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La escritura tiene efectos secundarios

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No hay medicamento sin efectos secundarios. Los prospectos, a veces kilométricos, los detallan sin disimulo. Diarreas, migrañas, somnolencia, taquicardia, etcétera. Es tal el despliegue de información, que es habitual leerlos y sentir un nudo en el estómago. Lo más común es pensar «bueno, tampoco me encuentro tan mal, no necesito tomar nada.»

También son tremendos los efectos secundarios de la quimioterapia. Quienes hayan tenido o tengan a alguna persona querida afectada del maldito y odiado cáncer lo saben bien. Náuseas, pérdida de apetito, de pelo, de fuerzas, de ilusión. Por desgracia, la ciencia no ha descubierto todavía otro modo de enfrentarse y vencer al monstruo.

La escritura también tiene efectos secundarios. Lo he descubierto hace poco, a raíz de la publicación de mi novela Un tesoro en el olvido. La gente que la ha leído comparte conmigo su opinión sobre la misma, su sentir. Y, también, otras cuestiones que me tienen perpleja y, por qué no reconocerlo, algo atemorizada.

Varias personas me han manifestado abiertamente su deseo de que escriba sobre ellas. Durante una conversación sobre cualquier tema, de repente me miran y me dicen cosas como: «Con mi vida podrías escribir un libro entero», «¿Saldré en tu próxima novela?» o «Si estás falta de inspiración, cuenta esto en tu novela». Pobre de mí que se me ocurra hablar de alguien conocido y que no quede satisfecho. Decepción, disgusto, retirada de la palabra.

En el otro extremo están quienes ahora me miran con desconfianza. Durante una conversación íntima, o en el momento en el que estoy a punto de conocer un secreto inconfesable, de repente la persona calla, me mira y frunce el ceño. Mientras intento averiguar qué ha ocurrido, oigo: «mejor me lo guardo para mí, no lo vayas a contar en tu próxima novela», o «como escribas esto, te mato». Siento escalofríos.

No hay duda de que la escritura tiene efectos secundarios contrapuestos. Mientras unos desean, y casi me suplican, que hable de ellos, otros me condenan a conversaciones superficiales o, incluso, me amenazan con la muerte. Nunca pensé que escribir fuera algo tan peligroso.     

Mi respuesta siempre es la misma: no hay nada que temer. Mi escritura obedece a los susurros de las musas. Me cuentan historias maravillosas que yo intento trasladar de la mejor manera posible a través de mi oficio, que me empeño en mejorar a base de cursos de escritura. Es verdad que la realidad es una importante fuente de inspiración para cualquier escritor; que es habitual reflejar, a veces sin tener consciencia de ello, anécdotas, expresiones, características de gente querida.

Sin embargo, que no cunda el pánico. No está en mi naturaleza ni la exaltación del ego ajeno ni la revelación de secretos que no sean míos. Mi escritura es sensible, imaginativa, soñadora y, a veces, reivindicativa. Solo la sufren las letras del teclado, que se borran bajo mis dedos. A parte de eso, soy inofensiva y ¡tengo muchas ganas de seguir con vida!

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Publicado en Escritura Historia real

2 comentarios

  1. Manuela Juárez Manuela Juárez

    Jajajaja
    No creo que nadie te amenace de muerte. Jajajaja
    Pareces dulce y encantadora.

    • Virginia Virginia

      ¡Nunca se sabe! 😀

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