Tenía diecisiete años cuando leí Historia elemental de las drogas, de Antonio Escohotado. Era una de las lecturas obligatorias de la clase de filosofía y me causó un fuerte impresión. El libro me descubrió el universo de las drogas y la evolución de los distintos tipos y usos a lo largo de la Historia. También, la reacción del Estado y los problemas que conlleva la prohibición y la persecución policial. No es que yo viviera de espaldas al mundo, sabía lo que era una droga y los estragos que causaba, pero descubrir que el ser humano se drogaba desde siempre me subrayó algo que por entonces ya había aprendido: la vida no es fácil.
En muchas ocasiones, el comportamiento del ser humano es autodestructivo. Incapaz de encontrar una solución a los problemas que le acechan, recurre a sustancias psicoactivas que le permiten olvidarlos, aunque solo sea de forma temporal. El problema viene cuando se engancha a esas sustancias, cuando se convierte en dependiente, cuando se pierde de vista a los demás y la droga usurpa el protagonismo de una vida. Me he acordado a menudo del libro de Escohotado. He conocido a gente adicta a distintas sustancias, y yo misma he consumido algunas en determinadas etapas de mi vida, aunque haya sido de forma esporádica. A veces la desesperación es tan grande, que cualquier vía de escape es bienvenida, aunque sepas que no va a solucionar las cosas, aunque sepas que probablemente las empeorará.
En la actualidad todavía me drogo: bebo alcohol. No mucho ni cada día, pero lo tomo. Vino y cerveza, nunca alcoholes de alta graduación. Sin embargo, aunque su consumo esté muy normalizado en nuestra sociedad, soy consciente de que el alcohol es una droga, conozco sus peligros. Y sino que se lo digan a Emma Suárez en Desmontando un elefante, a cualquiera que haya convivido con una persona alcohólica. La dependencia del alcohol arrasa con todo. Es una droga frecuente, barata y legal. También es problemática. El último informe de la Organización Mundial de la Salud es aterrador: por culpa del alcohol, en el mundo hay 400 millones de personas con trastornos, 209 millones de adictos y 2,6 millones de muertos. Al ser humano le va la marcha.
Ahora bien, este comportamiento adictivo no es exclusivo del ser humano. Según numerosos estudios científicos, hay más animales que se drogan con fines placenteros o evasivos. El gato, por ejemplo. Cuando consume hierba gatera, no solo limpia su sistema digestivo, también se excita sexualmente; si quiere prolongar su erección, consume tomillo gatero, una viagra natural; si persigue un efecto alucinógeno, mastica hojas de valeriana; si vive en Japón y quiere relajarse, mastica Matatabi y acaba tumbado de espaldas como si quisiera contemplar las estrellas. Menudo pillín, con razón se le veneraba en el Antiguo Egipto.
Los wallabis de Australia también son traviesos: se cuelan en los campos de adormidera y se la comen. Después, caminan en círculo hasta que se desploman sobre el suelo, aturdidos. Es tan divertido, que las ovejas han empezado a imitarles. Pobre el pastor que tenga que devolverlas al corral. En Etiopía, las cabras mascan hojas de khat, una planta con propiedades euforizantes. Tras su ingesta, se comportan de forma extraña e imprevisible. ¿Será ese el origen de la expresión «estar como una cabra»? Los delfines se drogan en grupo. Cuando el pez globo se asusta, se infla y libera una toxina capaz de matar. Ahora bien, si se toma en pequeñas dosis, tiene un efecto estupefaciente, algo que no escapa a la inteligencia del delfín, que juega con él como si fuera una pelota.
Los renos de Europa recurren a la Amanita muscaria, una seta venenosa y psicoactiva muy presente en nuestros bosques. Es preciosa, tiene un sombrero rojo con puntos blancos (es la de la fotografía). Al comérsela, el reno vaga alegremente por el bosque con una sensación parecida al vuelo libre. Tiempo atrás, los chamanes se bebían su orina para contagiarse de su alegría. Asqueroso, lo sé. Pero hay algo peor: la mayoría de nosotros hemos crecido jugando a Los Pitufos, y ¿recuerdas cómo es la casa de Papá Pitufo? Bingo. Quizá Peyo, su creador, consumió esta seta y soñó con diminutas criaturas azules.
La drogadicción no es exclusiva de los mamíferos. Los mosquitos de la fruta del género drosophila también se drogan. Cuando una hembra los rechaza, buscan cualquier fuente de alcohol y, durante la borrachera, se excitan sexualmente, cantan serenatas e improvisan bailes aéreos de apareamiento… Con otros machos. Como ves, el consumo de sustancias psicoactivas es bastante natural en el mundo animal. Encontrarás múltiples ejemplos en el libro Animales que se drogan, del experto en etnobotánica y etnomicología Giorgio Samorini.
Las drogas han existido siempre. Están presentes en la naturaleza en forma de plantas, frutos y hongos, y son numerosos los artistas que han recurrido a ellas para inspirarse. No es ningún secreto que Edgar Allan Poe escribió sus relatos de terror bajo los efectos del opio. El mismo Stephen King confiesa en su Mientras escribo que tuvo serios problemas con el alcohol. Lo preocupante no es el consumo de drogas, sino el abuso, la dependencia que pueden llegar a provocar y los estragos que producen en la vida del adicto y su gente. Por no hablar de los peligros de las drogas sintéticas que ahora están tan de moda. Lo mejor es no dejarse seducir por el canto de las sirenas y buscar otras fuentes de alegría. Al fin y al cabo, los mares están llenos de marineros que no encontraron el modo de regresar a casa.
Qué buen rato he pasado leyendo este episodio de los estimulantes. Increíble que sea un comportamiento tan extendido en el reino animal eso de «colocarse».