Saltar al contenido →

Un futuro sin árboles

un-futuro-sin-arboles

En mis paseos, me gusta observar los árboles. Me fijo en las ramas, las hojas, la corteza del tronco. Soy capaz de identificar algunos, aunque no puedo nombrar más de veinte especies distintas. Desde hace un tiempo, me ha robado el corazón un ciprés llorón. Tiene las ramas caídas hacia el suelo como si se hubiera rendido, como si hubiera decidido dejar de luchar. Nada más lejos de la realidad. Sobrevive a las inclemencias del tiempo y crece año tras año. Los días de viento, mueve las ramas como si bailara. Resulta hipnótico.

Admiro la grandeza de los árboles. Cuando los miro, me pregunto qué habrán vivido. Se pueden obtener algunas respuestas gracias a la dendrocronología, la ciencia que estudia la vida de un árbol a través de los anillos de crecimiento en su base. Lo primero que nos revela es la edad del árbol, porque cada anillo corresponde a un año de vida. También proporciona información sobre si el ejemplar ha sufrido o vivido tranquilo, porque los anillos dejan rastro de situaciones adversas como un incendio, una sequía o una plaga de insectos; también, de condiciones favorables como la abundancia de agua y sol.

Los árboles tienen su propia historia. Son los seres más longevos del planeta. Salvo incendio, tala, fuerte temporal, helada o enfermedad transmitida por hongos, bacterias e insectos, los árboles son capaces de vivir siglos, incluso milenios. Dicen que el más viejo es Matusalén, un pino al que se le calculan 4.853 años y que vive en las Montañas Blancas de California. Aunque hay más candidatos al puesto, porque tiene importantes rivales entre los cipreses de la Patagonia y los pinos del Parque Nacional estadounidense de la Gran Cuenca, con miles de años de antigüedad.

Tampoco pasa desapercibida la altura de los árboles. El más alto del mundo es una secuoya llamada Hyperion. Se sabe que está en el californiano Parque de Redwood, aunque se desconoce su ubicación exacta porque se mantiene en secreto, no vaya a ser que a algún gracioso se le ocurra dañarlo. Con sus 115,85 metros de altura, supera al Big Ben de Londres y a la Estatua de la Libertad de Nueva York. La anchura de los árboles también puede ser destacable, como en el caso del árbol del Tule, en México. Pesa más de 600 toneladas y tiene mas de 14 metros de diámetro, lo que significa que hacen falta más de 30 personas para rodearlo.

Muchos de los árboles que hoy conviven con nosotros compartieron oxígeno con nuestros antepasados, y, bajo sus ramas, presenciaron besos furtivos, declaraciones de amor, confesiones, discusiones, rupturas, enfrentamientos, reconciliaciones, conquistas y humillaciones. Cuando partamos de este mundo, los árboles seguirán aquí, anclados en la tierra. Si los humanos se lo permitimos, claro. Porque, a pesar de que nuestra esperanza de vida es menor a la suya, nuestro impacto en el medio natural es infinitamente mayor.

Tiempo atrás se veneraba a los árboles, y, hoy en día, es conocido el bienestar que causan un baño de bosque y un abrazo arbóreo. Permitamos que la gente del futuro pueda emocionarse al contemplar un ciprés llorón mecido por el viento, un superviviente con milenios de antigüedad, un gigante con ganas de tocar el cielo. Ahora que la brisa que negaba el cambio climático y la responsabilidad humana en el mismo se ha convertido en un huracán furibundo, asoma el peligro de un futuro sin árboles (y sin muchos otros seres vivos). Cuidémoslos, defendámoslos.

El Gran Jefe Seattle, de la tribu Suwamis, lo dijo en su carta dirigida al por entonces presidente de Estados Unidos, Franklin Pierce, y Clara Segura lo volvió a decir al recoger el Goya a la mejor actriz de reparto por El 47: «La Tierra no nos pertenece y solo nos acompaña un rato mientras vivimos».

Vivir y dejar vivir.

Publicado en Historia real Naturaleza

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *