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El desierto a raya

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Los desiertos quieren comerse el mundo. No contentos con ocupar una cuarta parte de la superficie terrestre total, avanzan a la conquista de nuevos territorios. La desertización tiene en el ser humano su mejor aliado, porque este se dedica a degradar los ecosistemas mediante la deforestación, la mala gestión de los recursos y la provocación del cambio climático. Y si la puerta se deja entreabierta, el enemigo entra.

En Asia Central, las malas prácticas de irrigación y malgasto de agua secaron el mar de Aral, dando paso al desierto más joven del planeta; en uno de los pulmones más importantes de Madrid, esta semana se han talado más de quinientos árboles centenarios para ampliar la línea once del metro, a pesar de que el proyecto está en los tribunales; en Barcelona, el Delta del Llobregat está en peligro por las continuas ampliaciones del aeropuerto, causa del grave deterioro de la zona. Estas actuaciones, ya de por sí graves, incrementan la contaminación de ambas ciudades, cuyos altos niveles le han supuesto a España una merecida condena de la justicia europea.

A las malas decisiones políticas de quienes dicen defender los intereses de las personas a las que representan, se suma la gravedad de la sequía que estamos padeciendo. No hay duda de que empezamos a verle las orejas al lobo ni de que debemos mantener los desiertos a raya. Suponen un auténtico desafío para la supervivencia, porque son lugares en los que escasea la lluvia y las temperaturas son extremas. Son áridos, inhóspitos, silenciosos. Son pocas las especies vegetales y animales que han sabido adaptarse al medio.

Quizá pienses que los desiertos son lugares ideales para el retiro y la reflexión. Sin gente, sin ruido, sin nada que te pueda molestar. Si te tienta la idea, puedes explorar los desiertos más grandes del mundo. Aunque más te vale no perderte sin llevar una cantimplora llena (de agua, que el alcohol deshidrata), una sombrilla que te proteja de las quemaduras del sol, y una manta que te resguarde del frío de la noche. Aunque nunca se sabe, quizá vivas una aventura tan fascinante como la de El secreto del Sáhara. La historia de amor entre Desmond Jordan y Anthea me cautiva todavía hoy.

Fantasías aparte, la desertificación es un problema serio. En China, las tempestades de arena del desierto del Gobi engullen más de dos mil kilómetros cuadrados de campos de cultivo al año. Una barbaridad que afecta a cuatrocientos millones de personas (la misma cantidad de gente que poblamos la Unión Europea). Para contrarrestar esta amenaza, el gigante asiático ideó la Gran Muralla Verde, un proyecto de reforestación masiva que pretende crear un bosque de cuatro mil quinientos kilómetros de longitud. Está previsto que este inmenso freno verde esté listo para el año 2050, y se considera el mayor proyecto de ingeniería forestal del mundo hasta la fecha. Va a ser tan grande, que ensombrecerá a la famosa y antigua Gran Muralla, de veintiún mil doscientos kilómetros de longitud.

Otro país afectado por las hambrunas del desierto es la India. Cuando Vicente Ferrer llegó a Anantapur en 1969, los geólogos aseguraban que en cincuenta años dicho distrito, y el de Kurnool, serían un desierto. No contaban con la visión de un hombre convencido de que era posible otro futuro. Gracias al equipo de la Fundación Vicente Ferrer, se han diversificado los cultivos, se ha optimizado el uso del agua con sistemas de riego por goteo o aspersión y se han construido embalses y huertos. Las predicciones no se han cumplido. Desde aquí, un gran bravo a Vicente y a toda su gente.

La desertización también afecta al continente africano. Los países de la región del Sahel han decidido plantarle cara con una muralla de bosques y tierras restauradas que vaya desde el Senegal en el oeste hasta Etiopía en el este. Con unos ocho mil kilómetros de longitud y quince de anchura, la denominada «Gran Muralla Verde del Sahel» pretende atravesar once países, frenar el avance del desierto y restaurar cien millones de hectáreas de tierra. ¡Casi nada!

Lo que empezó como una iniciativa de plantar árboles, pronto se ha convertido en una fórmula de desarrollo rural capaz de transformar millones de vidas. Si bien los resultados esperan obtenerse para el año 2030, en la actualidad esta muralla ya proporciona puestos de trabajo, seguridad alimentaria e hídrica, un hábitat para plantas y animales salvajes y un motivo para que la gente no huya de la sequía y la pobreza.

El primer paso para construir un futuro distinto es imaginarlo. Después, ponerse en marcha sin distracciones ni retrasos. Miles de personas llevan años, décadas, sembrando otra realidad en rincones del planeta que parecían condenados a la destrucción y la pobreza. Que no te engañen con predicciones catastrofistas, con afirmaciones de falsos imposibles. Que nadie te atemorice ni te quite las ganas de soñar un mundo mejor. El futuro puede ser verde y alegre. Los desiertos, ¡mejor a raya!

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Publicado en Compromiso Historia real Naturaleza

Un comentario

  1. M.Asunción Garzón Clariana M.Asunción Garzón Clariana

    Totalmente de acuerdo.

    Muy bien documentado.

    Gracias.

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