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Catorce del diez

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La vida está repleta de fechas con significado. Cumpleaños, santos, reuniones, exámenes, bodas, viajes, noviazgos, conciertos, aniversarios, mudanzas, rupturas… y fallecimientos. Nos guste o no, el calendario es un chivato. En mi caso, no necesito mirar la agenda para saber que hoy es catorce de octubre. Hace días que lo huelo, que lo siento, que lo padezco. Hoy hace ocho años que falleció mi madre. Gloria. Sesenta y siete años.

A pesar del tiempo transcurrido, de todo lo que ha llovido desde entonces, su partida todavía duele. Supongo que lo hará siempre. Intento obviar el día y el mes, recordarme que el tiempo es relativo, que el calendario es un invento, que el ayer sintió su ausencia del mismo modo que lo sentirá el mañana. No sirve de nada, en mi corazón tengo clavado un catorce del diez sangrante. No debo ser la única, a juzgar por la cantidad de acontecimientos tristes que han ocurrido en esa fecha a lo largo de la Historia. También alegres. Si sientes curiosidad por saber qué sucedió en una fecha concreta, consulta Wikipedia. Sorprende.

Mi madre era una profesora universitaria vocacional. Le gustaba dar clases, intercambiar impresiones con su alumnado, detectar esa chispa en la mirada que provocan las ganas de saber, de aprender cosas nuevas, de intentar comprender la vida. Fotocopiaba viñetas de Snoopy y las repartía para reflexionar sobre algún tema concreto. Incluso regalaba caramelos cuando era Sant Medir. Aunque yo nunca fui su alumna, sí estudié la carrera en la universidad en la que ella enseñaba, bajo la estricta promesa mutua de no revelar nunca que ella era mi madre y yo su hija.

Mi anonimato me permitió presenciar conversaciones en las que sus alumnos la alababan. Hace unas semanas, uno me escribió para decirme que la recuerda con cariño. Imagínate mi emoción. Mi agradecimiento. Fíjate si era una profesora querida que, desde hace unos años, en la Universitat Pompeu Fabra existe el Seminari «Gloria de Albiol» sobre qüestions actuals de Dret Internacional i Europeu. Le habría gustado.

Lo que yo no podía saber es que a mí también me gustaría enseñar. Lo he descubierto hace poco y estoy sorprendida. Es probable que lo haya heredado de ella, así como de mi padre, también profesor universitario y todavía en activo, a pesar de que hace años que podría estar jubilado. Desde hace unas semanas, enseño castellano a un grupo de veinte mujeres marroquíes. Las hay recién casadas, madres y abuelas. Algunas chapurrean algunas palabras, pero la mayoría ni sabe leer ni escribir en su propia lengua. El reto es importante. Lo enfoco con paciencia y motivación. Tengo ganas de ayudarlas a integrarse mejor en su nueva realidad. Aunque solo sea un poco.

No sé si alguna vez has vivido en un país distinto al tuyo. En ese caso, supongo que sabrás lo aterrador que resulta no entender nada de lo que oyes, no ser capaz de comunicarte con nadie. Yo lo viví en Bruselas, con tan solo once años. A pesar de haber hecho un curso acelerado de francés el trimestre anterior a la mudanza, tuve cara de boba durante meses. Agradecí cada hora de dedicación de mi profesora particular, así como la paciencia de mis maestras y maestros. Hoy, intento devolver un poco de todo cuanto se me dio.

Cuando mis alumnas me miran, cuando yo las miro, me acuerdo de mi madre. Me pregunto qué pensaría, si le gustaría verme allí. Ideo maneras divertidas de enseñar la lengua, aunque sean nociones básicas. Cuando ríen, pienso que lo estoy haciendo bien y doy gracias por haber crecido con una madre que supo defender la alegría desde el aula.

No me interesa saber si algún día el ser humano alcanzará la inmortalidad; si lograremos alargar nuestra esperanza de vida. Mi madre ya es inmortal. En las aulas universitarias, en los manuales de derecho internacional público, en cientos de corazones, sino miles. Aunque el catorce del diez duela, el resto del calendario me recuerda que su huella sigue viva. Día tras día. Para siempre.

«De qué manera tan viva habló Madeleine de René (casi se podía creer que iba a aparecer en el salón para unirse a nosotros). Desde mi punto de vista, era la posteridad más hermosa; seguir existiendo en un corazón.» La familia Martin, David Foenkinos.

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Publicado en Historia real Mujeres

8 comentarios

  1. Lali Lali

    Todos nos acordamos de ella ! Era encantadora !! 🥰🥰

    • Virginia Virginia

      Gracias, Lali. Sí que lo era. Un abrazo.

  2. Olga Olga

    Un homenaje precioso a tu madre, Virginia. Emocionante.
    Un abrazo muy cálido de Greta y Olga.

    • Virginia Virginia

      Gracias, Olga. Otro abrazo para vosotras.

  3. Olalla Olalla

    Un abrazo fuerte.

    • Virginia Virginia

      Gracias, Olalla. Otro apretado para ti.

  4. Gloria Gloria

    Querida Virginia:

    Acabo de leer tu siguiente post, «La vida es trastorno». Irremediablemente me he acordado de este que leí hace unos días y que me conmovió hasta lo más profundo.

    Mi fecha es el dieciséis del diez y este ha hecho doce años. Es otra de las cosas que me conecta contigo, que por la misma fecha nos invade ese dolor. El resto de días, en mi caso, siento que mi padre viene conmigo de la mano y me vienen recuerdos que me explican cómo era él y, sobre todo, cómo soy yo.

    Mi padre también fue una persona muy querida, aunque no sé si él se daba cuenta de ello. Ojalá que sí.

    Era la persona más generosa que he conocido nunca. A veces llegaba a casa con cosas que había comprado a vendedores ambulantes. Normalmente prendas horribles u objetos inservibles cuya única función era proporcionar sustento a quienes los vendían. Yo no comprendía por qué mi padre compraba todas aquellas cosas horteras. Cuando le preguntábamos, nunca ponía la excusa de que era para ayudar a la persona que se las había vendido. Todos los días se encontraba con sus amigos en un bar y tomaban un aperitivo. El día de su santo los invitaba a todos. Si algún día de su santo no iba a estar porque tuviera algún otro compromiso, los invitaba también (dejaba dicho al camarero que le apuntara todo en su cuenta).

    También tenía sus sombras y a veces se iba con ellas muy lejos, aunque lo tuviera al lado.

    Me veo reflejada muchas veces en él, tanto en cosas que me gustan como en otras que no.

    Igual que tu madre en el tuyo, mi padre sigue existiendo en mi corazón.

    Te abrazo por recordarlo y explicarlo tan bonito.

    • Virginia Virginia

      Qué bonito lo que cuentas, Gloria. Tu padre de tu mano. Tú padre cuidando de los vendedores ambulantes. Tu padre en ti, para lo bueno y lo no tan bueno. Tu emoción es la mía en este octubre complicado. Un abrazo apretado, sentido y largo.

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