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Lluvia de imprevistos

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Hay días en los que se tropieza sin parar. Sin saber muy bien cómo ni por qué, se confabulan contra nosotros y todo nos sale mal. Son días que desconciertan, que desesperan. Están del revés.  

A lo largo de mi vida profesional he confeccionado cantidades ingentes de presupuestos. Y siempre he insistido en contemplar una partida para los imprevistos, esos acontecimientos que se empeñan en desbaratarlo todo en el momento menos pensado.

Lo planificado cambia, se dificulta o se imposibilita sin que podamos remediarlo. La vida es así. Sin embargo, esto, que lo tengo tan claro en lo profesional, en mi vida privada lo gestiono mal. Fatal. Es ridículo, la práctica me recuerda continuamente que la vida es imprevisible.

Mi reciente viaje a Lisboa es un claro ejemplo de ello. Estaba previsto para principios de diciembre, pero un imprevisto de los que asustan obligó a aplazarlo. Cuando por fin llegó el momento de partir, las previsiones meteorológicas no podían ser peores: la DANA Nelson amenazaba con impedir paseos y excursiones. No fue así. Llovió a diario, pero solo hubo una tarde de obligado encierro. Por fortuna para mí, la climatología también está sujeta a imprevistos y he podido conocer, y disfrutar, una ciudad maravillosa.  

A ver si aprendo de una vez la lección, y acojo el próximo imprevisto con menos ansiedad y crispación. De momento, me confieso alumna de párvulos. No está mal para alguien con casi medio siglo de edad.

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Publicado en Historia real

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