. ¿Cómo si no iba a ser mi casa ideal?

Con el tiempo, a la casa se añadieron un aeropuerto, un castillo, un parque de bomberos, una comisaría, una estación espacial y una gasolinera. También, cajas de piezas con las que construía poleas, vehículos y mundos soñados. Sin duda alguna, Lego fue el juguete de mi infancia. ¡Pero! Siempre hay uno, ¿verdad? En la actualidad, me es imposible no subrayar su gran defecto: el material con el que están hechas las piezas. Las primeras eran de madera, pero la irrupción del plástico supuso una auténtica revolución. Era ligero y conservaba mejor la forma y el color. ¿Quién no habría apostado por él? Hoy en día es inevitable pensar en nuestros mares y océanos; en todos los seres vivos que, en alguna ocasión, habrán ingerido por error un ladrillo de color. Ojalá la empresa encuentre el modo de utilizar materiales biodegradables. Ante la creciente conciencia medioambiental, ¡seguro que es cuestión de tiempo!

Lego despierta la imaginación. ¡Es su mejor cualidad! A las distintas variantes que proponen las instrucciones de montaje, se añaden las propias ocurrencias. Y eso es algo maravilloso porque permite barajar distintas opciones, descubrir la diversidad; el equilibrio; el encaje. Es comprensible que se haya convertido en el juego de ladrillos de colores más famoso del mundo. También, que me haya emocionado la inauguración de una tienda oficial en mi ciudad natal, Barcelona. Tiene unas características concretas que permiten experimentar al visitante con creaciones únicas. Es la primera en Europa de este tipo y ¡la tercera en el mundo! Su decoración es hermosa, con Gaudí como principal protagonista, al que se rinde homenaje con la reproducción de dos de sus obras maestras: la Sagrada Familia y el Park Güell. Pero lo que más me fascina es el árbol del conocimiento que se ve solo entrar en la tienda. Además de ser llamativo y colorido, representa el crecimiento y creatividad de la ciudad. Lo forman 889.000 piezas y, para construirlo, han sido necesarias 1.900 horas. ¡Casi nada! Si tienes ocasión, visítala. Te sorprenderá.

En castellano, la palabra «lego/a» sirve para definir a una persona que carece de experiencia o conocimientos en una determinada materia. Cuando nos entretenemos con el juguete que lleva el mismo nombre, nos convertimos en arquitectos, constructores, decoradores. También, y, sobre todo, en grandes soñadores. Se tiende a pensar que los sueños pertenecen a la infancia y adolescencia. Lego demuestra que esto es falso. Hay juguetes para todas las edades; para principiantes; para expertos. ¿Has visto su última incorporación al catálogo? ¡El Titanic! Está formado por más de nueve mil piezas y vale más de seiscientos euros. Lego ha resucitado al transatlántico más lujoso de su época para que podamos llevarlo a buen puerto. Cambiar ese trágico final tan bien reflejado en una de las películas más famosas de la historia del cine. Aunque sea solo en nuestra imaginación, ¡Rose y Jack envejecen juntos!

Hace un tiempo, y frente al incivismo, escribí La imaginación como antídoto. Hoy subrayo también la importancia de la imaginación para diseñar la vida que queremos vivir; para proyectarnos en el futuro y encontrar el modo de ser quienes queremos ser, no quienes los demás quieren que seamos. Es importante rescatarla; desarrollarla; trabajarla. Los ladrillos de colores son un gran aliado para este propósito. Déjate tentar y juega. ¡Sueña!

La imaginación no tiene edad y los sueños son eternos. Walt Disney.

Foto: juguete Legoland 6374 (1983)

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Publicado en Historia real

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