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Algo pasa con Japón

Japón es un archipiélago formado por más de seis mil islas. Nunca he estado allí y, sin embargo, de Japón me gustan muchas cosas. Me gustan y me ayudan. Quiero compartirlas contigo, quizá te sirvan para llevar mejor tu día a día.

La comida. Se me hace la boca agua al pensar en una mesa repleta de edamames con sal gruesa; de gyozas de verduras, pollo o langostino; y de makis variados, aunque mis preferidos son los de salmón y atún. Comer en un restaurante japonés es un placer que me regalo de vez en cuando.

Ginkgo biloba. Me seduce mucho este árbol, en especial en otoño. Me fascina el contraste entre el intenso amarillo de sus hojas y el color oscuro de su tronco y ramas. ¿Sabías que es un árbol único? Según la clasificación botánica, es el único en su especie, familia y género. Se le considera un fósil viviente, porque existe desde hace más de 250 millones de años. ¡Casi nada! Aun hay más, sus hojas parecen tener características terapéuticas. No en vano, se utilizan en diversos remedios de fitoterapia y homeopatía.

La filosofía zen. Aspiro a una vida zen. Sencilla, calmada y feliz. En este sentido, recientemente he descubierto una joya, El arte de vivir con sencillez, de Shunmyo Masuno, un monje zen. Es un libro de pequeño tamaño pero con gran contenido. Ofrece diversas enseñanzas para lograr que tengas energía, confianza, valentía, capacidad de vencer la confusión y las preocupaciones, y para sacar el máximo partido de un día cualquiera. Si te seduce esta filosofía, si crees que puede serte útil, te aconsejo el libro sin dudarlo. Yo lo abro, leo aquella página que ha quedado al descubierto y reflexiono sobre esa enseñanza, asumiendo que es la que me toca en ese momento. Una técnica un poco parecida a la utilizada en la bibliomancia. Es el arte de escudriñar el futuro a través de los libros. Surgió en el Imperio Romano y consiste en abrir un libro al azar e interpretar el primer párrafo de la página. La diferencia es que el zen se centra en el presente, la semilla del futuro.

El origami. Tiene miga. Hay que tener mucha paciencia para ser capaz de obtener figuras distintas a base de doblar un folio, sin cortarlo ni pegarlo. Y no me refiero al típico barquito o pajarita de papel. Hay figuras que son auténticas esculturas con centenares de pliegues. Hace poco más de un año te hablé de El señor Origami, de Jean-Marc Ceci, que precisamente habla de esta técnica y de la filosofía que la acompaña. Una delicia.

Reiki. Lo descubrí hace veinte años, en Montevideo. Es un sistema de sanación desarrollado por el budista japonés Mikao Usui. A través de la imposición de manos, se transfiere energía universal curativa al paciente. Lo estudié y, durante mucho tiempo, lo estuve practicando a diario. Conmigo y con otras personas. Funcionaba, ¡ya lo creo que sí! Las manos se calentaban en aquellas zonas del cuerpo que más cuidados necesitaban, emociones incluidas. Luego, con las prisas y el estrés laboral, lo fui dejando. Lo olvidé como quien guarda algo en un cajón que no vuelve a abrir nunca más. He pensado mil veces en recuperarlo y parece que, con la situación de desasosiego actual, ha llegado el momento de ponerse a ello. Te invito a descubrir el Reiki, ¡toda ayuda es bienvenida!

Kintsugi. Admiro esta técnica que va mucho más allá de una simple reparación de objetos rotos. La culpa la tuvo un cuenco de cerámica, objeto indispensable para la ceremonia del té. Se rompió y, su dueño, el sogún Ashikaga Yoshimasa, mandó repararlo. ¡Repararlo! Parece increíble porque, hoy en día, ya casi no reparamos nada. Vivimos en un mundo de usar y tirar en el que hemos olvidado este concepto. Pero sí, lo mandó arreglar y, en lugar de disimular las líneas de rotura de las piezas con algún pegamento transparente, utilizó barniz espolvoreado de oro. Lo interesante de esto, es que dio lugar a una hermosa filosofía que extrapola las roturas en objetos a los tropiezos de la vida. Considera que las cicatrices nos convierten en personas únicas y hermosas. Todos llevamos en la mochila desengaños, pérdidas y fracasos. Y hacemos lo imposible por disimularlos. Nos ponemos una coraza y seguimos adelante, como si no hubiera sucedido nada. Pero, la procesión va por dentro. Aunque intentemos acallarla. Está ahí. Respira. Y, si no la dejamos expresarse, acaba dañando nuestra salud, física, emocional y/o mental. En cambio, el kintsugi considera que tenemos que incorporar las heridas a nuestras vidas, embellecer las cicatrices. Nos convierten en personas únicas. Incluso más bellas y profundas.

Algo pasa con Japón, ¿verdad?

Quizá todo el dolor que está generando el Covid-19 nos embellezca como personas. Como sociedad. Como especie. Quiero pensar que sí, que saldremos de esta transformados por nuestras heridas. Más empáticos y solidarios. Más sencillos y auténticos. Más luminosos. Quizá. Lo que sí sé con certeza, es que es fundamental que te quieras. Que te cuides. Que te mimes. Que te mires al espejo y seas capaz de reconocer tus cicatrices. De acariciarlas. Y de salir a la calle con orgullo. Eres una persona única, no hay otra como tú. De ti depende ser tu mejor versión.

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Publicado en Escritura Historia real Libros Naturaleza

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