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No una cajera cualquiera

Me gusta comprar comida, sobre todo en un mercado. También, tener acceso a productos frescos y de temporada. Ahora es el momento de setas, castañas, boniatos, chirimoyas, granadas, alcachofas. Los colocan en un perfecto equilibrio, dibujando un enorme arcoíris comestible. ¡Y muy apetecible! Sí, los mercados tienen un encanto especial. No siempre se tiene uno cerca y, a veces, los precios son elevados. Hay quien prefiere los supermercados, realizar toda la compra en el mismo sitio y no tener que desplazarse a otro, con las consiguientes colas adicionales.

Utilices el sistema que utilices, hay algo indiscutible: mercados y supermercados son un elemento fundamental en cualquier barrio. Sirven para abastecernos de alimentos, pero también para interactuar con otras personas. Esto puede parecer una tontería, pero no lo es para las que viven solas. Tampoco para las que están pasando un mal momento y viven sumergidas en el dolor, en la tristeza. Hacer la compra te obliga, aunque sea solo durante unos minutos, a mirar fuera de ti, a relacionarte con gente que no conoces: la dependienta a la que le pides que te indique dónde está un producto concreto, la clienta que te pregunta si eres la última persona de la cola, el niño despistado que corre por un pasillo y choca contigo, la caradura que intenta colarse, el desocupado que se enrolla con la cajera, la pescadera que te informa sobre las ofertas del día, etc. Sales de casa y te relacionas. Ves gente, mundo. Si tienes suerte, te regalarán varias sonrisas, ¡incluso te gastarán bromas!

Hace un tiempo te hablé de la importancia de cultivar la amabilidad. Estoy convencida de que hace la vida más fácil. Hoy quiero hablarte de las personas que van más allá: cultivan la simpatía. Admiro cuando ésta se produce en la caja de un supermercado, atiborrado de personas con carros cargados hasta arriba. Me pregunto cuántos productos desfilan a diario por la cinta, cuántas personas entran y salen por semana. Tiene que ser un trabajo de lo más estresante, no creo que sea nada fácil estar ahí, de pie, viendo gente pasar desde que abre hasta que cierra la tienda. Por no hablar de los peores momentos de la pandemia, en los que el miedo nos llevaba a formar unas colas interminables. En Navidad se repite un poco lo mismo, nos lo comemos todo, ¡como si no hubiera un mañana! No en vano, hay cajeras y cajeros que a penas hablan. Ni te miran. Te dicen el importe total y esperan a que les pagues.

Sin embargo, también hay quienes te hacen sonreír. En Halloween, Navidad y Carnaval algunos se disfrazan, aunque sea con un único complemento en su uniforme. Otros, consiguen hacerte reír. No sé si ensayan la simpatía o si les sale de forma natural, pero da gusto ver la que lían, sobre todo con la gente mayor. En el supermercado en el que acostumbro a comprar, es raro el día en el que no sucede algo. Una cajera piropea a las ancianas: si van peinadas de peluquería, con medio bote de laca en la cabeza, les da las gracias por arreglarse para ir a verla; si compran uno o dos productos, porque el temblor de sus manos no les permite cargar más peso, les dice que menuda excusa para ir a visitarla. Otra cajera vacila a los ancianos: a uno le dice que lleva esperándolo toda la semana, que hay que ver, que desde que se ha echado novia no le hace ni caso; a otro le llama golfo, porque no le ha dado los buenos días. Él le responde que sí, que la ha saludado al entrar, y ella le guiña un ojo, y le dice que ya lo sabe, que se lo ha dicho para ver cómo va de memoria. Los vacilan. Los provocan. Cuando algunos clientes entran en el juego y responden, a veces con picardía, el espectáculo está servido. Todas y todos ríen. Reímos. Luego, los clientes regresan a sus casas, quizá vacías, quizá con alguien. Y se llevan consigo una anécdota divertida, un soplo de aire fresco. Un motivo por el que salir a la calle. Por el que merece la pena seguir viviendo.

Admiro y aplaudo a estas mujeres que, desde la caja en la que trabajan, cultivan la simpatía y cosechan sonrisas. Saben de la soledad de nuestros mayores. De cómo ven pasar las horas del día sin nada especial que hacer, salvo recibir una llamada, con suerte alguna visita. Estas cajeras hacen mucho más de lo que se espera de ellas como trabajadoras. Porque, ante todo, son personas. Desempeñan su labor con su manera de estar en el mundo. De ser. A todas vosotras, gracias por defender la alegría. De corazón.

Toda nuestra humanidad depende de reconocer nuestra humanidad en los demás. Desmond Tutu.

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Publicado en Historia real Mujeres

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