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Un cambio irreversible

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Ayer fue el Día Internacional de la Paz y se celebraron actividades encaminadas a rendirle homenaje, a recordar su importancia, su imperiosa necesidad. Urge luchar por ella, defenderla. No habrá paz mientras haya injusticias, desigualdades, abusos, discriminaciones; mientras las mujeres, la mitad de la población mundial, sigan siendo maltratadas, silenciadas.

Vamos por buen camino. Las mujeres estamos recuperando el lugar que nos corresponde. Nuestro legado ya no es ningún secreto, llevamos siglos contribuyendo a construir el mundo que conocemos. Nuestra conquista de derechos tampoco pasa desapercibida. Se está dibujando un cambio irreversible.

Este verano, el mundo del fútbol profesional ha experimentado una auténtica revolución. Hay un antes y un después del Mundial de fútbol femenino 2023. Las deportistas españolas han demostrado, una vez más, que las mujeres somos tan capaces de marcar goles y ganar la copa más preciada como los hombres. Las futbolistas les han dado alas a las niñas que, hasta hace poco, solo se atrevían a soñar con dedicarse al fútbol. Ahora saben que es posible. Lo han visto en la televisión; en la celebración que tuvo lugar en la calle. Ya nadie les podrá decir que el fútbol de élite es solo cosa de hombres.

La selección española ha conseguido mucho más que una copa. A raíz de un beso no consentido que jamás debió de haberse producido, y que ha destapado un sinfín de abusos de poder, se ha desatado una ola solidaria como no se veía desde el movimiento #MeToo. El tiempo de tragar y callar se ha acabado. No es que el mundo esté cambiando, es que el mundo ya ha cambiado. Al menos en Occidente.

Leo con el corazón encogido que en Afganistán se ha disparado el consumo de drogas y antidepresivos entre las mujeres, y que no dejan de incrementarse las bodas de niñas con hombres que les triplican la edad. Los talibanes, no contentos con haberles prohibido estudiar y trabajar, las han convertido en mercancía para saldar deudas. Niñas, jóvenes y adultas se suicidan. ¡Se prenden fuego! Solo así se aseguran de que nadie abusará de sus cuerpos inánimes. Miran de cara al horror y le escupen un punto final.

Mancillar a las mujeres no solo es patrimonio talibán. En la India la cosa tiene tela. El vuelo de la cometa, de Laetitia Colombani, lo explica de maravilla. Miles de niñas de la casta dalit son vendidas a diario, a cambio de unas pocas rupias, para acabar encerradas y violadas en prostíbulos. Europa también ha tenido lo suyo. En la Edad Media, centenares de monjas fueron arrancadas de sus conventos para ser forzadas en burdeles clandestinos regentados por condes y duques. Lo he descubierto leyendo Aquitania, de Eva García Sáenz de Urturi. ¿Puede haber algo más espantoso para una persona espiritual que acabar convertida en un simple trozo de carne, a la merced de hombres tan poderosos como infames?

Otro abuso bastante común ha sido el de privar a las mujeres del ejercicio de una profesión. Hasta no hace tanto, la mujer ha estado relegada a su casa, a las tareas de limpieza, cocina y educación de los hijos, y, encima, ha necesitado del permiso de su marido para casi todo. En la actualidad, son muy habituales las parejas heterosexuales que se reparten las tareas del hogar. Para facilitar una distribución equitativa de las mismas, el Ministerio de Igualdad ha creado la aplicación Te toca.

Occidente ya no es lo que era. Las mujeres hemos conquistado derechos a base de luchas y sacrificios, de insultos y palizas. Nos hemos ganado un hueco en ámbitos profesionales reservados en exclusiva a los hombres durante siglos. Hay mujeres a las que les debemos mucho. Lidia Poët, por ejemplo; la primera abogada de Italia. Si quieres conocer su historia, te recomiendo la serie basada en su figura. Una delicia.

A pesar de las conquistas de derechos, no hay que confiarse. Irreversible es todo aquello que no puede volver a un estado anterior, y las mujeres afganas saben que el infierno siempre puede regresar. No debemos bajar la guardia. Jamás. Porque, admitámoslo, no es fácil ser mujer. Se espera mucho de nosotras y todavía se nos mira con recelo. Día tras día, tenemos que demostrar nuestra valía. Es agotador. Barbie, una de las películas más taquilleras de la historia, refleja esta dificultad de un modo brillante y la sintetiza en un discurso inolvidable. ¡Aplaudí!

Sí, es casi imposible ser mujer, pero el cambio a mejor es imparable. Quiero pensar que, algún día no demasiado lejano, las mujeres afganas, y todas aquellas que viven bajo el yugo machista, encontrarán el modo de liberarse de las cadenas que las oprimen. Por fortuna, no están solas. Donde una calla, cien alzan la voz. Donde una se rinde, cien dan un paso al frente. Y son muchos los hombres que han abierto los ojos y también dicen basta. Tienen hermanas, hijas, madres, amigas.

Vamos hacia un cambio irreversible. ¿No es motivo de alegría?

Imagen: calle de Rafel Blanes, número 10, Artà (Mallorca). «Todas las mujeres del mundo somos mucho más que imprescindibles, como debajo de una luz de neón deberíamos ser visibles.»

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Publicado en Compromiso Historia real Mujeres

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