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La sonrisa del gorrión

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El funcionamiento de la mente es un misterio. Por qué recordamos unas cosas y no otras es algo para lo que todavía no se tiene respuesta. En nuestro disco duro particular grabamos comentarios estúpidos de gente anodina, películas infames, lecturas insulsas. Sin embargo, también atesoramos escenas alegres, divertidas, conmovedoras. Están grabadas a fuego.

Yo sonrío cada vez que veo un gorrión. Este pequeño animal de no más de treinta gramos de peso y dieciséis centímetros de longitud, es simpático e inteligente. Se alimenta de semillas, saltamontes, langostas y, también, de los restos de comida que el ser humano se empeña en dejar a su paso. Por este motivo, este pillo ronda patios de colegio y terrazas de cafeterías y restaurantes.

Sí sonrío cada vez que veo un gorrión, no es solo por su simpatía. Me despierta un recuerdo bonito, dulce. Los desayunos y las comidas durante las vacaciones de verano con mis padres; mi madre con un trozo de pan en la mano y una sonrisa de traviesa en la cara que no olvidaré jamás. Alrededor, varios gorriones.

Es difícil no asociar la llegada del buen tiempo con el gorrión, y casi imposible no premiar su alegría con migas de pan. Por desgracia, este simpático pajarito está sufriendo un drástico declive poblacional. Por este motivo, el miércoles se celebró el Día Mundial del Gorrión, una fecha que quiere alertar sobre este drama

Las causas del declive son diversas: contaminación atmosférica, ruido, pocas zonas verdes, nuevas construcciones sin huecos en los que fabricar nidos y escasez de insectos por el abuso de insecticidas. Tampoco las gaviotas ayudan, convertidas en cazadoras de palomas, gorriones y todo cuanto pueda saciar el hambre provocada por la sobrepesca de los mares.

Esto hay que pararlo. El gorrión siembra alegría; abre el cajón en el que guardo mis recuerdos más queridos. Lamento las molestias ocasionadas a los camareros que están hartos de tropezarse con ellos en las terrazas, así como el asco que puedan sentir algunos comensales al verme tirar comida al suelo. Aun así, no pienso dejar de lanzarle migas de pan. Le debo la sonrisa del gorrión.

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Publicado en Historia real Naturaleza

Un comentario

  1. rafael rafael

    Todos los días y de muy buena mañana, tomo café en la terracita del único bar del pueblo, me gusta ver como se levanta poco a poco la niebla vallesiana. Un viejo gorrión macho viene de inmediato a posarse en el borde del respaldo de la silla al otro lado de la mesa. Le suelo llevar unas miguitas de bizcocho. Siempre me mira atentamente y con mansedumbre como queriendo entablar conmigo. Al próximo café estás invitada Virginia, seremos tres.

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