Saltar al contenido →

No un cepillo cualquiera

Una amiga me contaba el otro día que, mientras le realizaba una limpieza bucodental a un paciente, encontró un trozo de jamón enganchado entre dos dientes. Le preguntó si lo había comido el día anterior y él le respondió: «no, ayer no». Por desgracia, me contó, no era la primera vez que hallaba restos de comida atrapados hacía días, con su consiguiente mal olor.

Cepillarse los dientes es importante por cuestiones de higiene bucodental y aliento. Pero ¡es una lata! Encima, los expertos recomiendan un mínimo de dos cepillados al día de no menos de dos minutos de duración. Y siempre antes de ir a dormir. Pero vamos a ver, que yo, cuando me caigo de sueño, ¡lo que quiero es abrazar a Morfeo!

A ver, que no tengo derecho a quejarme, porque yo utilizo un cepillo de dientes eléctrico. Me lo recomendó mi dentista, y le estoy muy agradecida. Es un invento maravilloso, creado en Suiza en 1954 por el Dr. Philippe-Guy Woog. Lo ideó para ayudar a pacientes con habilidades motoras limitadas o con aparatos de ortodoncia. Gustó tanto, que se ha convertido en un ayudante imprescindible para mucha gente.

Eléctrico o manual, el cepillo de dientes es una herramienta básica de nuestra higiene corporal. Gracias a las excavaciones arqueológicas, se sabe que ya existía en la antigüedad. En tumbas egipcias se han encontrado ramas manipuladas en un extremo, para conseguir un tacto blando y fibroso. En cambio, en la China del año 1500, se empleaban pelos de animal. Los unían a huesos de marfil, con lo que conseguían una herramienta parecida a la actual.

El antepasado del cepillo de dientes actual llegó a Europa gracias al comercio, pero estaba reservado a miembros de la realeza y la nobleza, porque los materiales con los que se fabricaba, marfil y cerdas de crines de caballo, tenían un coste muy elevado que no estaba al alcance de cualquiera. Empezó a producirse de forma industrial a finales del siglo XIX, con pelo de cerdo siberiano. Como ves, el pelo del animal ha resultado de lo más útil. Solo espero que estuviera libre de piojos, pulgas y otros insectos indeseables. Dejó de utilizarse en 1930, cuando los Laboratorios Dupont inventaron el nailon.

Hay quienes han permanecido ajenos a la evolución del cepillo de dientes. Básicamente, porque no lo necesitan, ni manual ni eléctrico. No es que no tengan dientes, es que tienen ayudantes. La morena, esa especie de pez que no tiene escamas y que es feo a rabiar, luce una sonrisa radiante gracias a la gamba limpiadora, que no tiene miedo de meterse en su boca para alimentarse de lo que hay en su interior. Lo sé, es asqueroso.

No obstante, no es algo raro. El pez lábrido limpia la boca de tiburones, meros, rayas, etc. Es decir, bichos bastante más grandes que él. Un poco arriesgado, pero le va la marcha. Y el cocodrilo, dentro de su boca cargada de amenazas, acostumbra a tener un pájaro pluvial. ¡Vivo! Este alado insensato, también conocido como corredor o chorlito egipcio, se alimenta de los restos de comida que quedan entre los dientes del gigante reptil. Y, claro, de vez en cuando perece en el intento porque la boca se cierra y los dientes mastican. ¿Será este el origen de la expresión «cabeza de chorlito»?

Como ves, el cepillo de dientes puede ser vegetal, sintético o animal. Elige el que más te guste y límpiate los dientes a conciencia. De lo contrario, alguien puede visitar tu boca en busca de ese trocito de carne que se empeña en quedarse atrapado entre los dientes. No es un cepillo cualquiera, así que luego no me vengas con que no te había avisado.

Más vale prevenir que curar. ¡O lamentar!

Print Friendly, PDF & Email

Publicado en Historia real Naturaleza

Un comentario

  1. Maria Vergara Maria Vergara

    Me ha gustado mucho!!!!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *