En 1897 se publicó la novela El hombre invisible, de H. G. Wells. La protagoniza un personaje tan inolvidable como inquietante, Griffin, un científico obsesionado con conseguir la invisibilidad del cuerpo. Tras muchos experimentos infructuosos, consigue equiparar el índice refractivo de una persona con el del aire, con lo que el cuerpo ya no absorbe ni refleja la luz; es decir, deja de ser visible. El problema viene cuando Griffin no consigue volver a ser visible, porque se altera bastante y se convierte en un sujeto peligroso.
Aunque la historia ideada por Wells le quitó el sueño a más de uno, la novela tuvo un éxito rotundo. Fue llevada por primera vez al cine en 1933, por Universal Pictures, considerada una de las grandes películas de terror de los años 30. Desde entonces, ha habido múltiples adaptaciones teatrales, radiofónicas y cinematográficas. Kevin Bacon, convertido en un ídolo juvenil de los 80 tras protagonizar Footloose, aterrorizó a más de uno con El hombre sin rostro. Pobre Elisabeth Shue.
La invisibilidad de los cuerpos es una quimera, al menos de momento. Sin embargo, vivimos rodeados de gente invisible. Gente que hace nuestra vida más agradable, cómoda, fácil; gente que parece trabajar en la sombra y en silencio, pero cuya labor es fundamental para garantizar una buena convivencia en pueblos y ciudades. Los invisibles son aquellas personas que limpian lo que los demás ensuciamos sin apenas ser vistos.
Los barrenderos, que mantienen limpias las calles, las plazas, los parques y las playas. Los limpiadores del transporte público, que durante las madrugadas de los fines de semana se enfrentan al resultado de un exceso alcohólico, por desgracia demasiado normalizado en nuestra cultura. Los limpiadores de escuelas, institutos y universidades, que además de barrer y fregar aulas y pasillos desenganchan chicles de pupitres y paredes, y desatascan lavabos e inodoros. Los que disparan agua a presión en las calles y, a pesar de calzar altas botas de caucho o poliuretano, se mojan los pantalones, y continúan con su tarea con la tela pegada a la piel.
Los invisibles vacían las papeleras, los contenedores; limpian el vagón en el que viajamos, el banco del parque en el que leemos o desde el que vemos al niño, o al perro, jugar a la pelota; recogen los vasos, las botellas y las bolsas de plástico acumulados en el suelo tras el botellón de anoche; barren las colillas, los plásticos y los pañuelos de papel amontonados en las aceras y los alcorques; y descubren sorpresas desagradables, porque hay gente que es incívica por vocación.
Quienes trabajan limpiando el espacio público son defensores de la alegría urbana. La tuya, la mía, la de nuestra gente querida. Saquémosles de la invisibilidad, reconozcamos su labor fundamental en nuestra sociedad. Es tan fácil como saludarles al verlos, agradecerles su labor, o, simplemente, usar las papeleras, que para eso están. De lo contrario, quizá llegue el día en que un científico obstinado halle el modo de impartir justicia sin ser visto y nos haga tragar nuestra propia basura. Tiempo al tiempo.
Maravilloso escrito Virginia! Cuánta sensibilidad! Me ha encantado! Muchas gracias!!!
Precioso artículo, Virginia. Te tomo la palabra. Pondré a cocer mi cabeza a ver si se me ocurre algún cuento que tenga como protagonistas a estos defensores de la alegría urbana.
Un abrazo.
Ben vistos, Virginia! Gràcies per obrir-nos els ulls!
Magnífica defensa de la profesión. Si señora.