Por si vives en la luna y todavía no te has enterado, el domingo pasado cuatro ladrones entraron en el museo del Louvre y robaron ocho joyas valoradas en 88 millones de euros. Como en cualquier robo de joyas, lo más importante no es el valor económico de las mismas, sino el valor sentimental y, en este caso, el histórico, pues pertenecieron a Napoleón Bonaparte, Napoleón III y la emperatriz Eugenia de Montijo. Francia se siente ultrajada.
Los medios de comunicación enseguida se hicieron eco del inusual robo, que duró siete minutos y se saldó con un sustancioso botín. Los periodistas de los telediarios informaron del suceso divertidos, pues a pesar de que se han rodado numerosas películas sobre robos extraordinarios, lo ocurrido en el Louvre supera la imaginación, una estrategia diseñada a conciencia que ha sabido aprovechar los puntos débiles en la seguridad del museo.
Con toda probabilidad, las piezas serán desmontadas para poder ser vendidas por partes en el mercado negro, pues contienen esmeraldas, oro, zafiros y diamantes. Ahora bien, también es posible que estén en manos de algún coleccionista fanático, pues no es casual que el robo se perpetrara en la galería de Apolo, lugar en el que se exponen las joyas más importantes de la historia de Francia.
Siempre ha habido ladrones. Apoderarse de lo ajeno parece despertar un enorme placer. ¿Para qué trabajar cuándo uno puede dedicarse a robar a los demás? Se roba a punta de navaja, de pistola, de engaño; se entra en las casas en plena noche, a hurtadillas; se rompe la ventana de un coche para revolver el interior; se aprovecha el despiste de un bolso abierto en la calle, una mochila depositada en el estante de un vagón de tren, un teléfono móvil en el bolsillo trasero del pantalón.
Desaparecen el monedero con las fotografías de los hijos, el carnet de identidad, la tarjeta del banco, el abono del transporte público. Se pierden de vista para siempre objetos únicos: el reloj del abuelo, la gargantilla de la madre, el anillo de compromiso, la medalla del bautizo, unas monedas antiguas de plata, quizá también de oro, el trofeo conseguido en un campeonato, marcos de plata con sus fotos. Desaparecen objetos queridos, ahora convertidos en botín.
Con el robo, el ladrón viola intimidades, pisotea sentimientos, mancilla recuerdos. Mientras cuenta los billetes que le han dado a cambio de los objetos sustraídos, la persona a la que ha robado llora, grita, se lamenta, no consigue conciliar el sueño, su casa ha dejado de ser refugio. Después de esta experiencia, ¿cómo volver a confiar en la bondad de los demás?
Pero la bondad existe. Entre tanto ladrón despiadado, hay experiencias que conmueven, que nos recuerdan que también hay gente con corazón. Lo sé de buena tinta, el sábado perdí un billete de cincuenta euros en un andén atiborrado de gente y, minutos después, lo recuperé. Lo había sacado de la cartera y lo había guardado en un bolsillo delantero del pantalón, el mismo en el que después metí el teléfono móvil para sacarlo minutos más tarde arrastrando el billete con él.
Necesitaba el billete de forma inminente, iba a dárselo a un matrimonio adorable que cuida de mi amiga peluda Trufa cuando yo viajo. Íbamos a encontrarnos dos paradas de metro después y no llevaba encima más efectivo que ese. ¿Te imaginas la sorpresa que me habría llevado al meter la mano en el bolsillo y no encontrar nada en él? Fue una imprudencia guardarlo allí, pero estaba cansada y, a veces, el cansancio impide pensar con claridad.
El billete saltó del bolsillo sin que yo me diera cuenta, y jamás habría descubierto lo ocurrido si no hubiera sido por la mujer que se me acercó poco después y me preguntó si había perdido algo. La miré con desconfianza, ¿quién era aquella señora y por qué me hablaba? Repitió la pregunta y, ante mi cara de desconcierto, me preguntó sonriendo: «¿no ha perdido ningún billete?».
«¡El billete!», pensé. Metí la mano en el bolsillo, no estaba allí. La mujer me explicó que se me había caído al bajar las escaleras, que lo vio y lo recogió. Confesó haber tenido un momento de duda, porque no iba sobrada de dinero, pero decidió devolvérmelo. Su gesto me emocionó, no sé cuántas veces le di las gracias, y sentí la necesidad de compartir este gesto de bondad.
Entonces no sabía lo que iba a suceder en el museo del Louvre ni que días después intentarían robar en casa de mi padre mientras él estaba dentro (el ladrón huyó al detectar su presencia, pero tiemblo al pensar lo que habría podido ocurrirle si se hubiera tratado de alguien desalmado). A pesar de estas desgracias, lo del andén demuestra que la bondad existe y que, contrariamente a lo que se cree, no consiste en la ausencia de maldad, sino en dejarse tentar por el mal y, aun así, defender la alegría de los demás.
Gracias, mujer anónima.
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