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No un retrato cualquiera

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Las paredes de los museos de pintura están llenas de retratos. Cuando el cuadro es muy famoso reconocemos al instante al representado pero, la mayoría de las veces, tenemos que recurrir al letrero explicativo que lo acompaña para saber de quién se trata. Retratar ha gustado siempre. Tanto, que en Londres incluso existe un museo dedicado a esta técnica, la National Portrait Gallery. ¡Posee más de 215.000 obras! El autorretrato también tiene su qué. Algunos artistas se retrataron hasta la saciedad: Frida Kahlo, Rembrandt, Rubens y Van Gogh, entre otros. Incluso existen retratos en grupo, como Las meninas, de Velázquez. Parece que nuestra obsesión actual por los selfis no es nada novedosa. Solo ha habido un cambio de técnica.

Supongo que la fascinación que despiertan los retratos se origina en la necesidad de recordar el rostro de personas importantes. Hubo un tiempo en el que la fotografía no existía y la única manera de obtener una imagen eran el dibujo, la pintura o la escultura. Imagino los nervios del pintor encargado de retratar a algún miembro de la realeza. Si no gustaba el resultado, ¿le cortaban la cabeza? Por fortuna, no ha sido el caso de la artista barcelonesa Miriam Escofet, a quien le encomendaron pintar a la reina Isabel II en una escena íntima, sin la corona ni la vestimenta real. Tenía que plasmarla «como la abuela de la nación». El resultado gustó.

Al retrato le queda cuerda para rato. ¿Qué ciudad europea no cuenta con retratistas en sus calles? Sea una pintura realista o caricaturesca, esté hecha con mayor o menor destreza, gusta verse en una tela; reconocerse; soñar, aunque sea por un instante, con la inmortalidad. Y qué me dices del retrato de un ser querido, ese recordatorio de que, pase lo que pase, algo de él quedará contigo.

En El poder de una gata te hablé de un maravilloso regalo que me hizo una amiga querida: el retrato de Betty, una gata que entró en mi vida hace más de veinte años y que, contra todo pronóstico, sigue en ella. No hay día en el que no me emocione ver el cuadro desde el que me mira. Para mi sorpresa, la vida ha querido que a su retrato se añada otro: el de Trufa. En realidad, otros.

Trufa es la perrita con la que convivo desde hace casi siete años y la quiero con locura. Es divertida, leal, inteligente, sensible, mimosa. En definitiva, es un ser muy querible. Mientras escribo este texto, está durmiendo en mi falda porque hace tiempo que dejó de utilizar la cama que hay en el suelo. Ventajas de ser adorable, pequeña y ligera. Duerme tan profundamente, que solo me acuerdo de que está ahí cuando ronca. Mi gente sabe que Trufa es una más de la familia. Hay quien afirma que nos parecemos, aunque te prometo que el eructar sin disimulo después de cada comida no lo ha aprendido de mí.

Me conmueve que la gente comprenda el peso de esta peluda en mi vida. La invitan a su casa, preguntan por ella, le mandan recuerdos, sienten empatía en tiempos de verbenas por su pánico a los petardos e, incluso, la acarician a pesar de que su pelo les provoque alergia. Trufa enamora. Tanto, que es imposible pasear con ella sin que alguien la salude. Ante este panorama, regalarme un retrato suyo es un beso directo al corazón; una muestra de cariño de proporciones incalculables. Imagínate mi sorpresa cuando, de pronto, recibo dos.

El primer retrato me lo regaló hace unas semanas Carmen, una persona maravillosa entre cuyas múltiples cualidades se encuentra la de ser la madre de una de las personas a las que más quiero en esta vida, Bego. Carmen tiene una amiga que pinta retratos de animales no humanos en bolsas de tela, Ana Carril. Le encargó uno de Trufa y el resultado fue asombroso. Cuando lo vi, sentí dos cosas: emoción y rebeldía. Emoción porque era imposible no sentirla y, rebeldía, porque de ningún modo quería usar la bolsa de tela. ¡Rotundamente no! La pintura no se estropeará, me dijo Carmen para convencerme de que no me preocupara. No lo consiguió. Mi cabeza había tomado una decisión irreversible: esa obra de arte que me humedecía los ojos con tan solo mirarla debía convertirse en un cuadro. ¡Dicho y hecho! Ana, tu pintura merece el cuidado y la importancia que tú le has dado a la hora de pintarla. Me quedo corta dándote las gracias.

El segundo retrato lo he recibido esta semana de Lourdes, una amiga con quien comparto el amor por los peludos. A partir de una fotografía extraída de mis redes sociales, ha pintado un cuadro en el que comparto protagonismo con Trufa. Por si esto no fuera lo suficientemente emotivo, lo ha hecho soportando el dolor de una lumbalgia que la ha encerrado en casa un mes. Hala, Virginia otra vez emocionada, con las manos temblorosas y el corazón abrazado.

Tras los retratos, un mismo sentimiento: amor. Frente a ellos, agradecimiento. Puro, intenso, emotivo. Cuando mis dos amigas peludas levanten las alas para marcharse a otro mundo, observaré los retratos y, a pesar de las lágrimas y del punzante dolor, sentiré su calidez. Algún día, que espero muy lejano, se convertirán en cuadros cuyo significado y alcance nadie comprenderá. Necesitarán un letrero explicativo que indique que esa tela enmarcada representa a alguien que significó mucho y cuya conversión en cuadro no fue otra cosa que una muestra de amor. Del de verdad. Gracias, de corazón.

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Publicado en Historia real

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