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El mueble que no quiso morir

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Hace veinte años, cuando vivía en Poble Sec, consulté el programa de talleres del Centro Cívico El Sortidor y me apunté a uno sobre restauración de muebles. Me hacía ilusión, siempre me han gustado las manualidades. Tenía ganas de aprender algo nuevo, había recogido de la calle una cómoda en bastante buen estado y quería ser capaz de darle una segunda vida. Sin embargo, el taller no se hizo. Solo me había apuntado yo.

Confieso que. después de las librerías, las ferreterías son mis tiendas preferidas. Hay algo mágico en una pared atiborrada de cajas con tornillos, tuercas, clavos, brocas, tacos. Me divierte pasearme por los pasillos, descubrir distintos tamaños de martillos, destornilladores, llaves inglesas, picos de loro. Me gusta detenerme frente a un estante y preguntarme para qué servirá la herramienta que tengo delante. Y me encanta agujerear las paredes con un taladro.

Aprendí a colgar lámparas y cuadros por mi cuenta. Después, con la ayuda de los tutoriales que la gente cuelga en YouTube, aprendí a cambiar el grifo de la cocina, a arreglar la cisterna del wáter, a colocar una mosquitera, a montar un sistema de riego por goteo. Me encanta ser autosuficiente, poder hacer algo por mí misma sin necesidad de pedir ayuda. A veces me paso de entusiasta, una vez colgué un espejo en la pared del dormitorio y la agujereé hasta ver la sala de estar.

La vida, con sus giros, me dio otra oportunidad para aprender a restaurar muebles. Gracias al Centro Cívico Latino de Santa Coloma de Gramenet, y sobre todo gracias a los conocimientos de Andrea, una magnífica profesional, llevo dos años restaurando muebles que habían pertenecido a mis abuelos maternos. Primero descubrí productos cuya existencia desconocía: ácido oxálico, goma laca, tapa poros. Después aprendí a utilizarlos.

Durante los dos últimos años, he lijado madera con distintos grosores de lija hasta el punto de dolerme la mano, el brazo; he convertido trozos de cera en finos cilindros con los que he rellenado infinidad de agujeros causados por la carcoma; he reajustado piezas que se habían despegado y que hacían peligrar la integridad del mueble; he desmontado muebles para poder trabajarlos mejor y he superado el miedo de no ser capaz de volver a montarlos.

Empecé con un joyero de madera. Después restauré una mesita de noche, un mueble bar (segunda foto), dos mecedoras y una silla. He descubierto que lijar me relaja, que me divierte tapar lo que un bicho hambriento agujereó. Es bonito poder recuperar un mueble viejo, estropeado, olvidado; buscar la manera de volver a utilizarlo, de devolverlo a la vida; mirar el resultado y sentir alegría.

Entre lija y lija, pienso en mis abuelos maternos, en el rastro que dejaron en los muebles que ahora restauro. Durmieron junto a la mesita de noche, guardaron copas y botellas en el mueble bar, leían meciéndose frente a la chimenea. Sus muebles podrían haber acabado en un anticuario, un mercadillo de segunda mano, un contenedor. Pero no. Restaurar es honrar el pasado, es dar una segunda oportunidad. Gracias, Andrea.

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