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Tres patos en un lago encantado

Dicen que los veintidós años son dos patitos. También, que los cuarenta y cuatro son dos sillas. En el concierto de Año Nuevo que tuvo lugar en Viena hace escasos días, el presentador comentó que el 2022 son tres patos y un lago. Me gustó la imagen. Evoca tranquilidad, silencio, armonía. Un buen propósito para este año que recién empieza a caminar. Ojalá aporte paz. Interior y, sobre todo, exterior, pues parece que el ser humano está empeñado en llevar las cosas al límite una y otra vez. Durante la pandemia, que ha ocasionado una importante crisis económica mundial, las ventas de armas han seguido creciendo. Alarmante porque, que sepamos, ninguna bala puede acabar con el maldito virus. Hay más. Resulta que, una de las políticas europeas mejor valoradas en los últimos tiempos, Ángela Merkel, aprobó, justo antes de dejar el Gobierno, la venta de 4.300 millones de euros en armas a Egipto. ¡Regalo de despedida! Esta transacción vulnera el Tratado sobre el Comercio de Armas, que prohíbe las ventas a aquellos países que sean susceptibles de usarlas para violar los derechos humanos. El país de los antiguos faraones ha dado sobrados motivos de sospecha. Claro que, por definición, cualquier arma está destinada a mancillar derechos.

Volvamos a los tres patos, que son más cucos. Los imagino nadando en un lago, bajo un cielo azul. De vez en cuando, se sumergen y desaparecen. Reaparecen unos metros más lejos, sacudiendo las plumas y luciendo sus colores bajo el sol. Su cuerpo se refleja en el agua, convertida en espejo por la falta de viento. Esa imagen es tan nítida que, si se pusiera del revés, costaría reconocer al pato original. Me sumerjo y nado en lo que convierto en un lago encantado; un mundo cuyas bases se asientan durante este año y que convierte a cada pato en mago. Como una bala mata, con cada capa desaparecen:

  • Las fronteras. Ya no hay límites entre territorios y pueblos, porque el ser humano ha comprendido que todos estamos conectados. Más que el color de la piel, el idioma, la cultura, la ideología, la orientación sexual o la clase social, lo que importa es que compartimos una misma esencia. Dejamos de defender las diferencias con los puños para abrazar lo que nos asemeja.
  • La violencia machista. Mujeres, niñas, niños y animales no humanos dejan de sufrir, incluso morir, en manos de hombres cegados por la errónea creencia de que pueden disponer de vidas ajenas a su antojo.
  • El ultraje a la naturaleza. No existe carrera espacial alguna ni el vergonzoso derroche económico que comporta. Se cuida del planeta en el que vivimos y que hemos convertido en nuestro hogar, un lugar en el que todos deseamos estar y compartimos con las demás especies animales y vegetales.

¿No sería hermoso vivir en un mundo así? Habrá quien tema los picotazos. ¡Duelen! También, quien crea que es improbable y que el esfuerzo no merece la pena. Del mismo modo, habrá gente consciente del peligro que comporta visualizarlo. Al fin y al cabo, Narciso murió ahogado por enamorarse de su propio reflejo en un estanque. Pero también lo es que, en el lugar donde cayó su cuerpo, nació una hermosa flor que lleva su nombre. Nada es en vano. Cualquier pequeño gesto cuenta. Ojalá que, este año, los tres patos que nadan en el lago nos ayuden a remar en la buena dirección; a sortear obstáculos; a levantarnos cuando tropecemos. Si podemos imaginar el cambio, podemos provocarlo. Así se ha hecho desde el principio de los tiempos en múltiples ámbitos.

¿Nadamos?

Nada es imposible. Con tanta gente diciendo que no podía hacerse, todo lo que se necesitaba era imaginación. Michael Phelps.

Foto: Tom & Anna, Pixnio.

Nota 1. Escribí sobre el sinsentido de las fronteras en Qué manía.

Nota 2. Escribí sobre la violencia machista en Que todo se tiña de violeta, donde compartí una experiencia traumática. En No todo es tarúpido, escribí sobre la importancia de la empatía para evitar conductas violentas hacia las personas y los demás seres del planeta.

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Publicado en Escritura Mujeres Naturaleza

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