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Más que un simple bulbo

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Es tiempo de setas, castañas y madroños. El otoño también es el momento apropiado para sembrar tulipanes, si te gustan y quieres verlos florecer en primavera. A mí me encantan y, como buena amante de la jardinería que soy, no resisto la tentación de plantarlos en mis macetas. En esta época del año, busco bulbos de tulipán en centros de jardinería como quien busca pepitas de oro en una mina. Los quiero sanos, prometedores de bellas flores. Me gustan tanto, que creo que lloraré de emoción el día que visite los famosos campos de tulipanes holandeses.

Cuando cojo un bulbo y lo inspecciono en busca de enfermedades o parásitos, suelo acordarme de mi querida Audrey Hepburn. No sé si lo sabes pero, cuando era pequeña, tuvo que alimentarse a base de bulbos. Fue durante «el invierno del hambre», entre noviembre de 1944 y mayo de 1945, cuando Holanda estaba ocupada por el ejército alemán. Los alimentos escaseaban y se calcula que fallecieron unas dieciocho mil personas. Otras tantas, como Audrey, arrastraron secuelas de desnutrición de por vida. En homenaje a su loable carrera cinematográfica y a su admirable labor humanitaria como embajadora de Unicef, una variedad de tulipán lleva su nombre. ¡Es tan elegante como ella!

Admiro y aplaudo a quienes utilizan su popularidad para hacer el bien, para remar a favor de un mundo mejor. En agosto se cumplieron veinticinco años de la trágica muerte de Lady Di, culpa de la ambición desmedida de la prensa amarilla. Este triste acontecimiento impidió que, la que fuera una importante activista contra las minas antipersona, pudiera ver su mayor logro: la aprobación del Tratado de Ottawa, que supone la prohibición del empleo, almacenamiento, producción y transferencia de estas armas y obliga a su destrucción.

Las minas antipersona, al igual que las demás minas terrestres, violan numerosos principios del Derecho Internacional Humanitario, como la prohibición de causar sufrimiento superfluo e innecesario, o de utilizar armas que no discriminen entre civiles y militares. Erradicar este tipo de artilugios mortíferos es uno de los desafíos más grandes a los que se enfrenta la humanidad porque, por desgracia, muchas quedan escondidas y permanecen activas durante años; incluso décadas. Es indignante que algunos países las sigan utilizando, como lo está haciendo Rusia en Ucrania.

Desde hace unas semanas, una parte de la población ucraniana está regresando a su casa, después de que su ejército haya recuperado el territorio. La desolación es máxima cuando, a la imagen de pueblos y ciudades devastados por la guerra, repletos de cadáveres, de basura y de metralla, se añade un terreno sembrado de minas. Regalo de despedida del país invasor. Hasta la fecha, se han desactivado más de diez mil y faltan muchas más por descubrir. Mientras tanto, la gente camina temerosa, a sabiendas de que su antiguo hogar se ha convertido en un infierno.

La crueldad de la que es capaz el ser humano me sigue sorprendiendo. No consigo comprender que pueda crear belleza, mediante la música, la pintura, la literatura, la fotografía, el cine, la jardinería, etc., y, al mismo tiempo, pueda sembrar cantidades ingentes de terror y odio. Los siglos se suceden sin que el ser humano se libere de esta dualidad. Los viejos rencores se transmiten de generación en generación, la fuerza se impone al diálogo, y el resultado es un mundo que vive en un conflicto perpetuo. Por fortuna, hay personas comprometidas con un mundo mejor, distinto, respetuoso, empático. Audrey, Diana y más, muchas más. Son personas buenas, de las que suman.

Rosa Montero cuenta, en su reciente columna Otra vez hablando de bondad, que es necesario potenciar la bondad. Frente a una negrura creciente, protagonizada por el auge de partidos de ultraderecha y por salvajes intereses económicos, «necesitamos reivindicar la bondad, tenemos que seguir luchando en las trincheras de la esperanza.» No es fácil. Lo sé. Pero debemos intentarlo. Debemos abrazar la creencia de que el cambio es posible, porque lo es. ¿Cuántos logros parecían inalcanzables hasta que dejaron de serlo?

Plantar tulipanes te puede parecer un acto trivial, pero estoy convencida de que no lo es. Te conecta con la naturaleza, te recuerda que la vida siempre se abre camino y te arranca sonrisas en primavera. ¿A quién no le emociona ver una hermosa flor? Si encima propagas tu sonrisa a tu entorno, ¡triunfas! De esta manera, un bulbo de tulipán es mucho más que un simple bulbo. Nos recuerda, año tras año, que la vida es cíclica, que nada dura eternamente. Tampoco la maldad. Mientras haya esperanza, habrá la posibilidad de otro mundo. ¿A qué esperas? ¡Planta bulbos de tulipán!

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Publicado en Guerras Historia real Mujeres Naturaleza

Un comentario

  1. Pilar Pilar

    Voy a buscar bulbos y los plantaré! Gracias Virginia por tu sembrar la bondad con tus palabras!

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