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La buena vecindad

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Mi suegra tiene unas vecinas estupendas. Viudas o divorciadas, viven solas y se cuidan unas a otras. Cuando cocinan, lo hacen pensando en las demás. Escalera arriba, escalera abajo, circulan fiambreras con sopas, guisos, tortillas, encurtidos y conservas. Ingredientes de buena vecindad.

Te relames solo entrar en el edificio. Huele a comida casera, pausada, cuidada. Se oye un trajín de sartenes y cazuelas, y es imposible subir las escaleras sin desear llamar a una de las puertas y catar alguno de los platos. La vergüenza frena el impulso; el respeto, también.

Por las tardes, salen juntas a pasear y se sientan en un banco a ver la gente pasar. Hablan de sus cosas, comentan lo que ven porque les llama la atención. Conservan la tranquilidad del pueblo a pesar de vivir, desde hace décadas, en una bulliciosa ciudad. Evidencian con su presencia calmada las prisas de las agendas apretadas, el estrés de la vida actual.

En la petanca, varios ancianos ejercitan el brazo y el corazón, mientras comentan el último partido de fútbol, el nacimiento de una nueva nieta o el logro de algún hijo. Los hay que miran mientras fuman puros, y los hay que buscan el calor del sol. En la plaza, algunas ancianas conversan de forma animada mientras sus nietos juegan en el parque infantil o sus perros se olisquean, ladran y saltan.

Qué bonita es la vejez cuando es tranquila. Cuando los sobresaltos son cosa del pasado, de los demás. Porque los han tenido seguro, han vivido una guerra, una posguerra, una dictadura, un intento de golpe de Estado, unos ataques terroristas. Se han ganado una vejez plácida.

Pero qué difícil resulta envejecer en lugares bombardeados, aniquilados. Se me parte el alma cada vez que veo imágenes de gente mayor desorientada, manchada de sangre que solo es capaz de hablar con lágrimas. Tras una vida de trabajo, ilusiones, gente querida, de pronto una casa destruida, la familia devastada, los vecinos asesinados. No hay derecho. No lo hay.

Basta ya del sinsentido de la guerra, las armas, la avaricia de unos pocos que condenan a muerte a unos muchos. La gente tiene derecho a vivir en paz, a tomar el sol con tranquilidad, a cocinar para uno mismo y para los demás, a defender la alegría en las calles y en las plazas y en los parques y en sus casas.

Brindo por un futuro en paz en el que sea posible la buena vecindad.

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Publicado en Guerras Historia real

Un comentario

  1. M.Asunción Garzón Clariana M.Asunción Garzón Clariana

    Brindo contigo!
    Estupendo escrito!
    Besos mil.

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