Cuenta una leyenda urbana que el documento nacional de identidad te informa de cuánta gente se llama exactamente como tú. Según parece, la clave está en el reverso, en un número solitario que está ahí para fomentar el misterio. ¿Quién no se ha preguntado cómo son esas personas con las que compartimos nombre y apellidos? Por desgracia, la leyenda es un bulo. Lo que sí puedes saber, gracias al Instituto Nacional de Estadística, es con cuánta gente compartes tu nombre, tu primer y segundo apellido. Lo descubrí en 2021, cuando escribí el texto Palabras que te distinguen. Por aquel entonces había, en España, 44.129 mujeres con mi nombre. Hoy somos 43.399, 731 menos. No conocía a esas mujeres, pero saberlas desaparecidas me provoca una extraña sensación. Qué cosas ¿verdad?
Los nombres importan. Nos ayudan a identificarnos, nos distinguen de los demás, nos sitúan en el mapa. En teoría. Cuando tuve la suerte de que me invitaran a participar en la IX Muestra Modernista de Cartagena de Levante, se lo conté a mi gente querida. Les decía que en octubre viajaría a Cartagena, y algunas personas me miraron con asombro, porque pensaban que les hablaba de Cartagena de Indias, en Colombia. Cuando les sacaba de su error, me decían que vaya pena. En absoluto, volví enamorada de la ciudad y de sus gentes.
En 1998, con ocasión de un viaje a Estados Unidos para asistir a la boda de mi mejor amiga de la infancia, varias personas se interesaron por mi ciudad de origen. Yo desvelaba el nombre con orgullo, pero, para mi sorpresa, la mayoría no sabía dónde se encontraba Barcelona. Les especifiqué que en España y, entonces sí, algunas asintieron. Otras, sin embargo, necesitaron una pista adicional y, al escuchar «Europa», sonrieron. Me quedé ojiplática, seis años antes se habían celebrado en mi ciudad los Juegos Olímpicos. Como comprenderás, todavía no lo he superado.
Peor fue lo que les pasó a unos soldados italianos. Cuentan que, en el 2000, invadieron Suecia por error. Se dirigían a Kristiansand, en Noruega, donde les esperaban, pero se equivocaron y acabaron en un pueblo sueco del mismo nombre. A los habitantes no les hizo ninguna gracia, la verdad. Los soldados, además de ofenderlos, les causaron un susto tremendo.
Tener conocimientos de geografía es importante. Ayuda a situar a la gente y es muy útil cuando planeas viajar, sobre todo cuando la distancia entre dos puntos con idéntico nombre es de proporciones considerables. Si decides visitar Barcelona, ten cuidado, no vayas a acabar en las ciudades homónimas situadas en Venezuela y Filipinas. El caso de Barcelona no es excepcional, muchas de nuestras ciudades tienen un clon, o varios, en otras partes del mundo. Antes de empezar una relación sentimental a distancia, infórmate bien del lugar exacto en el que reside tu amor.
La geografía es útil también en los conflictos internacionales, y, desde luego, debería ser una asignatura de aprobado obligatorio para aquellas personas con mucho poder. La semana pasada, la mundialmente famosa pareja de moda, formada por Elon Musk y Donald Trump, dijo que se había enviado a Gaza una ayuda de 50 millones de dólares en condones, y afirmó, con rotundidad, que Hamás los usaría para fabricar bombas. Fue un error de proporciones gigantescas. La ayuda era para la provincia de Gaza, en Mozambique, para programas de prevención del VIH. Cuando una periodista les señaló su error, el dúo dinámico le quitó importancia y, por supuesto, no se disculpó por las consecuencias que este error pudo haber causado. Desde su cuenta de Instagram, la brillante reportera Almudena Ariza advierte del peligro de restarle importancia a lo sucedido: «quienes propagan la desinformación son, muchas veces, los más poderosos del mundo. Y su poder crece cuando miramos hacia otro lado».
Visto como está el patio, repasemos el mapa del mundo. Y, también, nuestro comportamiento en las redes sociales. Contrastemos la información que recibimos, no difundamos peligrosos bulos. Colaborar en esa empresa puede tener consecuencias nefastas. Lo que a unos les hace gracia, a otros puede costarles la vida. Y está claro que es una vida que no tiene ningún valor a ojos de los poderosos, pero a los tuyos debería tenerlo. Tienes un nombre, vives en un lugar concreto y tu gente querida está repartida por distintos lugares. Que no te la cuelen, infórmate bien. De lo contrario, de nada te servirá tu identidad y pasarás a formar parte de una masa susceptible de ser manipulada y sometida a los intereses de unos pocos. Escasos, pero muy ricos y con ganas de serlo todavía más. Alerta, corren tiempos de peligrosos bulos. Defender la alegría pasa por defender la verdad.
Este asunto de los bulos está siendo terrible. El daño que hacen y la manipulación que logran hace que estén prosperando los emisores que rentabilizan prontamente sus objetivos
Lo terrible de los bulos, es que quienes a sabiendas lo difunden, saben muy bien el daño que hace. Porque aunque luego se desmienta, ya ha quedado, invisiblemente arralado en alguna parte de nuestro cerebro.
Un ejemplo es el del portavoz de propaganda de la presidenta de la comunidad de Madrid, el señor M.A. Rodriguez, que lanza mentiras como la del pasado lunes y una mujer que su familiar había muerto por cual de la mala gestión del Covid en las residencias de Madrid, diciendo que esa señora mentía. Y cuando rectifica, en vez de borrar el tuit con el bulo, lo deja… Así, se perpetua la mentira, las infamias…
Corren tiempos difíciles para la alegría, pero ese privilegio no nos lo van a robar. O al menos lucharemos por conservarlo y difundirlo.
¡Feliz viernes|