Toda guerra es un fracaso. Fracasan el diálogo, la empatía, la alegría. Se disparan proyectiles, se destrozan ciudades, se arrebatan vidas. Y, mientras tanto, miles de niñas y niños presencian derrumbes de edificios, heridas, fracturas, muertes. De forma involuntaria, se convierten en testigos directos del horror y, si sobreviven, recordarán con amargura aquellos años en los que todo se derrumbaba a su alrededor. Los televidentes tampoco olvidaremos sus caras entre los escombros.
El mundo está en guerra. En 2023 hubo 36 conflictos armados; en junio del 2024 se registraban 56, el pico más alto desde la Segunda Guerra Mundial, con 92 países involucrados más allá de sus fronteras; es decir, el 47% de los 195 países existentes. Un infierno. En una entrevista reciente, el magnífico actor Jean Reno confesó sentir vergüenza por el mundo que van a heredar sus seis hijos, bastante peor que el que heredó él. «No es muy bonito. Hay más virus, hay más contaminación, hay más guerras, hay más odio, y eso es terrible. No sé por qué. No lo entiendo.». Yo, tampoco.
Ahora bien, si los humanos todavía no nos hemos aniquilado unos a otros, si el planeta todavía sigue en pie, es porque el ser humano también es capaz de sembrar alegría. Y en la más tierna infancia. Desde hace veinte años, los estudiantes de Medicina de Viena montan, en las instalaciones del Colegio de Médicos, un «Hospital de Peluches». A él acuden cientos de niñas y niños de la capital austríaca acompañados de sus amigos de trapo. Ayudados por el personal médico, los pequeños aprenden a diagnosticar enfermedades, establecer un tratamiento y conocer los cuidados a seguir para la mejoría. Mientras aprenden, pierden el miedo a ir al médico. Hay más iniciativas como esta: los berlineses tienen un hospital de peluches llamado «TeddyKlinic». En sus más de tres siglos de antigüedad ha curado más de cuatro mil muñecos y ha arrancado miles de sonrisas.
En España también tenemos iniciativas que defienden la alegría de los más pequeños. Desde 1997, bomberos y bomberas acuden cada año al madrileño Hospital universitario Gregorio Marañón. Se descuelgan por la fachada, entran por una ventana y recorren las plantas de hospitalización, las unidades de cuidados intensivos, las urgencias y la Unidad de Psiquiatría de Adolescentes. Charlan con pacientes, madres, padres, abuelas y abuelos. Y les regalan un kit de bombero.
Ahora bien, para defender la alegría de los más pequeños no hay nadie mejor que un payaso. Por eso, cuando están ingresados, se alegran tanto al recibir su visita. En Barcelona y alrededores, Pallapupas lleva veinte años haciendo reír a los hospitalizados más pequeños, con un equipo de actores y actrices profesionales formados en técnicas teatrales, en clown y con conocimientos sanitarios. En Canarias, Hazmerreír Payasos de Hospital trabaja en las plantas de Pediatría del Hospital Universitario La Candelaria y el Hospital Universitario de Canarias. En Baleares, Sonrisa Médica defiende la risa como la mejor medicina. Mires donde mires, hay payasos de hospital por todas partes. Cumplen una labor crucial: ayudan a desdramatizar el ambiente hospitalario y ofrecen momentos de descanso y desconexión a través de la risa. La risa es poderosa.
Hay payasos en hospitales, fiestas de cumpleaños, circos y, también, en las guerras. Pallassos Sense Fronteres lleva tres décadas trabajando en zonas de conflicto armado, campos de refugiados y zonas en situación de emergencia. Bajo el lema de que la risa es un arma de construcción masiva, han atendido a miles de niñas y niños en todo el mundo. Emociona.
El mundo está lleno de personas defensoras de la alegría que saben lo importante que es tener una infancia feliz o, al menos, lo más feliz posible. Tener recuerdos alegres nos ayuda en los momentos difíciles que, sin duda, atravesaremos a lo largo de nuestras vidas. Si durante la niñez hemos vivido inmersos en la desgracia, como lo es una guerra, y nadie ha defendido nuestra alegría, será difícil asumir la existencia, ser felices, trabajar para mejorar nuestra vida y la de los demás. Por eso son tan importantes las personas que no se rinden, que luchan para convertir una mirada triste en una sonrisa, que defienden la alegría infantil. Aunque solo sea cosiéndole una pata a un peluche o colocándose una bola roja en la nariz.
Comentarios