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No te conozco de nada

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El metro se detiene junto al andén. Hora de bajarse. La mujer que hay a mi lado pulsa el botón de apertura de puertas iluminado en verde, pero no se abren. Lo pulsa más veces, y me mira con un interrogante clavado en la pupila. Las demás puertas del vagón sí se han abierto. En el momento en el que nos disponemos a correr hacia la salida, las puertas se abren. La mujer y yo nos miramos y reímos, cómplices en la sensación de alivio.

Camino por la calle, encogida por el frío. Estoy a punto de chocar con una anciana que carga dos bolsas de naranjas. Me aparto a la derecha para dejarla pasar, a la vez que ella se aparta a su izquierda. Me muevo a la izquierda, ella a la derecha. Convertidas una en el reflejo de la otra, reímos. Me detengo, le cedo el paso y se aleja con sus naranjas.

Voy a cocinar una tortilla. Tengo huevos, patatas… ¡Maldición! Me falta un ingrediente. Bajo al supermercado, elijo un par de cebollas y me dirijo a la caja. Delante de mí, una mujer con el carro repleto de comida. No tengo escapatoria, las demás cajas están cerradas. Me dispongo a asumir el aburrimiento de la espera, cuando la mujer me dice que pase delante de ella. «¿De verdad?», le pregunto incrédula. Me sonríe, le sonrío. ¡Qué suerte la mía!

Cada día nos cruzamos con gente que no conocemos de nada. Gente de distintas edades, géneros, culturas, nacionalidades; solitaria, acompañada; silenciosa, ruidosa; que carga problemas, que abraza sueños. Cada día, nuestro camino se mezcla con el de personas que van y vienen, y juntas tejemos un laberinto de vidas.

Y de pronto, llega un instante de sorpresa y desconcierto que nos saca de la rutina y la costumbre, y nos muestra a la persona que tenemos delante, al lado, detrás. La miramos a los ojos y compartimos con ella una sonrisa, una carcajada, un suspiro, un gruñido. No te conozco de nada, pero ahora, en este lugar, nos entendemos. Qué extraña sensación; qué esperanzadora. La alegría también puede ser anónima.

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Publicado en Historia real

2 comentarios

  1. rafael rafael

    Qué bonito todo cuanto escribes. Como tú, he vivido esas escenas en la ciudad, sin embargo, en estos pueblos nos saludamos todos y lo hacemos cuantas veces nos crucemos por la calle, en el bar, que se yo. Cuando voy a la ciudad nadie me saluda, por eso aprecio estas situaciones que cuentas. Gracias por tus reflexiones.

    • Virginia Virginia

      Muchas gracias, Rafael. Tu comentario me anima a continuar.

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