Saltar al contenido →

Villa Caracol

villa-caracol

Dicen que es mejor arrepentirse que quedarse con las ganas, aunque yo no sé si estoy muy de acuerdo con esta afirmación. A veces las consecuencias de lo dicho o hecho son tan nefastas, que ojalá se pudiera retroceder en el tiempo y obrar de otro modo. Morderse la lengua, obligarse a pensar en otra cosa, no abrirle la puerta al mal, no entregar el corazón a quien no se lo merece, no cantarle las gracias a un caracol.

Hace cuatro años un caracol apareció en la ventana de la cocina. En el ocaso del día, salía de su escondite y se paseaba por el cristal. Arriba y abajo, de lado a lado, dibujaba un cruce de caminos mientras dejaba un rastro de babas. Y yo lo observaba embelesada, lo fotografiaba, e, incluso, le dediqué un escrito. Con mi comportamiento le transmití mi admiración y cariño, y, también, mi alegría por su presencia. ¡Tonta de mí!

La culpa es solo mía. Me encantan las plantas. Vivo rodeada de ellas, dentro y fuera de casa, y no contemplo una vida sin una parte del día dedicada a la jardinería; me mantiene conectada a la naturaleza, me relaja, me descubre otras vidas, como la de la abeja serradora. Hasta aquí suena todo muy idílico, ¿verdad? No lo es. La primavera pasada mis plantas tuvieron una floración escasa, a pesar de que las abonaba y le crecían hermosas hojas y abundantes capullos. ¿Qué pasaba?

Un día compré unos crisantemos repletos de flores de distintos colores. Busqué en mi terraza un sitio donde plantarlos, cavé un hoyo, los trasplanté con tierra nueva y los regué. Los miraba fascinada, pero la alegría duró poco. En cuestión de días, las flores desaparecieron; una tras otra, como los personajes de Diez negritos. Poco después, cuando moví las jardineras para limpiar el suelo, descubrí un caracol fijo en la pared, oculto en su cascarón, y, alrededor, decenas de caracoles diminutos. ¡El caracol había sido papá! O mamá, porque como son hermafroditas no sé muy bien qué palabra emplear. En fin, que tenía un familia de caracoles en mi terraza. Contrariamente a lo que dicta el sentido común, aquella visión no me espantó, sino que despertó en mí una ternura total.

Pasaron los días, las semanas, los meses, los años, y llegamos hasta este mes de marzo. Un marzo frío, lluvioso, ideal para los pequeños seres que necesitan humedad para moverse. De repente, otra vez pétalos mordisqueados, hojas agujereadas y brotes tiernos esfumados. Por fin he abierto los ojos y he comprendido que tengo un problema llamado plaga. Para remediar el asunto, he colocado pequeños recipientes con cerveza y Coca-Cola, la cantidad justa para atraer a estos golosos seres, insuficiente para ahogarlos. Yo no quiero matarlos, solo busco atraparlos y trasladarlos a otro lugar.

A pesar de que soy una persona imaginativa, de que soy más fantasiosa que realista, jamás habría podido prever la magnitud de la tragedia: vivo en Villa Caracol. En tan solo cuatro días, he capturado 156 caracoles; de distintos tamaños y colores, pero todos con las mismas ganas de comer. ¡156! Los atrapo de noche con la ayuda de una linterna, y los coloco en un recipiente de plástico, con la tapa agujereada para que no se asfixien, y les dejo hojas, de lechuga e hibisco, y flores para que no pasen hambre. A la mañana siguiente, observo que lo han devorado todo y los veo ocultos dentro de su caparazón, durmiendo con la barriga llena. Durante mi paseo con Trufa, los libero en una extensa zona silvestre que tengo cerca de casa, no sin antes desearles una buena vida, pero ¡lejos de mi terraza!

Así que me arrepiento. Me arrepiento del día en que, en lugar de preocuparme por la presencia de un caracol en una de mis jardineras, decidí cantarle las gracias. No le guardo rencor, lo comprendo; se sintió tan bien recibido, tan aceptado en su naturaleza, que decidió quedarse a vivir conmigo. Pero yo me arrepiento de haber olvidado que es un animal que puede poner hasta cincuenta huevos en una sola vez. Esto ya no se me olvida, que tengo las yemas de los dedos arrugadas de cazar tanto caracol rodeado de baba. O quizá sí se me olvide, porque ya se sabe que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. ¡Ay de mí!

Publicado en Historia real Naturaleza

Un comentario

  1. silvia silvia

    Mi querida Virginia, me he reído muchísimo con tu entrada. Había otra opción, que sé que no contemplas, y es que tal vez se estaban poniendo gorditos para que luego tu los disfrutaras…. O no, simplemente, aprovecharon encontrarse en un resort cinco estrellas superior para disfrutar de una merecidas vacaciones…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *