En mi barrio presencio a diario la lucha contra el paso del tiempo, el deterioro físico, el encierro, la soledad. Un anciano, debe rondar los noventa años de edad, sale a la calle equipado con un bastón en cada mano, una pequeña mochila sobre la espalda y un sombrero en la cabeza. Camina despacio, muy despacio. Pasos lentos, cortos, arrastrados. Con ganas. Mientras yo voy y vuelvo del parque con Trufa, él recorre tan solo unos metros, pero los recorre.
Qué importante es tener ganas de hacer cosas, de que sucedan cosas. Sin esa ilusión la vida se apaga, se torna oscura, difícil. No siempre es fácil hallar la motivación, el modo de lanzarse a la aventura. Vivir implica tropezar, caer, sufrir dolor, pérdidas, heridas que se reabren. Pero vivir también supone, sobre todo, levantarse del suelo, curarse, intentarlo de nuevo, ver nacer otros proyectos, otras ilusiones.
Cada vez que me cruzo con este anciano de piel arrugada y espalda encorvada, me pregunto qué vida tiene, si está solo, si alguien le acompaña en sus noches. Como cualquier persona, lleva la mochila cargada de vivencias, buenas y malas, maravillosas y terribles. Y a pesar de esa mochila, que sin duda le pesará unos días más que otros, cada día decide no rendirse. Coge sus ganas, se prepara para el paseo y sale a la calle.
Lo miro, lo admiro. Y me hace pensar que lo más importante en esta vida no es el sueldo que se gana ni la posición social que se ostenta ni el cargo profesional que se tiene ni los logros alcanzados. Lo fundamental en la vida son las ganas. Ganas de ser, de descubrir, de cumplir sueños, de compartir vida. Ganas de defender unos ideales, de pelearlos; ganas de rebelarse ante el opresor, el déspota.
Nadie sabe lo que la vida le deparará. Lo que hoy está bien, mañana estará mal; lo que hoy duele y parece insuperable, mañana se habrá convertido en un recuerdo. Durante el camino hay que cultivar las ganas, no rendirse, lanzarse a la calle haga el tiempo que haga. Asumir las caídas, los morados, las heridas, el sufrimiento, las lágrimas. Y, también, las sonrisas, los abrazos, las caricias, las complicidades, los sueños. Mientras haya ganas, habrá esperanza. Si cultivamos las ganas, el mundo gana.
Yo, últimamente me pregunto, como habrá sido su infancia, cuales debieron ser sus sueños, como fue su primer día de trabajo… ¡Me entra tanta curiosidad!..
Es bueno hacerse preguntas, imaginar otras vidas.