Cuando veo las cosas desde una altura considerable, siento vértigo. Tengo miedo de precipitarme al vacío, de ser engullida por la atracción que ofrece el peligro. Desde hace unos días, siento un vértigo agudo: he alcanzado el medio siglo de edad. Menuda impresión. Me dicen que la edad es un número, que los cincuenta de ahora son los cuarenta de antes, que no aparento la edad que tengo, que la esperanza de vida ha aumentado. Nada de eso aplaca el miedo que siento.
Podría refugiarme en el calendario etíope, todavía anclado en el año 2017. Eso me permitiría reformular una parte del tiempo que falta hasta ese cincuenta imposible de ignorar. Podría mentir sobre mi edad como lo hacía mi abuela materna, de quien he heredado el aspecto jovial y la voz fina; lo hacía tan bien, que de ser la mayor de tres hermanas consiguió que creyéramos que era la menor. El problema es que no soy demasiado aficionada a hacer trampas, acostumbro a asumir los retos que se me plantean y, también, las derrotas correspondientes.
Pensarás que le temo a la muerte. En absoluto. Nunca le he dado la espalda, sé que puede suceder en cualquier momento, por cualquier circunstancia. Incluso he muerto y he renacido varias veces. Lo que me aterra es la sensación de que me llegue el momento sin haber vivido. Siento vértigo porque tengo la impresión de que el reloj vital avanza muy deprisa, y me da rabia darme cuenta de que he dedicado demasiado tiempo a preocuparme por tonterías, por gente que no valía la pena, enganchada a relaciones tóxicas, ocupada con una agenda apretada que me asfixiaba, distraída de lo que anhelaba. Si pudiera volver atrás… Sería maravilloso susurrarle al yo del pasado algunos trucos, enseñarle a emplear mejor el tiempo, la vida. Pero, salvo Marty McFly, nadie es capaz de viajar al pasado.
Hay un consuelo importante: constatar, año tras año, que soy una suertuda. A pesar de mis torpezas, he conseguido rodearme de gente querida que me cuida y me celebra. Me lo recuerdan cada tres de marzo, ese día en el que mis dos treses de la suerte se miran, se abrazan y me atrapan en el interior de un precioso ocho amoroso. Y me lo recuerdan también días después, a veces incluso semanas, cuando de repente se dan cuenta del olvido y corren a felicitarme. Nunca acepto sus disculpas, para mí lo importante es que se hayan acordado de mí; no importa el cuándo sino el cómo.
Cumplir años también delata las ausencias dolorosas, sufrir el intenso silencio de las voces que enmudecieron demasiado pronto. El día de mi cumpleaños soy de lágrima fácil. Pero es tal la fuerza del amor que me rodea, que sorteo los obstáculos para acabar subida a una quinta planta desde la que, me aseguran, hay muy buenas vistas. Y lo que este año he visto no ha estado nada mal: despertar con un amoroso cincuenta artesanal; recibir mensajes de texto y voz preciosos, cariñosas llamadas telefónicas, cálidos abrazos; verme inmersa, con ocasión de mi voluntariado en la librería Aida Books&More Barcelona, en la celebración de Sant Medir, en el barrio de Gràcia, y recoger caramelos como cuando era una niña; recibir por sorpresa un ramo de flores de mi bonita amiga Bego.
En su columna de El País de esta semana, la escritora Laura Ferrero dice: «El amor es que vengan a buscarte. Al trabajo, al final de un día triste, al colegio, a la estación de tren, después de un partido agotador, por sorpresa, cuando no lo esperabas, incluso, sobre todo, cuando menos lo merecías». A lo que añado que el amor es también que vengan a buscarte con motivo de tu cumpleaños, que te sostengan cuando sientes que vas a precipitarte al vacío porque estás a una altura considerable.
Gracias por hacer de mí una suertuda. De corazón.
Me alegra que parte de tu 50 cumpleaños (o 42, como tu prefieras) lo celebras este lunes en el Barrio de Gracia. Que te recibieran con comparsas, caramelos, corredizas de niños…
Creo que es un buen presagio de la maravillosa década que te espera.
Un beso enorme y gracias por estos regalos que nos haces los viernes.
Silvia.
Per molts anys! Ets fantàstica.
Una abraçada.