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Jugar o no jugar

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Ha empezado un nuevo curso académico. Si todo va como previsto, en junio del año que viene, miles de estudiantes acabarán la secundaria, el bachillerato, la carrera, la formación profesional. En lo que a mí respecta y por tercer año consecutivo, me marco un nuevo propósito en la escuela de la vida: jugar más. Lo añado a los objetivos previos: aceptar lo que no puedo cambiar y anclarme en el presente. Año tras año, sumo retos como suma capas una cebolla. Busco mejorar como persona; ser un poco más feliz y, de este modo, ser capaz de contagiar alegría.

Pensaba en mi nuevo objetivo cuando me he topado con el mural de la fotografía. ¿No te pasa, a veces, que la vida te manda señales en el momento oportuno? El dibujo refleja el tradicional juego de las sillas. Lo jugaba mucho de niña y me encantaba. Se colocan varias sillas en círculo, con los respaldos hacia el interior y, los jugadores, uno más que el número de sillas, dan vueltas alrededor al ritmo de la música que suena. Cuando se detiene, tienen que intentar sentarse. Horror, ¡no hay sillas para todos! La persona que se queda sin es eliminada. Se retira una silla y vuelta a empezar. Gana quien consigue sentarse en la última silla que queda.

Es un juego muy sencillo, pero muy divertido. Hay que tener buenos reflejos y estar atento a la música. ¡Ay, si te despistas! Este juego pertenece a una época en la que la única pantalla que conocíamos era la del televisor. No era táctil y precisaba de un cambio manual de los canales. Primero hubo solo uno, luego dos, y así hasta la barbaridad de posibilidades existentes en la actualidad. Con la oferta a la carta, ¿quién necesita una televisión?

Algunos juegos de antaño perduran: el escondite, el parchís, el teléfono escacharrado, la rayuela. Por suerte, ya no se juega a indios y vaqueros. Después de una infancia disparando pistolas de plástico, es un poco traumático descubrir al crecer que los europeos que llegaban a Norteamérica conquistaban territorio a base de masacrar a las tribus indias. ¡Y nosotros riendo con cada disparo!

Jugar es importante. Para entretenerse, para divertirse, para aprender, para relacionarse. Pero, sobre todo, para no perder la capacidad de reír, de ilusionarnos. Es habitual que los niños piensen que el mundo de los adultos es aburrido. Cargamos una mochila con muchas responsabilidades y heridas. Y pesan. Somos como el Atlas, a quien Zeus condenó a cargar sobre sus hombros la bóveda celeste. Hay cargas capaces de ensombrecer una existencia entera y otras más llevaderas. Pero si no le dedicamos tiempo a la diversión, la vida puede convertirse en un camino de muy difícil digestión.

Jugar es una vía de escape, un punto de encuentro con la ilusión. Existen infinidad de juegos: de sobremesa, al aire libre, electrónicos, de uno o más jugadores. Recientemente me he descargado en mi teléfono móvil el Solitario. Mi madre lo jugaba mucho. Recuerdo verla a diario ordenando cartas por palos en sentido ascendente. Me gustaba mirarla, escuchar el sonido de las pequeñas cartulinas a medida que las colocaba, adivinar su estado de ánimo por la expresión de su cara concentrada. Jugar al Solitario me acerca a ella y me recuerda un tiempo sin pantallas ni Internet. Un tiempo más libre.

Desde mi infancia también han sido habituales las partidas de Remigio. Horas y horas dedicadas a engañar a los contrincantes, a desear la visita de algún comodín, a salir vencedora con la puntuación más baja. He tenido intensos ataques de risa al jugármela y ser atrapada con puntuaciones altísimas, y he visto enfados severos por no saber perder. Y afirmo, sin atisbo de duda, que los juegos de cartas deben jugarse con cartas de verdad. No hay nada comparable a su tacto, al placer de lanzarlas sobre la mesa y ver las reacciones de los demás.

Dicen que jugar es bueno para la salud física y mental. Sin embargo, le dedicamos muy poco tiempo al juego. ¿Cómo dedicarle algo que cada vez tenemos menos? Llevamos un ritmo frenético. ¡Pero si ni siquiera tenemos tiempo de ver a nuestras amistades! Sin diversión, la vida se vuelve aburrida, seria, triste. Son tantas las malas noticias que nos llegan; tantos los desastres naturales, las maldades e injusticias. Necesitamos rescatar a la niña o al niño que fuimos. Mirarlo a la cara y pellizcarle. Reír. Decirle que el mundo no es solo gris; que, aunque lo parezca, hay lugar para la alegría. Debe haberla.

Te deseo un curso 2023/24 de lo más juguetón.

Imagen: mural de la Escuela Torre Balldovina, Santa Coloma de Gramenet.

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Publicado en Historia real

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