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Buenos días, buenas noches

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De lunes a viernes amanezco a las siete menos cuarto de la mañana. Minutos después, salgo de paseo con mi amiga peluda Trufa. Cuando el ascensor se detiene en la planta baja del edificio, me cruzo con una vecina con la que intercambio posiciones. «Buenos días», le digo con voz somnolienta. «Buenas noches», me responde ella sonriente. Regresa a casa tras una noche de trabajo en un laboratorio. En ese instante, tiene lugar mi primer cortocircuito mental del día.

Salgo y me sumerjo en la calle. Está oscura, apenas iluminada por unas farolas. Bostezo. Hay pocas personas a esas horas. Unas caminan deprisa, guiadas por el mandato del reloj, y, o bien se detienen en la parada de autobús, o bien descienden al mundo subterráneo del metro. Otras, como yo, nos dejamos llevar por nuestros amigos peludos y deambulamos por la acera en un estado aletargado, casi sonámbulo. En busca de tierra, césped y árboles. Impera el silencio.

Hace tiempo que coincido con un hombre y sus dos perros. Le gusta Trufa y suele acercarse a saludarla. Aunque ella al principio desconfiaba, el tamaño de los perros es considerable, ha sucumbido a las caricias y a las palabras amables. ¿Quién no? Hasta ahora no hablábamos, solo intercambiábamos miradas y sonrisas. Esta semana, sin embargo, le he saludado con un «Buenos días». «Para mí, buenas noches», ha precisado él. Animado por mi expresión de sorpresa, me ha contado que trabaja de noche, en una fábrica. Después de su jornada laboral, lo primero que hace al llegar a casa es pasear con sus amigos peludos. Después, despierta a sus hijas, les prepara el desayuno y, mientras ellas degustan cereales, él come carne, pescado o pasta. Las acompaña al colegio, mira un capítulo de alguna serie y se va a dormir. Su sueño dura lo que las horas de escuela.

Regreso a casa perpleja, porque a mi vecina técnica de laboratorio se ha añadido otro trabajador nocturno. Qué raro debe de ser vivir al revés, pienso. Entonces me doy cuenta de mi error; de que, además de todos los prejuicios habidos y por haber, existe otro: el de los horarios. Dar por sentado que la vida sucede solo de día. Lo tenemos tan asumido, que las reglas de convivencia recomiendan no hacer ruido entre las diez de la noche y las ocho de la mañana. Si alguien te molesta en esa franja horaria, tienes derecho a solicitar la intervención de la policía, convertida en una defensora del descanso ciudadano.

Durante las catorce horas siguientes, de las ocho de la mañana a las diez de la noche, está permitido gritar, tocar la bocina, taladrar paredes, picar el suelo, poner música a todo volumen, ver cine con sistema surround, arrastrar muebles, pasar el aspirador, jugar a la pelota, saltar, llenar las calles de vehículos que rugen, celebrar verbenas, y así un largo etcétera. Pero ¿qué pasa con las personas que duermen de día? Si todo ese jaleo les molesta, no pueden llamar a la policía. Ese ruido está permitido. ¡Es diurno!

Los empleados nocturnos no son pocos. En España, en el año 2018, representaban el 13% de la población trabajadora. Dos millones y medio de personas. ¡Cuánta gente vive al revés! Ahora que hemos cambiado la hora y que a las tres de la madrugada del domingo eran las dos, me ha surgido una duda. El día del cambio, ¿los trabajadores nocturnos han trabajado una hora más? Con el próximo cambio de horario, ¿trabajarán una hora menos?

Interrogantes a parte, me doy cuenta de que si normalmente cuesta conciliar la vida laboral con la familiar o social, la cosa se complica cuando se trata de un empleo nocturno. Como el mundo funciona mayoritariamente de día, te ves en la tesitura de tener que elegir entre tu tiempo de descanso y tu tiempo con tus seres queridos. ¡Uf! Los trabajadores nocturnos son unos malabaristas.

Es cierto que trabajar de noche tiene un importante aliciente: te pagan más. Hay un extra de nocturnidad que resulta de lo más apetecible. ¿Sale a cuenta? La medicina dice que no. Trabajar de noche invierte el ritmo biológico que marca la actividad en función de las horas de luz. Aunque el grado de impacto dependerá de la edad, del sexo y de las características fisiológicas del empleado, tarde o temprano habrá consecuencias: alteraciones en la dieta, enfermedades cardiovasculares, aumento de la carga mental, bajo rendimiento, etcétera.

Si trabajas de noche, aunque solo sea de forma ocasional, cuídate. Sigue estos consejos. Si, en cambio, formas parte de la gran mayoría que trabaja de día, recuerda que los empleados nocturnos forman parte del engranaje; que son necesarios para que nuestra sociedad funcione. No por ser de día todo está permitido. Cultivemos la amabilidad; el respeto al prójimo. Cuidemos de nuestros vecinos. Nunca se sabe dónde hay alguien durmiendo. O intentándolo.

Buenos días. Buenas noches.

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Publicado en Historia real

Un comentario

  1. Virginia Virginia

    Buenos días, Virginia!
    Cuánta razón tienes.
    Trabaje varios años de noche, enfermera, y te aseguro que sólo se hace por necesidad económica.
    Creo que el más grande colectivo és el de la Salud.
    Dar tu vida por la salud de otra.
    El resto, tú lo has descrito.
    Gracias.
    M. C.

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