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Pesadilla en la escalera

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El otro día, cuando me dirigía al supermercado con el carro de la compra, se deslizó ante mí un cubo atado a una cuerda. Me detuve y vi a un basurero que extraía del interior una bolsa que lanzó a su pequeño camión. Desde un balcón situado dos pisos sobre nuestras cabezas, un señor arrugado y sin dientes le dio las gracias y, después, tiró de la cuerda para subir el cubo. Qué idea más ingeniosa, pensé, así no tiene que bajar a la calle. Y qué amable el basurero, le evita al anciano vivir una pesadilla en la escalera.

En pleno siglo XXI, parece increíble que haya gente que no pueda bajar a la calle porque vive en un edificio sin ascensor. Hubo un tiempo en el que urgía construir, ofrecer un lugar donde vivir a la gente que emigraba del campo a la ciudad en busca de trabajo. Se levantaron edificios donde antes había casas o campos de cultivo. En la mayoría de los casos, no se puso un ascensor. Para ahorrar costes, por pereza, qué sé yo. En la ciudad de Barcelona, esta carencia afecta a un tercio de la población.

Por desgracia, el tiempo pasa, el cuerpo envejece y llega un día en el que subir o bajar una simple escalera se convierte en el mayor de los desafíos para unas piernas cansadas y anquilosadas. Si no ha existido la posibilidad de mudarse a un lugar más cómodo y moderno, bajar a la calle se convierte en un quebradero de cabeza y, en el peor de los casos, en una quimera. Es entonces cuando la ayuda de terceras personas se convierte en un regalo de valor incalculable.

Yo viví un año en un segundo piso al que solo podía llegar por una estrecha y mal iluminada escalera. Un día tropecé y me torcí el pie. Me lo inmovilizaron y tuve que aprender a moverme con muletas. Todavía recuerdo lo complicado que me resultaba subir y bajar, elegir entre agarrarme a la barandilla o a la muleta. El día que me tocaba llenar la nevera, metía la compra en una mochila que cargaba a mi espalda y llegaba a casa sin aliento. Hasta que me crucé con un vecino que trabajaba desde casa y que se ofreció a ayudarme. Durante las tres semanas que tuve el pie vendado, fue él quien cargó el peso de mis bolsas. No le olvido.

Debo ser algo masoquista porque, después, me mudé a un cuarto sin ascensor. Ochenta y ocho escalones que subía y bajaba cinco veces al día. Ventajas de vivir con un amigo peludo que no perdonaba ninguna de sus salidas. Eso sí, ¡nunca he estado en tan buena forma! Cuando se reparó la fachada del edificio, los obreros colgaron un capazo de la barandilla interior del último piso, el mío. Mediante una polea, subían sacos de cemento, herramientas, cubos de pintura, y todo cuando pudieran necesitar para limpiarle la cara al edificio. Si me veían cargada con alguna bolsa, intercambiaban algunos gritos y el capazo aterrizaba junto a mis pies. Yo depositaba en él mi compra y sonreía, agradecida por su bondad. Para cuando subía los ochenta y ocho escalones, la bolsa me esperaba frente a mi puerta.

Las colaboraciones no son exclusivas del ser humano. En la naturaleza existe lo que se denomina «mutualismo», y que consiste en una asociación de dos o más individuos de especies diferentes que les beneficia. En la polinización, insectos y pájaros degustan un néctar exquisito y, a cambio, esparcen el polen de flor en flor. Otro ejemplo de mutualismo es una de las alianzas más temidas por cualquier amante de la jardinería, la de las hormigas y el pulgón. Ellas lo transportan y depositan en las plantas para que se alimente de su savia. A cambio, el diminuto parásito segrega una sustancia dulzona que es una auténtica delicia para sus aliadas. Y qué me dices de esos pájaros que, a cambio de obtener cobijo y protección de grandes mamíferos, les liberan de molestias como piojos, garrapatas o chinches. ¡Un auténtico chollo! Existen múltiples ejemplos de ayuda mutua entre animales no humanos.

Hay quien cree que en la lucha por la supervivencia todo está permitido, incluso eliminar al adversario y a todos los de su grupo. Los genocidas lo saben bien. Los fascistas, también. Por fortuna, la naturaleza está repleta de ejemplos de colaboración que desmienten la necesidad de aplastar al otro para conseguir lo que se quiere. La vida nos muestra que es posible un juego en el que todos los jugadores ganan. ¡Nuestra clase política debería tomar buena nota de ello! En algunos casos, incluso se da una colaboración totalmente desinteresada, como la del basurero, la de mi vecino o la de los obreros. Como la de tanta gente que siempre tiene la mano tendida. Ayudar por ayudar. Nada más. Nada menos. Gracias a quienes convertís el mundo en un lugar más amable. Habitable. Alegre.

Foto: Pexels / Pixabay

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Publicado en Compromiso Historia real Naturaleza

4 comentarios

  1. Lali Lali

    Pues si menos mal q hay gente distinta . Yo lo acabo de sufrir dos meses sin poder salir menos mal q tenía visitas

    • Virginia Virginia

      Menos mal, sí. Un abrazo.

  2. Gloria Gloria

    Querida Virginia:

    Qué delicia leer de vez en cuando tus escritos, tus reflexiones. Que los escribas, publiques y envíes de forma desinteresada te convierte en una de esas personas que hacen a los demás la vida más amable y nos hace poner el foco en situaciones o personajes cotidianos que, sin tu mirada, nos pasarían desapercibidos.

    Dedicar un ratito a leerte con tranquilidad me permite un momento de sosiego y es una invitación a mirar a través de una ventanita donde siempre encuentro algo que me conmueve, me hace sonreír, me provoca ternura, me da risa, me recuerda otros mundos y otras vidas, y que somos una gota en el océano pero a la vez ocupamos un lugar único en el mundo.

    Gracias por todo, amiga.

    • Virginia Virginia

      Gracias a ti por leerme, por tu cariño incondicional.

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