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Una aventura colectiva

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El pasado martes empecé mi Diada de Sant Jordi al lado de un personaje mediático. Firmaba libros tranquilo, en apariencia ajeno al hecho de que era el objetivo de cámaras de fotografía y vídeo. Frente a él, una cola de lectores ávidos de una dedicatoria suya, un breve intercambio de palabras, una foto, quizá dos besos. La cola era larga, abrumadora. Mientras él se bañaba en aguas tropicales multicolores, yo parecía habitar en el desierto. En apariencia.

Incluso en el desierto hay vida. Está habitado por seres que han sabido adaptarse a las duras condiciones climatológicas del lugar, que saben que en la vida hay que luchar. Seres que aparecen de repente y te recuerdan que están ahí, a tu lado. Contigo. Y, así, la jornada me colmó de visitas de gente querida y personas anónimas atraídas por el cántico de las baldosas hidráulicas. Se sucedieron los abrazos y los brillos, de los dientes al descubierto por culpa de una sonrisa, de una mirada cargada de ilusión.

Si algo he descubierto con mi aventura literaria, es que no tengo el monopolio de la alegría causada por la publicación de Un tesoro en el olvido. Mi gente, la de siempre y la reciente, celebran el cumplimiento de un viejo sueño. Lo sienten en la piel, en las entrañas. Y lo celebran conmigo. Sus ojos no mienten. Sus abrazos, cariñosos, apretados, tampoco. Y yo me hincho con su cariño, siento que crezco, que soy más alta, que me alzo sobre una torre de corazones. La misma que ha sido refugio de tormentas y hundimientos, de rayos que atraviesan.

En mis visitas al infierno, he sentido ese cariño, esas manos que sujetan y te salvan del vacío. Y el negro se convierte en gris oscuro y luego claro y después blanco. La luz entra. Entra y lo ilumina todo. Y ves. Ves y comprendes que, en las subidas y las bajadas de la montaña rusa de la vida, no pueden faltar ni la ilusión ni el cariño. Restan dolor, suman alegría. Sentirlos es una suerte, un regalo. Son tan importantes como el oxígeno, el agua, la salud.

En Sant Jordi las escritoras y los escritores tomamos la calle. Nuestros nombres se escriben en letreros y horarios de firmas. Sin embargo, no figuran los de las personas que nos aplauden, animan, sujetan. En persona, desde la distancia. Los escritores no estamos solos. Nuestra alegría, nuestra desdicha, es plural. Vivimos una aventura colectiva.

A quienes vinisteis, a quienes me escribisteis, gracias por estar, acompañar, celebrar. Sois multiplicadores de alegría.

Fotografía de Rebeca Lois Soria (¡Gracias!)

Vídeo Sant Jordi 2024

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Publicado en Escritura Historia real Libros

2 comentarios

  1. rafael rafael

    Magnífico relato y reflexión. Ya me tienes esperando tu próximo libro. La sed por leer tu nueva creación puede provocar ansiedad, así que cuida a tus lectores y danos un alegrón con otro libro. Besacos

    • Virginia Virginia

      Rafa, tú sí que me das un alegrón con tus palabras. Muchísimas gracias.

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