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Una ola de solidaridad

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Hoy finaliza la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, más conocida como COP27. Durante las últimas dos semanas nos hemos hecho eco de numerosas noticias relacionadas con la salud de nuestro planeta. No son buenas, aunque no necesitamos que nos lo digan. Lo vivimos a diario. No en vano, António Guterres, secretario general de la ONU, pronunció un contundente discurso en la inauguración de la conferencia: «La humanidad tiene que elegir: cooperar o perecer. Es un Pacto de Solidaridad Climática o un Pacto Suicida Colectivo.»

Que el clima ha enloquecido por culpa del ser humano no es ninguna novedad, aunque haya irresponsables que se empeñen en negar las evidencias científicas; peor, en decir sandeces como que la lucha contra el cambio climático favorece el comunismo. Afirmar tonterías de este calibre debería comportar la inhabilitación para ocupar cargos públicos.

No es tiempo para bromas. Nos jugamos el futuro del planeta y de nuestra especie, por no hablar del de aquellas con las que lo compartimos. Inauguré este blog con un escrito en el que hablaba de la importancia de cuidar de nuestro planeta. Insisto en ello. Por más insignificante que pueda parecerte tu aportación al bien común, suma. Y necesitamos sumar muchísimo para contrarrestar todo el daño que ya hemos causado.

Hay múltiples ejemplos de este daño. Hace unos años se resolvió un misterio que tenía en vilo a los vecinos de la costa bretona. En las playas aparecían trozos de plástico naranja que pertenecían a unos teléfonos con la forma del gato Gardfield. Nadie sabía de dónde salían, y aunque algunos llegaron a sospechar que se trataba de una campaña comercial, la realidad era otra: procedían de un contenedor que se había caído de un barco y que había quedado oculto en una cueva submarina. La corriente se encargó del resto. ¡Durante tres décadas!

Sería maravilloso que este desembarco de gatos gruñones naranjas hubiera sido un hecho aislado. Por desgracia, no lo es. Cada año, alrededor de ciento cuarenta y ocho millones de contenedores circulan por el mar. En tan solo ocho años, se han perdido más de mil quinientos. Es decir, se han caído al mar. Los barcos no son infalibles: vuelcan, encallan e incluso se hunden. Cuando esto sucede, la fauna marina se ve de pronto agasajada con presentes de todo tipo. La mayoría son contaminantes.

¿Y qué me dices de los «hilitos con aspecto de plastilina» responsables de la mayor catástrofe medioambiental de nuestro país? Fue hace veinte años. Provenían del Prestige, un petrolero que había zarpado de San Petersburgo con rumbo hacia Gibraltar. Tuvo un accidente por culpa de una tormenta y se abrió una vía de agua a estribor. El resultado es de sobras conocido: 77.000 toneladas de fuel liberadas al mar frente a la costa de la muerte, en Galicia. Con ese nombre, era evidente que algo terrible iba a suceder.

Aunque es verdad que el ser humano es bastante desastroso y que la consecuencia de sus actos es un cambio climático desatado, no todo está perdido. Incluso en momentos tan fatídicos como el del hundimiento del Prestige, surgen olas de solidaridad espontáneas. ¿Recuerdas lo que pasó en Galicia? Miles de personas, de nuestro país y de otras partes del mundo, se unieron para limpiar de petróleo el mar y la costa. La imagen emociona: gente vestida con monos blancos y mascarillas limpiando, inhalando vapores tóxicos, recogiendo miles de aves y peces muertos. Manoel Santos, coordinador de Greenpeace en Galicia, dice que se trató «probablemente del mayor acto de amor colectivo en defensa de la naturaleza.» No está mal ¿verdad?

Aquello no fue un hecho aislado. No nos damos cuenta pero, en nuestro día a día, estamos rodeados de solidaridad. Las fórmulas empleadas para apoyar causas ajenas son infinitas. Desde personas que dedican una parte de su tiempo libre a ayudar a otras personas, a otras que deciden desprenderse de objetos que no utilizan sin tirarlos ni venderlos. Van a contracorriente, porque lo habitual es sacarse un dinerillo extra en aplicaciones como Wallapop o Vinted. Actúan motivados por una causa.

Hace un par de meses que colaboro con la librería Aida Books de Barcelona. Vende libros, Cds, DVDs y vinilos donados por particulares y, de paso, les da una segunda vida. Con el dinero que se obtiene, se financian proyectos de cooperación al desarrollo. En el resto de España hay doce librerías más: en Albacete, Jerez de la Frontera, Madrid, Santander, Segovia, Valencia, Vigo y Zaragoza. Está resultando una experiencia de lo más gratificante, no solo porque adoro los libros, sino porque estoy conociendo a gente empeñada en construir un mundo mejor.

Esta librería es tan sólo un ejemplo de algo bueno. Por suerte, hay muchos más. Conviene recordarlo porque, aunque el contexto actual nos empuje a pensar que el ser humano es lo peor, no podemos obviar la capacidad de hacer el bien. Ahora más que nunca necesitamos una ola de solidaridad hacia el planeta; hacia nuestro hogar. Si el cambio climático te angustia, si sientes que necesitas hacer algo al respecto, infórmate sobre qué medidas puedes tomar para reducir tu huella ecológica. Ponte en marcha. Convirtamos la ola en un tsunami.

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Publicado en Compromiso Historia real Naturaleza

2 comentarios

  1. M.Asunción Garzón Clariana M.Asunción Garzón Clariana

    Totalmente de acuerdo Virginia. Muy bien expresado. Gracias

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