Hoy en día, gracias a los drones que sobrevuelan nuestras cabezas, somos capaces de ver cosas que antes no veíamos. En los partes meteorológicos, no dejan de colarse imágenes asombrosas: un valle nevado, una isla deshabitada, un imponente castillo encaramado en la roca y rodeado de niebla, una ciudad entera iluminada por los primeros rayos de sol, un desierto azotado por una tormenta de arena. Resulta difícil, si no imposible, no asombrarse ante una visión de conjunto hasta hace poco tan solo reservada a los seres con alas.
Los drones responden preguntas, desvelan lugares recónditos, incluso nos descubren poblaciones indígenas que permanecían ocultas, a salvo de la globalización. Sin embargo, a la emoción inicial que produce todo descubrimiento, le sigue una sensación de pérdida de magia y de atractivo. ¿De qué sirven los secretos si son desvelados? Hay quien afirma que, tarde o temprano, todo acaba por saberse, pero ¿qué sentido tiene una vida sin misterio, sin intriga, sin interrogantes que nos cuestionen la naturaleza de las cosas?
Por suerte, no lo sabemos todo. Al menos, todavía. Existe un manuscrito cuyo significado nadie comprende: el manuscrito Voynich. De autor anónimo y escrito sobre pergamino fino, es un libro con más de doscientas páginas, algunas desplegables, con centenares de dibujos, diagramas zodiacales, imágenes astronómicas y textos en un idioma desconocido, formado por 25 caracteres distintos. La sección más extensa es un herbario en el que se reproducen diversos tipos de plantas enigmáticas, pues no corresponden a ninguna de las que conocemos. ¿Lo escribieron seres de otro planeta? El misterio está servido.
Aunque ha habido numerosos intentos de descifrar el contenido del manuscrito, nadie lo ha conseguido. Lo único que se sabe a ciencia cierta, porque ha sido objeto de análisis mediante carbono 14, es que el pergamino fue hecho entre lo años 1404 y 1434. Es decir, estamos ante un texto que lleva mudo casi seiscientos años, y que le debe su nombre al comerciante de libros raros Wilfrid M. Voynich, que lo adquirió en 1912.
A lo largo de la Historia, todas las civilizaciones han utilizado códigos secretos y claves para encriptar mensajes. Existen numerosos manuscritos y textos cifrados de contenido religioso, político, diplomático o militar, cuyo significado solo estaba al alcance de los iniciados. Con grandes dosis de paciencia y perseverancia, se han descifrado casi todos, incluso los jeroglíficos. Tras milenios de misterio, y gracias al hallazgo de la piedra de Rosetta y a la entrega de François Champollion, se resolvió el enigma. Durante años me obsesionó la figura de este francés. Bueno, y todo loo relacionado con el Antiguo Egipto.
Todo apunta a que llegará el día en que alguien desvelará los secretos del manuscrito Voynich. Mientras tanto, proliferarán teorías de todo tipo en busca de una verdad que se resiste a ser desvelada; una verdad oculta a la inteligencia artificial, a los drones voladores. Pero qué fascinante es lo desconocido, el camino de la búsqueda, la elaboración de hipótesis, el soñar despiertos con otros mundos y otros seres. Ya lo decía Rubén Darío en uno de sus poemas: «Y la vida es misterio, la luz ciega y la verdad inaccesible asombra».
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