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Un lugar con gente

No recuerdo cuándo aprendí a atarme los cordones de los zapatos. Tampoco recuerdo cuándo sentí miedo por primera vez. De otras cosas, en cambio, me acuerdo con una claridad pasmosa. Han quedado grabadas en mi memoria sin que el paso del tiempo les haga sombra. Recuerdo, por ejemplo, un día de enero de 1987. Tenía once años y me subí a un avión con mi madre y una mochila con forma de oso panda. Si bien no era mi primer vuelo, sí fue el primero en el que lloré. Sabía que tardaría en regresar a Barcelona; en volver a ver a mis amigas de la escuela. Todo iba a cambiar para siempre.

La ciudad se fue haciendo pequeña ante mis ojos y, tras dos horas de viaje, aterrizamos en Bruselas, mi nuevo hogar. Me mudé a otro paisaje; otro clima; otras lenguas; otra cultura. Y no fue fácil. Nada fácil. Sin Internet y con el precio de las conferencias internacionales por las nubes, solo podía comunicarme con mi gente vía carta manuscrita. Para colmo, en aquel país hacía un frío espantoso. De hecho, aquel invierno fue de los más duros que se recuerdan. Vivir en Bélgica me pareció una condena. Tuve que esperar a ser una adulta para comprender la suerte que había tenido al poder vivir una experiencia única; privilegiada.

Tras siete años de clima belga y ríos de tinta, decidí regresar a Barcelona, al que creía era mi mundo. Pronto comprendí que la ciudad mediterránea que yo recordaba e idealizaba se había esfumado; solo existía en mi memoria. Con las olimpiadas de 1992, Barcelona había cambiado mucho y me costó sobremanera acostumbrarme a las nuevas carreteras, los grandes almacenes, los nuevos canales de televisión. Mi gente tampoco era la misma. Para acabarlo de rematar, en la universidad no encajaba en ninguna de las etiquetas con las que se clasificaba al alumnado. Ni pueblerina ni pija ni becada ni hermana de nadie. Parecía que viniera de otro planeta. En cierto modo, así era.

Han pasado treinta años desde aquel regreso y todavía no he conseguido sentirme una barcelonesa pura. Me gusta definirme como medio belga cuando, en realidad, de belga tengo lo mismo que de marciana. Encima, cuando regreso a Bruselas, guiada por la nostalgia, por la búsqueda del rastro de la persona que fui, de la gente con la que crecí, también me siento una extraña. Entre avión y avión, en algún lugar del cielo, perdí mi sentimiento de pertenencia geográfica.

Escribo esto tras una breve escapada a la capital belga tras casi una década sin visitarla, y lo hago con el corazón encogido. Mi Bruselas ya no existe. O, mejor dicho, solo existe en mi memoria. Aun así, es bonito recuperar recuerdos, sentir que el transcurrir del tiempo no me los ha arrebatado, como tampoco me ha privado del placer del chocolate belga, esa droga permitida que es antidepresiva. También, afrodisíaca.

Hablo de Barcelona y de Bruselas cuando, en realidad, he vivido en más ciudades: Madrid, Guatemala, Montevideo y, desde hace cuatro años, Santa Coloma de Gramenet y Badalona. ¿Cuál de ellas es la mía? Todas. Ninguna. Con el tiempo, he aprendido algo: en realidad, no pertenecemos a un lugar concreto, sino a las personas con las que lo compartimos; con las que lo vivimos. Por más que volvamos a transitar unas calles, por más que visitemos nuestros rincones preferidos, no es lo mismo sin nuestra gente. Es como contemplar un escenario vacío de vida, como mirar sin poder tocar. Bruselas sin mi madre, duele. Sin la que fue mi gente del colegio o de las prácticas, también.

El mundo es una sucesión de ciudades, pueblos, países, continentes, mares y océanos. Qué más da el lugar de origen, en realidad. Tampoco importan los lugares de residencia, del periodo vacacional. Lo importante es vivir rodeados de gente querida y querible; de risas, confesiones, lágrimas y abrazos. Personas que hacen del presente un lugar habitable. Mi gente. No imagino un lugar mejor.

«Cualquier lugar es mi casa si eres tú quien abre la puerta». Elvira Sastre

Foto: Ayuntamiento de Bruselas, Grande Place.

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Publicado en Historia real

2 comentarios

  1. Tita Tita

    Nunca he experimentado lo q cuentas,PERO te doy las gracias por hacerme ver q sin TU GENTE,aquella q viviste una sublime EXPERIENCIA, en Aquella Ciudad…..JAMAS volverá a ser la misma.
    UN ABRAZO

  2. Virginia Virginia

    Otro abrazo para ti, Tita.

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