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Pon un semáforo en tu vida

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Hay prisa. Nuestra jornada es, a menudo, una carrera contra reloj. Tanto, que vivimos tiempos en los que el peatón está en peligro de extinción. Aparecen todo tipo de artilugios pensados para ganar tiempo, como el patinete eléctrico. Ha revolucionado el panorama de tal modo, que es raro ver a alguien caminando. El dos ruedas ignora los semáforos, aparece de repente y en silencio, a gran velocidad y en cualquier dirección. A pesar de estar obligado a circular por el carril bici o por la calzada, es habitual cruzarse con él en la acera. El susto es evidente y, el peligro de sufrir un atropello, real. Admitámoslo, ¡la mayoría de los conductores son unos temerarios!

Los patinetes eléctricos se han convertido en una pesadilla. Algunas personas, entre las que me incluyo, los vemos y tenemos malos pensamientos. Cuando doy el primer paseo del día con mi amiga peluda Trufa, todavía legañosas y en medio de bostezos, acostumbra a aparecer un patinete. A pesar de que la inclinación de la calle le hace ganar velocidad, no solo no frena, ¡acelera! Tiene prisa por ir a trabajar, me digo, pero ¡no es necesario arrollar al personal! Y entonces cobra fuerza un deseo: levantar la pierna en el preciso instante en el que el patinete va a cerrarme el paso; ver cómo el conductor pierde el control, salta por los aires, se estrella contra la acera y aterriza en el mismo lugar en el que ha desaguado Trufa. ¡Ay, la imaginación! Que no cunda el pánico, nunca cumplo ese deseo. Me frenan el pudor y la certeza de que yo también me haría daño. Aunque ya se sabe, ¡nunca digas nunca!

Por culpa de los patinetes, cada vez es más difícil pasear por la ciudad con tranquilidad; pensando en nuestras cosas. Caminamos vigilantes, pendientes de lo que sucede a nuestro alrededor. Uno de los raros momentos en los que el peatón se relaja es cuando se cruza con un semáforo en rojo. Toca detener el paso y esperar. Así fue como lo vi. Frente a mí, un muñeco de semáforo torcido. Cuando cambió a verde, ¡también! Esa imagen me pareció una buena metáfora del presente pandémico y bélico. Sí, hay momentos en los que la vida es una cuesta muy empinada y ese hombrecillo verde parece saberlo. También el rojo. Por fortuna, la mayoría de muñecos luminosos con los que me cruzo permanecen de pie, inmutables. Ante el horror, el desafío de no rendirse; de plantar cara; de seguir adelante.

En nuestra cotidianidad nos ayudan distintos objetos en los que apenas reparamos. Las llaves o el papel higiénico, por ejemplo. También los semáforos. Este invento fue consecuencia del incremento del vehículo como medio de transporte y de la necesidad de controlar la circulación. ¡El semáforo salva vidas! Nos hemos acostumbrado a él y le hemos cedido el derecho a decidir nuestro ritmo. Gruñimos cuando tenemos prisa y nos frena, y sonreímos cuando nos da vía libre. Su funcionamiento es el mismo en casi todo el mundo: verde, pase; rojo, pare. Sin embargo, el diseño interior cambia en función del país y de la política.

¿Sabías que desde el semáforo también se puede defender la alegría? En Akureyri, Islandia, las luces tienen forma de corazón. En Santa Catarina, México, el gobierno municipal cambió las luces tradicionales por corazones, caras sonrientes, y frases. El objetivo no era otro que sensibilizar y disminuir los elevados índices de violencia familiar en la región. La iniciativa tuvo tanto éxito, que en Navidad colocaron figuras de abetos, muñecos de nieve, ¡y hasta la cara de Papá Noel! Aun hay más: en Lisboa, la compañía Smart lanzó la campaña The dancing traffic light, donde algunas personas bailaban y sus movimientos eran transmitidos directamente y en tiempo real a los semáforos. ¡Una iniciativa estupenda!

No nos gusta esperar. Tenemos prisa y queremos llegar a nuestro destino lo antes posible. El problema es que dejamos de disfrutar del viaje; de mirar lo que sucede a nuestro alrededor. Estamos tan atrapados en nuestro laberinto mental, tan agobiados por una lista inagotable de obligaciones autoimpuestas, que la vida se hace cuesta arriba. Tiene que ocurrir un desastre como el de la invasión de Ucrania para que nos acordemos de que vivir es urgente; de que es necesario reducir la marcha, concederse tiempo, pasear con calma, contemplar el entorno. Solo así se hacen descubrimientos. Una hermosa flor, un gesto amable, un pájaro cantor, un niño en un charco, un perro cariñoso. Pon un semáforo en tu vida, enciende la luz roja y defiende tu alegría.

Fotografía: semáforo en un cruce entre la Avenida Gaudí y la calle Castillejos, en Barcelona.

 
 
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Publicado en Historia real

Un comentario

  1. Tita Tita

    Ok al articulo, tambien tengo malos pensamientos poner un palo un paraguai viejo…de momento NO LO HE HECHO. No entiendo porque no hacen NADA .

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